lunes, 26 de marzo de 2018

Contra la Mayoría Democrática Catalana

David Fernández de las CUP nos habla acerca de consensos en contra de la razón de estado esgrimida por el régimen españistaní con respecto a Catalunya.

Consensos como los logrados el 1° de octubre y una vez más el 21 de diciembre, en las urnas.

Consenos traicionados por el mesianismo trasnochado de una izquierda incapaz de ilusionar a la clase trabajadora dejándola a merced de la maquinaria propagandística de la falange anaranjada en lo que fuera el feudo catalán de los sociatas.

Consensos como los vistos en las calles y plazas de Catalunya desde el encarcelamiento de cinco representantes electos del pueblo catalán, mismos que se han fortalecido desde la captura del presidente en funciones de la Generalitat en Alemania.

Consensos de los cuales las CUP ya no forman parte desde el jueves, cuando sus cuatro diputados secuestraron el anhelo de dos millones de catalanes al impedir la investidura de Jordi Turull. Recordemos, no hay un solo rupturista tras las rejas.

Aquí lo publicado por Nabarralde, que quede registro de estas combativas y por el momento, huecas palabras:


David Fernández

“Midamos nuestras palabras: la sumisión no ha llevado nunca a la relajación sino a una mayor severidad. Cuanto mayor es el miedo y el servilismo, a más se han atrevido los poderosos, a más se atreven y a más se atreverán”

Jan Patocka

Al final, intempestivamente y tiempo al tiempo, la rebelión de verdad será la de la razón de estado contra la mayoría democrática catalana. Resultará, después de todo, que los que están socavando el estado de derecho, prevaricando a conciencia y malversando fondos públicos son los agentes de la excepción del aparato judicial y policial. Y quienes los mandan, pervierten y teledirigen, claro. Dicen, dicen, dicen que en las conversaciones privadas de los pasillos del búnker del 78, en los ángulos ciegos del estercolero represivo del alcantarillado estatal, Manuel Marchena y Pablo Llarena se reifiquen a sí mismos como “el último muro de contención de la democracia”. La tentación narcisista y salvapatrias, ya se sabe: o nosotros o el caos, un clásico hispánico. ‘Todos al suelo’, cuando el último pronunciamiento en el siglo XXI contra la razón democrática de la libertad política catalana va vestido con maza gris y toga negra.

Último muro, ciertamente, lo son. Pero no de la democracia, sino de la sagrada y reaccionaria unidad de España. Que no tiene nada que ver con principio democrático alguno sino con un nacionalismo de Estado cada vez más desbocado, verbalmente más virulento y antijurídicamente más inquisitorial. Condensado en la negación del otro, la homogeneización excluyente y la aplastante apisonadora del poder. No deja de ser tragicómico que, en nombre de la ley, opten por saltársela. Que en nombre de la democracia, la impidan. Que en nombre del estado de derecho, perpetren el abuso continuado de su contrario: el derecho de estado. Barcelona, ​​letrillas de la posmodernidad, se puede bombardear de muchas maneras. Dicho sin banalización, hoy se fractura con órdenes judiciales, registros impunes y detenciones injustas que revientan la soberanía política, no acatan los resultados electorales y secuestran como rehenes, en la macabra lotería represiva, a quien les plazca. Jarabe de caña y bastones con la zanahoria con el espíritu antiguo del duque de Ahumada.

De infausta memoria en la antología del terror -de Estado-, se hace imposible olvidar la frase que profirió el exgeneral Enrique Rodríguez Galindo, cabeza oscura de la trama negra del museo de los horrores de Intxaurrondo, durante uno de los juicios del caso GAL: “Con seis hombres de los míos reconquistábamos América Latina otra vez”. Estirpe imperial, lógica de conquista y diatribas criminales, a pesar de que el sol ya se ponga allí donde antes nunca se ponía y consuele saber que todo imperio tiene siempre su fin. Pero ahora que vierten tanta gasolina al fuego de la prisión permanente revisable, eufemismo de una cadena perpetua que ni su propia Constitución prevé, habrá que recordar que aquel general criminal benemérito fue condenado a 80 años de cárcel por el asesinato en cal viva de Lasa y Zabala. Apenas cumplió cuatro. Como José Barrionuevo y Rafael Vera, en la condena por el secuestro de Segundo Marey: cuando entraron en prisión lo hacían teóricamente para cumplir 10 años de prisión. Cumplieron 10, sí. Exactamente 10 horas, no crean, ni una sola noche: 600 minutos de calvario penitenciario. Bromas de la democracia cuando la democracia es de feria. Porque el derecho penal de enemigo tiene una brutal contrapartida arbitraria: el derecho penal de amigo. Que se lo pregunten a Diego Pérez de los Cobos, ascendido a general, o a todos los policías condecorados por Zoido con medalla y trienio por haber zurrado a este pueblo el 1 de octubre. La impunidad, al altar.

De la vida de los demás y el hedor de la guerra sucia, en cambio, sorpresa cero. No vale hacerse el sueco. Ya lo avisó José Antonio Zarzalejos, mentiroso del régimen, el lejano 2014, con previsora anticipación y mafiosa claridad. Y con el oxidado pero rutinario axioma dictatorial de que quien no cuestiona el Estado no tiene por qué preocuparse: “Para enfrentarse al Estado, desafiándolo, hay que atarse los machos y estar limpio como una patena, con los bolsillos transparentes y en disposición de que los servicios de inteligencia pasen el escáner y no encuentren nada que no esté en su lugar”. En ‘Contra la tiranía’, Snyder lo dice de una manera similar pero desde una posición bien diferente y resistente: “Los gobernantes más viles harán saber todo lo que saben de ti para intimidarte. […] Los tiranos buscan el gancho del que colgarte. Trata de no tener ganchos”.

De acuerdo, estamos bajo excepción permanente cotidiana. Es bien sabido. Pero, entonces y sin embargo, lo que se debe saber todavía no es qué harán ellos -que está claro- sino cómo pensamos responder nosotros, unitariamente y juntos. Que quiere decir juntos y al mismo tiempo. Por eso sorprende tanto -desconcierta, desubica, despista- que no apliquemos la máxima imprescindible que susurra que en tiempos oscuros es cuando hay que redoblar esfuerzos: que a máxima represión es necesario, sobre todo, máxima generosidad. Las derivas represivas y las autoritarias se sabe cómo empiezan y nunca cómo acaban. Si sabemos algo es que la lucha en contra es larga, persistente y constante, y que cuanto más miedo sólo hay más servilismo.

Manos a la obra, quizás para empezar y como mínimos de raíz: una estrategia colectiva y común en clave de defensa política contra el juicio político más grande que vendrá; la solidaridad por la libertad de los presos y el retorno de los exiliados; el fin inmediato del 155 y sus estragos; la restitución, mejora y profundización de la mejorable legislación social y ambiental tumbada por el TC; y el referéndum y el proceso constituyente como marco democrático resolutivo permanente. Estos son todavía, pese a lo que griten los voceros del Estado, consensos sociales básicos y sólidos.

En un país donde, a pesar de todo, y contra todo, la calle no calla, entre la huelga feminista, la marea pensionista y la escuela contra el miedo. Hoy, aquí y ahora, es la realidad la que acredita que no tenemos mucha más opción: si queremos salir adelante, habrá que desobedecer y superar toda excepción. Hace cinco meses, queriendo ser una república decente, aprendimos a ser un pueblo resistente. Y hay cosas que nunca se deberían desaprender. Precisamente para conjurar el riesgo de desaprenderlas. Antes de que condenados al miedo, condenados siempre a la esperanza.






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