martes, 21 de febrero de 2017

La Abwehr y la OSS en Bilbo

El vascófobo Fernando Savater - que se lo haga ver, no se puede odiar tanto a tu propia gente - gusta de decir por el mundo que los vascos estuvieron de lado de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Nunca proporciona datos duros al respecto, pero basta que él lo diga que para eso es el "filósofo" español más reconocido en la actualidad.

Pues bien, por si todo el asunto del Batallón Gernika no fuera suficiente para desmentirlo, ahora resulta que el convenio de colaboración entre el Gobierno en el Exilio de Jose Antonio Agirre con la OSS - precursora de la CIA - fructificó en contra de los espías nazis que operaban en la capital vizcaína.

Lean ustedes este reportaje publicado en el Correo Vasco:


La CIA difunde documentos que revelan la trama creada por espías de Hitler en Bizkaia en los años 40. Un grupo de policías, guardias civiles, marineros... traicionados por un agente doble

En 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, el espionaje nazi dirigía desde el centro de Bilbao una trama que controlaba el Atlántico en busca de barcos americanos o ingleses. En hoteles, pisos, el cuartel de la Guardia Civil de La Salve, las aduanas de Plentzia..., los nazis consiguieron desplegar una red con puntos de adiestramiento, estaciones de radio y oficinas de descodificación de mensajes. Todo ello controlado desde el número 10 de la Alameda de Mazarredo.

Las claves de este grupo se detallan en uno de los tres millones de documentos que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) ha hecho públicos recientemente. Uno de los archivos hace referencia a la desaparecida Oficina de Servicios Estratégicos –OSS, el precedente de la CIA creada durante la Segunda Guerra Mundial–, y lleva el título de ‘Fuente vasca en las operaciones de la inteligencia alemana’.

El fichero contiene más de 200 folios en los que se detalla el denominado ‘Basque G Project’, una operación desarrollada a partir de 1941 en la que el FBI, el Gobierno vasco en el exilio y la propia OSS manejaron a un agente doble que desnudó el trabajo de los alemanes en la capital vizcaína.

«Esta red de espías era muy importante, la más desarrollada en todo el Cantábrico». Esta valoración la ofrece David Mota, un historiador de la UPV/EHU que lleva años investigando los pormenores del espionaje en Bilbao. «Hay que tener en cuenta que este círculo de agentes funciona durante la Batalla del Atlántico, un momento clave en el que la ayuda enviada desde Estados Unidos a Inglaterra era vital por el asedio alemán. El control de los puertos y de los convoyes era imprescindible para pasar información a los submarinos que atacaban los navíos aliados. Desde Bilbao se podía vigilar el Golfo de Bizkaia, un área estratégica», añade Mota. Pero el año en el que se descubre la red no sólo la Batalla del Atlántico está en marcha. En 1941 comienza en Auschwitz el horror del exterminio judío, Japón ataca Pearl Harbour y los alemanes invaden Rusia.

Mientras el mundo ardía, en el Bilbao que sobrevivió a la Guerra Civil, el capitán del Ejército alemán George Helmut Lang azuzaba el incendio y buscaba cómo mandar a pique las flotas americanas que viajaban hacia Europa. Lang había llegado a Euskadi en el 36 con la Legión Cóndor, la unidad alemana que apoyó a Franco y cuyos aviones bombardearon Gernika. Según los documentos de la CIA, este miembro de la Abwehr, el espionaje militar, controlaba a 60 espías y disponía de distintas identidades para moverse por Bizkaia. Ante algunas personas se presentaba de forma discreta como un suizo pronazi, pero también utilizaba los alias de ‘Emilio Martincho’ y ‘Julio Martín’.

El cónsul

Según los archivos, era un hombre no muy alto –medía aproximadamente un metro sesenta–, «con el pelo negro peinado hacia atrás, fuerte, de unos 72 kilos y 41 años». Lang se movía en un coche descapotable y estaba casado con una «guapa» mujer de Madrid, Antonia Crespo, «hija de un conocido monárquico».

Los ficheros de la CIA detallan cómo el máximo responsable de los espías vascos llegó a confesar que había tenido trato con el propio Hitler y con Hermann Goering, el jefe de la aviación nazi. Esta afirmación no puede ser comprobada, pero sí que está directamente relacionada con otro de los jerarcas alemanes que en esos años utilizaba Bilbao como base de operaciones. En el hotel Carlton se encontraba el consulado alemán, cuyo responsable era Friedhelm Burbach. Este diplomático había sido el representante de Hitler en España y Portugal desde 1933, y su mediación fue clave para que la cúpula del Gobierno nazi apoyase a Franco. En Bizkaia contaba con el apoyo de familias alemanas que llegaron a Euskadi en el siglo XIX para invertir en las minas de Gallarta y Ortuella.

Lang era un habitual del Carlton, pero en Bilbao había otro hotel mucho más importante en esta red: el Excelsior, hoy sede de las Juntas Generales, situado en la calle Hurtado de Amézaga. El local, regentado por el nazi Otto Messner, servía de punto de encuentro a los infiltrados de Lang. Los locales más sensibles de la red se encontraban en Alameda de Mazarredo, donde el militar disponía de una estación de radio que conectaba con Hamburgo y también con Argentina y Brasil. Además, un piso situado en el número 1 de la calle Máximo Aguirre era utilizado como escuela en el uso de códigos cifrados.

Represaliados por Franco

La red estaba formada principalmente por marineros que viajaban de forma habitual al otro lado del Atlántico. Según el historiador David Mota, muchos «eran represaliados por el franquismo que buscaban una expiación para las condenas impuestas por la dictadura». Su misión consistía en conseguir información en los puertos sobre el movimiento de barcos o servir de correos para otros espías ocultos en países como Cuba o Brasil. Los nazis habían previsto que los marinos dispusieran de una serie de pisos en Bilbao a los que remitir cartas cifradas cuando se hallaban de viaje, como una residencia en la calle Heros o el propio cuartel de la Guardia Civil de la Salve.

En el edificio del instituto armado, según la CIA, se encontraba el sargento José Méndez, alias ‘José Urrutia’. Este suboficial era la mano derecha de Lang y el encargado del control de la información. En la base, además, había una emisora de radio que recibía mensajes en clave desde Latinoamérica.

La trama estuvo operando hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Tras la derrota de Hitler, Lang desapareció y su rastro se esfuma por completo. El único superviviente fue el cónsul Burbach, quien contó con la protección de Franco cuando los aliados exigieron a España que lo entregase para ser juzgado en Alemania. El nazi vivió semioculto entre Bilbao y Burgos. En 1959 falleció en un accidente de tráfico y con su muerte se borraron todas las pistas sobre los agentes de la esvástica en la capital vizcaína.

El «mutilado» de Plentzia, el contacto con los marineros

Uno de los nudos de la red nazi se encontraba en Plentzia. Los marineros que trabajaban para los alemanes que se acercaban a este puerto y tenían que entregar un mensaje debían buscar a un guardia civil llamado Joaquín Hernández, alias ‘Joaquín, el andaluz’, un responsable del control de los buques que arribaban a Bizkaia. La contraseña para iniciar el contacto, detallada por la CIA, era: «de parte del mutilado de guerra, que entregue la carta al banquero suizo amigo del mutilado». Cada mensaje de los marineros entraba en la maquinaria de la oficina de espías. Era analizado por Lang, cifrado por algunos de sus agentes y remitido a otra estación nazi en Hamburgo por medio de la radio situada en Alameda de Mazarredo.






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