martes, 28 de febrero de 2017

Somos un Blog Urzainquiano

No nos vamos a entretener en eso de debatir lo que Jon Iñaki Odriozola cuestiona en su texto dado a conocer en Noticias de Gipuzkoa pues ya lo hemos hecho en nuestra publicación titulada "Al revés volteado".

Lo que Odriozola plantea ya lo difundió en su momento el propagandista Juan Carlos Pérez, tránfuga de EA que ahora hace el trabajo sucio del PNV en redes sociales y que es premiado con viajes a Bruselas y a Washington.

Leído lo leído, pareciera que para Odriozola las únicas fronteras inamovibles desde tiempos bíblicos son las de la España Una Bajo Dios, negando así la dialéctica que caracteriza la evolución histórica de toda sociedad humana, incluídas la naciones europeas. 

Así pues, en este blog respaldamos lo que Tomás Urzainqui Mina demuestra con datos históricos sin caer en el fundamentalismo obtuso de los integrantes de SUBO, de quienes nos deslindamos hace tiempo precisamente por estar en contra de los planteamientos de la izquierda abertzale.

Aquí lo tienen:


Jon Iñaki Odriozola Etxabe

En los últimos años ha irrumpido en el escenario político vasco un nuevo movimiento ideológico, que ha conseguido cierta aceptación en determinados círculos abertzales: el pan-nabarrismo. En síntesis, este movimiento político -basado en una interpretación muy particular de la Historia- defiende que la nación vasca o Euskal Herria políticamente no es más que la continuidad del Reino medieval de Navarra, conquistado por los castellanos en 1512. Los pan-nabarristas hablan de la “Nafarroa Osoa” para referirse al conjunto de los siete territorios vascos. Llevada al límite, la ideología pan-nabarrista supone -de facto- que todos los vascos somos navarros, y que Lekeitio, Laudio o Maule son tan navarros como Tafalla, Elizondo o Tudela. Ese mantra, repetido una y otra vez con insistencia, ha acabado calando en ciertos sectores abertzales de nuestra sociedad.

Los orígenes de este movimiento se remontan a 1998. Ese año, el abogado navarro Tomás Urzainki publica La Navarra marítima, en el que sienta las bases de la ideología pan-nabarrista. Antes de esa fecha, hacer apología del nabarrismo era algo propio de la derecha facha, unionista y anti-vasca. El libro de Urzainki rompe esos clichés y propugna un nuevo nabarrismo, de corte vasquista, que consagra la hegemonía política de Navarra sobre el resto de territorios de Euskal Herria, un concepto meramente cultural, según él. El libro hace escuela y aparecen otros autores navarros que explotan el filón hasta nuestros días.

La tesis de Urzainki, defendida después por sus seguidores, es muy simple, por no decir simplista: Navarra no es una parte de Euskal Herria, Navarra es Euskal Herria entera (Nafarroa Osoa). Científicamente tal afirmación no se sostiene (el Reino de Navarra y el Zazpiak Bat son dos cosas distintas), pero el mantra está servido y el pan-nabarrismo lo va a repetir sin tregua en los años sucesivos.

Como la mayor parte de historiadores defienden, durante sus ocho siglos de existencia el Reino de Navarra (inicialmente Reino de Pamplona) no tuvo unas fronteras fijas e inmutables. El Reino de Eneko Aritza no es el mismo que el de Sancho el Mayor o Carlos el Noble. El empeño de imaginar Navarra como un continuum territorial a lo largo del tiempo se estrella ante la evidencia de las discontinuidades históricas hasta la baja Edad Media. Curiosamente, en ese punto coinciden tanto el navarrismo upenista como el pan-nabarrismo urzainquiano.

Por ello, el pan-nabarrismo no tiene una sólida base histórica. Euskal Herria (el Zazpiak Bat) y el Reino de Navarra medieval no son lo mismo. Las fronteras de este último han sido variables en el tiempo, pero nunca ha reunido en su seno única y exclusivamente a los siete territorios vascos. Si tomamos como modelo el Reino medieval de Navarra, ¿qué territorios incluímos en el mismo? La pregunta no es baladí, pues si bien es cierto que Araba, Gipuzkoa y Bizkaia estuvieron unos dos siglos bajo la órbita navarra, no lo es menos que también lo estuvieron territorios no vascos como La Rioja, Aragón, Burgos y Soria, y hasta comarcas occidentales catalanas. ¿Habremos de cambiar el mapa de Euskal Herria?

Si tomamos como referencia aquella en la que el Reino de Navarra alcanzó sus mayores dimensiones geográficas (Sancho el Mayor, siglo XI) veremos que, además de la actual CAV, el mismo se extendía también por territorio aragonés y castellano. Por otra parte esa referencia también quedaría manca, al faltar Iparralde (Lapurdi y Zuberoa serían inglesas durante casi tres siglos) y la Ribera navarra, conquistada en el siglo XII.

Al margen de ello, mezclar la óptica de los reinos medievales con el nacionalismo actual, basado más en aspectos culturales, lingüísticos y -sobre todo- en la voluntad de ser, resulta extremadamente torpe. Reivindicar los territorios de Sancho el Mayor en el siglo XXI es tan absurdo como que Al-Andalus llegue ahora hasta el Ebro, o que los españoles reclamen Perú, Cuba y Filipinas.

Los pan-nabarristas han sustituído aquel desafortunado “Nafarroa Euskadi da” de la transición por el no menos afortunado “Euskadi Nafarroa da” actual. Ni lo uno ni lo otro. Lo sensato es defender que los siete territorios vascos conforman una nación denominada Euskal Herria, hoy dividida entre dos estados.

Exigir en el siglo XXI un estado vasco en base a lo que fue en el medievo el Reino de Navarra es -además de anacrónico- un desatino político, pues ya se ha mencionado que Euskal Herria y el Reino de Navarra no son lo mismo. El estado vasco, la República vasca a la que aspiramos los independentistas, no puede sustentarse en un reino medieval en el que reyes y jauntxos deciden y delimitan sus límites geográficos, sino en un proyecto que prime los aspectos culturales y lingüísticos de la nación vasca, Euskal Herria, y la voluntad democrática de los habitantes de sus siete territorios históricos. Un proyecto de futuro, que no mire al siglo XI sino al XXI.






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