domingo, 26 de febrero de 2017

El Infierno de Izar

Con el asunto del olímpico desdén que Madrid muestra hacia las Reglas Mandela queda expuesto en su más terrible expresión en el caso de Izar, la pequeña hija de la represaliada política vasca Sara Majarenas.

Al respecto les compartimos este reportaje publicado en Gara:


Las últimas semanas han sido un continuo sufrimiento para Kontxi Ibarreta después de que su nieta Izar fuera agredida por su padre. Su hija, Sara Majarenas, está encarcelada en Valencia y los obstáculos para que pudiera estar junto a Izar han sido constantes. El próximo jueves la niña cumple tres años y corre el riesgo de ser otra vez separada de su madre.

Iraia Oiarzabal

Han pasado seis semanas desde la brutal agresión que Izar sufrió de manos de su padre. Kontxi Ibarreta, abuela de la niña y madre de la presa donostiarra Sara Majarenas. ha regresado esta misma semana de Valencia. Ha pasado allí las cinco semanas de la hospitalización de Izar, hasta que el pasado lunes la niña fue dada de alta y volvió con su madre a la prisión de Picassent. Ibarreta relata a GARA cómo han sido estas semanas a 600 kilómetros de casa, con su nieta agredida y hospitalizada, su hija en prisión, obstáculos burocráticos... «Me he sentido muy machacada», confiesa.

Sara e Izar permanecieron separadas a la fuerza, salvo visitas de escasamente una hora cada dos días, desde el 15 de enero, cuando se produjo el ataque, hasta el 8 de febrero, día en el que el Juzgado permitió a Majarenas trasladarse al hospital de manera permanente. «En un primer momento el auto de José Luis Castro decía que las horas se ampliaran dependiendo de los horarios del hospital. Era un poco ambiguo. A los dos días le dejaron estar con la niña dos horas. No sé exactamente qué lo impedia, lo que está claro es que aquello no se cumplió», relata, preguntada por las restricciones en materia de visitas.

Castigo añadido

Estas condiciones convirtieron la estancia de Izar en el hospital en una experiencia traumática añadida: «En la UCI fue muy duro porque la niña estaba mal, se despertaba constantemente y preguntaba por su ama. En planta era más llevadero porque podía salir de la habitación, pero claro, su madre venía una hora y se iba. La niña no lo entendía. Ha superado la gravedad física pero sicológicamente no está bien, no puede separarse de su madre porque tiene miedo de que desaparezca», explica con preocupación.

También para Sara ha supuesto un duro golpe la agresión machista contra ella y su hija, así como el sufrimiento por impedirles estar juntas. «Sara está mal. Su primer objetivo era que la niña se curara y que esté bien», apunta. Sin embargo, la cercanía de la fecha para que Izar abandone la prisión genera en madre e hija una gran angustia. «La niña necesita de su madre. Físicamente está bien pero tiene muchas secuelas. Se acuerda perfectamente de lo que hizo su padre. Sabe que viene a Donostia a vivir, a casa de la amona, pero cuando hablamos de que viene sola y de que su ama vendrá después, automáticamente se agarra a su madre y se enfada. Tiene miedo».

Desde la impotencia, alerta de las consecuencias que podría tener para Izar que su madre siga en prisión: «Lo que me da miedo es que las han separado muchas veces e Izar ya no se fía. Eso puede crearle una inseguridad muy grande. A ver cómo le hablo yo a esta niña sobre verdad y justicia. Le hemos dicho muchas veces que va a estar con su ama y ella ve que cada dos por tres que su ama no está».

La decisión de permitir a Majarenas trasladarse al hospital para poder permancer las 24 horas del día junto a Izar mitigó un poco el sufrimiento, pero las más de tres semanas separadas pasaron factura a la niña. A ello se le añaden las dificultades que tanto la presa como su familia tuvieron que atravesar. «Sara no podía salir de la habitación, había tres policías nacionales en el pasillo custodiándola y tenía que acompañar yo a Izar a las pruebas. En algunas ocasiones me impedían entrar en la habitación para que no pudiera estar con Sara», destaca apuntando a la excepcionalidad a las que han sido sometidas por su condición de presa vasca.

No solo fue el régimen de visitas, también la custodia de la niña ha sido problema. «Fue horroroso. La niña fue tutelada por la Comunidad de Valencia durante casi un mes. Todos los permisos para operar a Izar los firmaron ellos. Nos decían que Izar era una niña desprotegida porque su padre le había agredido y su madre estaba en la cárcel. Pero nosotros estábamos allí desde el primer día. ¿Cómo que se hace cargo la Comunidad de Valencia? Era aberrante, la niña es nuestra», remarca.

600 kilómetros eternos

La política de dispersión impuesta a los presos vascos ha sido otro de los puntos negros. Ibarreta recuerda con amargura el viaje hasta Valencia y las primera horas tras recibir la llamada que les notificó el grave ataque a su nieta. «Estábamos a 600 kilómetros de distancia. Piensa el viaje que hicimos... Mi marido tuvo que parar en dos ocasiones para llorar, no podía soportar aquello –concreta–. Nos estábamos jugando la vida. Pero sobre todo es un despropósito que un niña tan pequeña esté pagando por todo esto».

Termina la entrevista emocionada e incide en que su hija cumple las condiciones para ser liberada, por lo que reclama el fin de esta injusticia.







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