domingo, 30 de diciembre de 2018

La Ordalía de los Lizarraga

Desde las páginas de Deia traemos a ustedes este reportaje histórico que nos da unas pinceladas acerca del cuadro de terror pintado por el franquismo en la Nafarroa de 1936:


El odio trabajó mucho en poco tiempo, en tanto que la memoria de lo ocurrido ha avanzado muy poco en mucho tiempo

Balbino García de Albizu Jiménez

Dos meses después del golpe militar de 1936 eran sacados de la cárcel de Alsasua y asesinados Joaquín Lizarraga Martínez de Bujanda, de 51 años, y su hijo, Sabino Lizarraga Barandiarán, de 24. Por esas fechas, en San Sebastián, era igualmente víctima de los golpistas Iñaki, de 23 años, hijo de Joaquín y hermano de Sabino. Estos crímenes tenían como objetivo “crear una atmófera de terror”, “eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros”, según órdenes del general Emilio Mola, gobernador militar de Navarra.

Pero el asesinato de los Lizarraga, al menos el de Joaquín y Sabino, reunió, por exceso, todos los requisitos para ser considerado un crimen de odio. Y lo fue sin duda, porque ningún reproche podían hacerles a las víctimas los que, mediante un levantamiento armado, decían defender a Dios, a la religión y a la propiedad privada. Ya que Joaquín, y con él todo su grupo familiar, eran católicos practicantes, con un hijo sacerdote y una hija religiosa. Era también empresario, alto directivo, financiero y dirigía una empresa, la IPSA, entre otras, dedicada a la continuidad de la enseñanza religiosa durante la Segunda República. Sin embargo, había un pero que resultó decisivo: pese a no estar afiliado, compartía clara y públicamente el ideario nacionalista y eso no era de recibo para quienes en aquel momento y en aquel lugar decidían sobre la vida y la muerte.

Para mejor entender
Estas tres muertes fueron dadas a conocer por Marino Ayerra Redín, párroco de Alsasua en aquellas fechas luctuosas, que las incluyó en su libro No me avergoncé del Evangelio (Buenos Aires, 1958), libro testimonial y crítico con el levantamiento militar de 1936 y con la complicidad de la iglesia católica española.

Y hubiera quedado como un grito en la distancia si tras contactar con José María Jimeno Jurío, historiador y pionero de la Memoria Histórica en Navarra, no hubieran acometido una nueva edición del libro en 1978 en Bilbao. Una edición enriquecida con las notas de Jimeno, que había vivido una temporada en Alsasua y había actualizado su información al respecto.

Y desde esa fecha, no hubo nada novedoso al respecto. Hace diez años comencé a investigar lo ocurrido en Urbasa en 1936 y anoté todo lo referente a Joaquín y Sabino Lizarraga. A lo largo de los diez años siguientes he recopilado datos de esta familia, siguiendo la misma pauta que con el resto de víctimas: intentar describir lo ocurrido antes, durante y después de la represión aplicada. Porque el derecho a la verdad, a conocer lo ocurrido, no prescribe. El derecho a la verdad precede al derecho a la justicia y al derecho a la reparación, porque sin conocimiento de lo ocurrido -antes, durante y después- nada puede juzgarse ni repararse. Expondré pues el resultado de mi trabajo, en parte ya contenido en ¿Qué hicimos aquí con el 36?, libro por mí coordinado y publicado por la editorial Lamiñarra el año pasado.

Los Lizarraga ‘antes’ de 1936
Los Lizarraga no habían nacido en San Sebastián, ni el padre ni los hijos, por más que se repita en todas las menciones que se hacen de ellos. La familia Lizarraga procedía de Bearin (Navarra) y Joaquín había nacido en 1885 en Estella. Casó Joaquín con Erenia Barandiarán Barandiarán, en 1906. Tuvieron tres hijos y tres hijas, nacidos dos en Ilo-Ilo (Filipinas), uno en Ataun y los tres siguientes en Bilbao, donde residió la familia al completo durante muchos años. En la información municipal de la villa consta que la totalidad de los miembros de la familia, padres e hijos, saben Euzkera en 1920.

Concretamente sus dos hijos asesinados, Sabino e Iñaki, eran nacidos en Bilbao, en 1912 y 1913 respectivamente.

En 1917, con 22 años, fue Joaquín vicepresidente interino del Centro Industrial de Vizcaya y en 1919 ganó por oposición el puesto de director gerente del Depósito Franco del Puerto de Bilbao. En 1922, Joaquín pasó a presidir el consejo de administración de Fundiciones de Vera y a partir de ahí se vinculó a Fundiciones de Alsasua.

En 1933 era, además, apoderado de La Instrucción Pública, empresa propietaria de los centros de enseñanza de los Hermanos de La Salle en España. Por gestión de Joaquín se abrieron dos colegios en Bilbao.

En 1934 un hijo suyo, también de nombre Joaquín, de 24 años, fue ordenado presbítero en Madrid, tras concluir sus estudios religiosos, iniciados en 1925.

Los Lizarraga ‘durante’ 1936
Hasta el golpe militar de 1936, Joaquín Lizarraga estaba con frecuencia en Alsasua, donde ejercía como gerente de Fundiciones de Alsasua. Se desplazaba normalmente en tren desde San Sebastián donde estaba avecindado, aunque seguía manteniendo su residencia en Bilbao. Acostumbraba a ir acompañado de su hijo Sabino, agente comercial en la empresa que dirigía su padre, y a veces utilizaban el automóvil, que conducían indistintamente. En Alsasua se hospedaban en el hotel Mendia o en el parador del mismo nombre.

El alzamiento sorprendió al padre en San Sebastián y a su hijo, Sabino, en Andalucía. Este último decidió regresar a Alsasua y se incorporó a la empresa en que desarrollaba su actividad. A los pocos días fue encarcelado.

Joaquín Lizarraga viajó a Alsasua, en septiembre, tras la entrada en San Sebastián de los alzados, y se presentó como directivo de la mayor empresa local a Solchaga, comandante militar de la zona. Entiendo que no se trataba de José Solchaga Zala, brazo derecho de Mola y metido de lleno en operaciones militares, sino de su hermano Ramón, con graduación de teniente coronel.

Lo hablado entre Solchaga y Lizarraga fue reproducido por Ayerra en su libro y le debió ser relatado por el propio Lizarraga, detenido a continuación y recluido en la prisión local, donde ya estaba encarcelado su hijo Sabino, con el que Ayerra conversó tras oírle en confesión. Y probablemente se produjo en fechas anteriores a la muerte de su hijo Iñaki.

Sea como fuere, Joaquín y Sabino fueron sacados de la cárcel de Alsasua, quizá no el mismo día, pero sí entregados al mismo grupo, con base en Olazagutia, que llevaba a cabo estos asesinatos. Y la decisión fue tomada en Alsasua. Por la Junta Carlista local y/o por Ramón Solchaga, cuya aprobación, como comandante militar de la zona, era imprescindible. Por indicios diversos y por los testimonios recogidos por Jimeno Jurío, solo cabe concluir que padre e hijo fueron asesinados en Urbasa y sus cadáveres arrojados a la sima del Dos, actualmente conocida como de Otsoportillo.

Sobre Iñaki Lizarraga no he conseguido otro testimonio que el que reproduce Ayerra que, a su vez, lo recibió de una tercera persona a través de una carta. Ni creo que exista al respecto dato fiable alguno, porque los que se mencionan actualmente en Internet no lo son, ya que varios de ellos sitúan su muerte en Olazagutia, así como su nacimiento en San Sebastián, ambas informaciones erróneas.

Los Lizarraga ‘después’ de 1936
No quedó en Navarra documento alguno referente a estos asesinatos, ni la familia instó allí expediente de defunción fuera de plazo, como sí se hizo en otros casos de esa misma sima, pero debieron de hacerlo en San Sebastián o en Bilbao, aunque no he logrado encontrarlos.

Es imaginable el enorme dolor causado a la esposa, Erenia Barandiarán, que perdió marido y dos hijos en el espacio de treinta días. Y a los hijos supervivientes.

Por si esto fuera poco, el mismo ejército golpista que produjo los crímenes, movilizó a Joaquín Lizarraga Barandiaran (Ataun, 1909), hijo y hermano de los asesinados, como capellán castrense (por su condición de sacerdote) con el grado de alférez en 1937-1939. Acabada la guerra, continuó su vida sacerdotal en diferentes lugares y funciones. Y en 1980 concelebraba una misa junto a la sima ya citada donde reposaban los restos de los suyos y de otras víctimas, en el primer homenaje que tuvo lugar.

La VERDAD no es prioritaria Si han transcurrido más de ochenta años en que solo tres iniciativas individuales nos hayamos puesto a la tarea de desentrañar lo ocurrido, es porque la VERDAD, en este y en muchos de los casos de represalias individuales ocurridas en los años 1936-1939, no ha sido ni es una prioridad. Y eso, pese a ser un derecho imprescriptible, a ser imprescindible para aplicar justicia y reparación, a ser la base del cuerpo histórico y a que solo de su conocimiento puede derivarse una didáctica preventiva para evitar los sentimientos, delitos y crímenes de odio venideros.

Limitarse a sumar estas tres unidades a las estadísticas de represaliados e incluir sus nombres en los inventarios y placas, no alcanza ni el nivel de sucedáneo, aunque resulte muy económico. Ya alertaba sobre ello Jimeno Jurío en 1980, cuando veía que se daban prioridades al cálculo del número de muertos y eso, basándose a veces en rumores y otras, fríamente, como si las víctimas fuesen piezas de artillería sin vida, sin sentimientos, sin ideales y sin familias, sin una misión en la sociedad.

La investigación de los crímenes de odio de 1936 es laboriosa, porque se hace con mucho retraso;es cara, porque exige la dedicación de muchas horas en cada caso;es molesta, porque emergen antepasados poco deseados por algunos, y es decepcionante para los que buscan víctimas afines a sus ideas políticas actuales y no las encuentran. Pese a todo, el derecho a la verdad de cada uno de esos crímenes de odio es imprescriptible. Para los familiares y para la sociedad.

Pero, como decía Eduardo Galeano, para muchos importa más el funeral que el muerto.






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