lunes, 20 de febrero de 2017

Entrevista a Santiago Auserón

Siempre es bueno saber que el euskera cuenta con aliados más allá de las fronteras de Euskal Herria, es por eso que hoy les compartimos esta entrevista cortesía de Naiz:


Nacido en Zaragoza en 1954, Auserón es una persona polifacética. Elegante y profundo, reflexivo e inquieto, culto y con conciencia de clase, cantante de voz perruna y callejera que habla de música con palabras que son chispazos llenos de poesía, política y reflexión punzante.

Mikel Zubimendi

Charlar con el que fuera cantante de Radio Futura –considerado según votación popular de Radio 3 como el mejor grupo del Estado español en la década de los 80–, reinventado desde 1993 en su alter ego Juan Perro, es emprender un viaje lleno de descubrimientos. A sus 62 años, acaba de doctorarse cum laude en Filosofía en la Complutense con una tesis sobre el papel del sonido en el pensamiento. Obsesionado con el lenguaje y la sonoridad, comprometido con la música popular, Auserón tiene un discurso social franco y una actitud resistente ante la mercantilización de la música. Atiende a GARA en el Teatro Campos Elíseos de Bilbo, donde anima el ciclo de coloquios y conciertos "Voces en la Ría".

Radio Futura fue un exponente de la denominada Movida Madrileña. Un fenómeno que floreció en plena efervescencia social, una especie de edad de oro con un montón de canciones interesantes, en una época de vacas gordas para los grupos musicales.

No al tiempo de la nostalgia

Preguntamos a Auserón cuánto tiene de mitificación y hasta qué punto es memorable: «Yo viví la Movida antes de que fuera mediática. Pertenezco a una generación, a la primera generación quizá, de hijos de la clase trabajadora que llegan a la Universidad. Aprecio la limpieza de lo humilde, el ‘seremos pobres pero aseados’ de las abuelas. A finales de la dictadura, en ciertos barrios de Madrid donde yo vivía, la gente consumía buena música, e incluso el buen gusto estaba más cultivado que el de la gente de las familias tradicionales de la cultura de bien del centro de los ‘madriles’. Empezamos a ir a los bares y a las galerías de arte del centro, se generó un ambiente, se alternaba con la gente del centro. Fue lo más interesante de la Movida. Luego vino el destape cultural, por así decirlo, que para mí es el equivalente de lo que pasaba en los kioscos en los que se veían señoras desnudas».

«Pero luego vinieron las empresas mediáticas, las compañías de discos a firmar contratos y se generaron estrellas mediáticas. Todo el mundo era estrella. Te ponías unas gafas de pasta o un pin en una cazadora de cuero de segundo mano, ya eras una estrella. Y la Movida se equiparó a personajillos de televisión. Y luego el revival, recordar aquel tiempo con nostalgia, a la juventud como pasado. A mí me interesa recordar la juventud como presente, llevar al niño y al adolescente siempre puesto. No me gusta mirarlo con nostalgia. De mitificar la Movida nada de nada, pero tiene cierto valor de mito, recuerda a una energía social interesante, a la disponibilidad de un imaginario colectivo, a un estado de la atención pública. Pero debemos seguir generando movimiento siempre, no pararnos a mirar los tiempos de la nostalgia».

Canción tonta, modelo de éxito

Auserón se muestra preocupado por los efectos de la mercantilización de los productos musicales. «Al apoderarse de los medios de comunicación, las empresas quieren rentabilizar esos centros de poder mediático, quieren sacarle partido inmediato y seguir ganando dinero como en la época en la que aparece el CD y se generaron fortunas rapidísimas e inmensas. Hay gente que se ha acostumbrado a ganar mucho dinero y no quiere soltar el carrito».

En estos tiempos de talent shows y radio fórmulas, le planteamos cómo se pueden hacer canciones interesantes, que no parezcan tontas: «Han creado un formato en el cual la mercancía musical está presa y eso cierra las puertas a las nuevas generaciones. Esa gente no tiene emoción musical ni espíritu de búsqueda, quieren el mero negocio y punto. La sociedad sigue produciendo música inventiva, no para, pero no se ve, no accede a los grandes medios, prima el ‘cuanto más banal, más vende’, ahí siempre gana la canción tonta».

«Y lo peor de todo –enfatiza– es la proyección educativa que eso tiene en la sociedad. Ahora los chiquillos tienen dos modelos de éxito: el futbolista crack, que triunfa a través de la publicidad; y luego, el ‘llego, soy un niño que tengo una voz privilegiada, que mi mamá me puso a bailar desde los cuatro años, salgo por la televisión y triunfo y ya soy una estrella’. Ese modelo está vacío, carece de sustancia, ni recoge la riqueza de las tradiciones musicales ni tiene el atrevimiento de inventar cosas hacia el porvenir. Yo vivo y trabajo al margen de eso. Tiene sus costes, pero uno es más feliz y vive mejor».

Claves de la canción popular

Como investigador y creador de la canción popular, basándose en su experiencia, Auserón ofrece algunas claves con humildad: «Primero, hay que vincularse a una tradición y una fuente sonora que te trasmita energía. El afortunado de tener una buena educación sonora o musical desde pequeño, que la cultive y si no que la busque donde esté, en el Mississippi o donde sea».

«Luego, hay que compartirla con los colegas. Antes de llegar a una audiencia social amplia, hay que hacerla colectiva en la cercanía del tú a tú, cara a cara, persona a persona. Al final, de verdad, la transmisión del arte en general, de la música, de la poesía, del pensamiento es de persona a persona, es de fascinación de una amiga que te mete en el hechizo o de tener un buen maestro que ¡te mete en el hechizo!… Por mucho móvil o tablet, el hechizo, la energía que los contenidos artísticos envían a través de la lengua y de las formas artísticas, es algo milenario. La vivencia en profundidad solo es cuando se comparte. En tercer lugar, el barrio, la esquina, el bar de reunión, la escuela, hay que colectivizarlo desde la base, eso colma la búsqueda poética y sonora. Y al final, cuando puedas, viaja. Para ser un buen juglar tienes que viajar».

Memoria de las palabras

Auserón reflexiona en voz alta sobre la música como lente del pensamiento, como transmisora de memoria, como constructora de relatos y fábulas, como invitación a una sociedad a imaginarse a sí misma.

«Todo eso está muy unido. Se trata de establecer una máquina de memoria para capturar una tradición que te permita aprender el oficio de construir un verso, de manejar unos patrones rítmicos y de armonía, unas formas de melodía que sean coherentes con la lengua o lenguas en las que te puedes expresar. Y puedas crear objetos, que son casi como objetos cerámicos, pero de viento, invisibles, y no por ello menos reales. Más allá del desarrollo tecnológico o electrónico, lo que tenemos de verdad como soporte son el lenguaje y la música, y esas dos herramientas nos constituyen como humanos, cualquiera que sea nuestra lengua o nuestra tribu, nos proyectan desde los ancestros a las generaciones venideras. Esas son nuestras armas... ¡para ser humanos!».

«La canción es una especie de condensador de memoria, el verso de los poetas también aunque no sea cantado; en su soledad el poeta sabe como trabajar la memoria ancestral del lenguaje y convertirla otra vez en búsqueda, relanzar la flecha más lejos… Entre sonido musical y la palabra creamos una máquina que es capaz de preservar, ¡imagínate hasta donde llega la memoria de la palabra! Y ahí los vascos sois unos privilegiados por tener una lengua mágica, de duendes. Si me permites, diría que hay que dejar de hablar del problema vasco y hablar del tesoro vasco… porque es un tesoro de musicalidad, de sonoridad y de pensamiento».

«Las identidades tienden naturalmente a intercambiar»

Como español, Auserón siempre se ha mostrado indignado hacia un Estado de homogeneidad impuesta, el imperio de una lengua sobre otra, la pureza de la sangre que se impuso como doctrina en el llamado Siglo de Oro. Reconoce que los vascos y catalanes tienen cuestiones pendientes que no se han aclarado aún, que son naciones históricas sin que nadie tenga que calificarlas o ratificarlas, que hay que reclamar que se expresen libremente. No obstante, frente a eso defiende también que compartimos tramas milenarias que son hechos y que hay que ver lo que interesa compartir y lo que no.

«España fracasa en la educación, hay que reconstruirla desde el mosaico de los pueblos más antiguos, rehaciendo el entendimiento y manteniendo la conciencia de los conflictos donde los hubiera, porque tampoco hay que precipitarse a solucionarlos de cualquier manera. Donde los haya, hay que atenderlos, estudiando el porqué, el cómo, con mimo y tacto, generando condiciones para el entendimiento humano. Hay que entender las realidades de lo complejo, entrar al corazón de lo complejo».

Defiende que hay que profundizar en una doble dirección y reclama una inteligencia política, «que quiere decir dos cosas: luces, capacidad de visión y capacidad de compartir la visión. E interpelación de las mentes. Tiene que ser la sociedad civil. Seleccionando de lo mejor del pasado, la condensación de la memoria, con el máximo respeto a lo ancestral y con la máxima valentía para que se transforme, cambie y se genere, sin miedo al viaje. Yo lo veo así, doble, en ese doble sentido».

Prevé situaciones de separación y valoración de las diferencias pero con formas de cooperación, con relaciones de trama y de participación conjunta que no pueden ser borradas de un plumazo. Pero también advierte: «Cuando se genera un aparato de Estado, en cualquier escala ¡eh!, ese aparato se vuelve sordo: emite dictámenes y pone límites. Y la inteligencia requiere permeabilidad. Ese mosaico de pueblos, está hecho de lenguas, sonoridades y cercanías que se constituyen como identidades como nace un árbol, del suelo, de la madre tierra. Y esas identidades tienden naturalmente a intercambiar».

Tras reclamar un vínculo sin reproches como parte de un posible proyecto de construcción de ideas, estéticas, sonoridades y maneras de expresión, en el que este músico se siente como un camaleón, completamente mimetizado, subraya el peligro que supone para todos «el pragmatismo anglosajón y protestante, que enfoca la educación al rendimiento. Hay que plantarle cara en un sentido cultural y de orgullo existencial».






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