domingo, 12 de febrero de 2017

Entrevista a Juan Cuatrecasas

El caso del cura pederasta Juan Kruz Mendizabal ha terminado por destapar la cloaca de las agresiones sexuales a menores de edad en Euskal Herria en el ámbito de la Iglesia Católica y aún peor, en el ámbito del Opus Dei.


Les presentamos esta entrevista publicada en Deia:


En esta ocasión, este mismo entrevistado tiene nombre y apellidos: Juan Cuatrecasas Asua. Esta charla también tiene una localización: La Rioja

M. Hernández

Juan Cuatrecasas Asua es el padre del joven que denunció a un exprofesor en Gaztelueta por presuntos abusos sexuales y La Rioja es el lugar al que la familia se trasladó porque, debido a ese suceso y todo lo que desencadenó, la vida en Bilbao se les hizo insostenible. Días antes de que el maestro tenga que declarar en la Audiencia, Cuatrecasas habla con DEIA; con anterioridad ya lo había hecho, de espaldas y sin ubicación, para contar su historia.

¿Por qué ha decidido ‘dar la cara’?

-Mi hijo es mayor de edad y hasta ahora, por respeto a un menor de edad, me he mantenido así. Con el proceso adelante, si he dado la cara es por destigmatizar a mi hijo y al resto de víctimas. Y es cierto que son temas tabús; la gente te mira y te dice: “¡Qué valientes sois!”. De eso nada, aquí el único valiente es mi hijo, que lo ha contado. Su madre y yo somos sus bastones. Yo doy gracias a Dios de que lo haya contado, porque hay gente que se lo lleva a la tumba. (Silencio) Mi hijo ha sufrido tres intentos de suicidio, dos expresados y uno en el que tuvo que intervenir mi mujer porque iba a saltar por la ventana...

¿Quería saltar por la ventana?

-Fue muy duro... Aquella época en Bilbao es de las que se te clavan a sangre y fuego: ver a tu hijo tirado en el suelo en posición fetal, detrás de un sofá, sin articular palabra... Estuvo mucho tiempo sin hablar ni siquiera con nosotros, como un zombie, como un muerto viviente... Los daños son gravísimos. ¿Cuál es la cuestión? Que son daños psicológicos, no son físicos, no se ven. Tu hijo cambia de la noche a la mañana de una forma radical.

¿Sale por ahí con sus amigos?

-No. No hace una vida de salir de noche o por la tarde a tomar algo o ir al cine... Está insociabilizado. Recuerdo que una vez fue a las fiestas de un pueblo con sus amigos del equipo de fútbol y fui a buscarle a altas horas de la madrugada y yo iba feliz. Pensaba que cualquier padre iría un poco mosqueado... Y yo iba como si me fuera yo de fiesta, porque dije: “Igual es el comienzo de una recuperación”. Pero volvió a caer.

A nivel médico, ¿cómo está ahora su hijo?

-Sigue en tratamiento psiquiátrico y tomando medicación de vez en cuando. Y bueno, todo esto nos ha afectado, a otro nivel, a todos: a su hermano, a mi mujer, que apenas duerme, y a mí, que también he tenido que ir a tratamiento.

¿Por qué dejaron Bilbao?

-Principalmente porque mi mujer y mi hijo estaban cada vez más insociabilizados. Tanto él, como ella. Estaban encerrados en casa. Mi mujer tenía que estar las 24 horas del día con mi hijo por cariño, vigilancia... Ello, unido a que yo recibí amenazas y que la situación en Bilbao se convirtió para todos como un Vietnam particular. Estabas en territorio enemigo y más aún donde vivíamos, en el entorno de Moyua. Desde ahí muchas veces mi hijo se escapó e incluso una vez tuvimos que dar parte a la Ertzaintza. Luego apareció. Mi hijo se ha escapado tres veces y otra más estando ya aquí. Una de ellas estuvo horas sin que supiéramos dónde estaba. Luego, él exteriorizó que estuvo tentado de tirarse a las vías del tren. Todo esto también fue fruto un poco de la medicación que le dieron.

¿Recibió usted amenazas?

-Sí. Recibí tres. Una de ellas se dio en puntos de Bilbao fuera de mi ruta habitual, por lo tanto, tal y como me dijo la Ertzaintza, se sobreentiende que me estaban siguiendo. Y cuando no tenía nadie a mi alrededor me vino un hombre por detrás y me dijo: “Tened cuidado con lo que estáis haciendo”. Y la segunda vez repitieron prácticamente esa misma frase. La tercera fue más de asustar: cerca de casa, en General Concha, estando también mi mujer, ella vio a un tipo con pinta de matón, con gorra, guantes, cazadora tipo marinera, espaldas anchas... Se me puso al lado e hizo -realiza el gesto de rajar el cuello-. Se fue al portal, se frotó las manos y se fue.

¿Han pasado miedo?

-En algún momento, sí. Pero a día de hoy no tengo ninguno, ya no me queda. ¿Qué van a hacer? ¿matarme? Pues ya cogerá alguien el testigo. Ya sé que son gente muy peligrosa con contactos raros…

¿Se arrepiente de alguno de los pasos que ha dado?

-No. Ni mi mujer ni yo. No me va a callar nadie, aunque me corten la lengua.

¿Qué piensa ante comentarios como que su hijo igual miente y que lo que le pasa quizás sea por otros motivos?

-Para nosotros fue muy reconfortante, además de tener el testimonio del psiquiatra Iñaki Viar y de otros especialistas, que las peritos del juzgado acreditaran casi con un cien por cien de fiabilidad que lo que cuenta mi hijo es cierto. Aparte de que cuando tú te inventas algo así, no puedes sostenerlo en el tiempo ni dar tantos detalles.





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