miércoles, 27 de septiembre de 2006

Cronopiando : El Hombre Pacífico

Creo haber publicado algo de Koldo con anterioridad, espero poder hacerlo más seguido a partir de hoy.


Disfrutenlo:


Cronopiando




Por Koldo




EL HOMBRE PACÍFICO




El hombre pacífico ni siquiera cuando vino al mundo lo hizo llorando, así de pacífico era aquel hombre. Y siguió creciendo, serenamente, a pesar de carecer de pacíficos juguetes, dado que sus padres no disponían del apacible dinero que aliviara tanta inquietud estomacal.



En la sosegada escuela confirmó las ventajas del pacifismo esmerándose siempre por poner la otra mejilla, la otra mano, el otro ojo, hasta que manco, ciego y sin mejillas, regresaba tranquilo al hogar de sus padres para escuchar afable sus quejas y maldiciones.



Cuando tuvo edad de trabajar supo como nadie, con beatífica bondad y extremada paciencia, tolerar abusos, soportar atropellos y consentir excesos, siempre complaciente y complacido de sobrellevar con la mejor de sus sonrisas tanta injuria.


Pero al hombre pacífico nada lo amilanaba y, a pesar de las afrentas, él siempre tenía para ofrecer la otra sonrisa, la otra oreja, el otro pie, hasta que sin mejillas, manco, ciego, amargado, sordo y cojo, regresaba a su hogar para tratar de apaciguar la frustración y cólera de su mujer e hijos y ocuparse, además, de atender a los muchos cobradores y solicitarles nuevos pacíficos plazos y más cordiales intereses.




Estoicamente soportaba insultos e improperios, poniendo siempre por delante su apacible y manso corazón, capaz de comprenderlo y perdonarlo todo.




Así fue que, además de sin mejillas, manco, ciego, amargado, sordo y cojo, también quedó sin pecho y sin espaldas.


Ni siquiera cuando lo desalojaron de su hogar, lo despidieron del trabajo y lo abandonaron su mujer y sus hijos, tuvo el hombre pacífico un mal gesto o una peor reacción, tal vez porque hacía ya mucho tiempo que aquel hombre carecía de gestos y reacciones.




Cuando sólo le quedaba la palabra y el hombre pacífico ya había cumplido cien años de serena existencia, un mal día, sin que nadie pudiera explicárselo, con un hilo de voz susurró delante del espejo un postrero y definitivo ¡coño! que llegó a oídos de todos, de sus padres, de su maestro, de su familia, del vecino, de su patrón, del cobrador…y antes de que tuviera oportunidad de arrepentirse, apostados frente a su desahogo, airadamente le reprocharon su desvergonzada intolerancia, su grosera intransigencia, su peligroso fanatismo…




Eso fue poco antes de que, también, perdiera la palabra.


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