domingo, 29 de noviembre de 2015

Frente Nabarro

Les presentamos este paranoico análisis bajo la etiqueta "¡Que vienen los vascos!", mismo que ha sido publicado en El Mundo:

¿Un nuevo frente vasco-navarro?

Manuel Pulido Quecedo | profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Navarra

La vida política española está en proceso de catarsis, como aventuran los próximos comicios de diciembre. Se presagian cambios y más cambios. No menores han sido los acontecidos en Navarra propiciados por una suerte de fin de ciclo político, donde la tradicional hegemonía de UPN a la hora de gobernar el viejo Reyno ha sido sustituida por el nacionalismo vasco, en su vertiente moderada y radical con el apoyo de fuerzas de la izquierda (IU y Podemos), extramuros del PSOE, justo en el momento en que el desfallecimiento del PP en el Gobierno de la nación permite preguntarse qué ocurrirá en España tras el 20-D.

En esa incertidumbre, la lectura de un libro de historia importante, La minoría vasco-navarra, de Víctor Manuel Arbeloa, nos sirve de contexto y de experiencia fallida de lo que fue la unión de la derecha nacionalista vasca y foralista en la II República.

Fue la Minoría Vasca Navarra una respuesta electoral -tras las quema de conventos y expulsiones de religiosos en mayo de 1931- de diversos sectores de la derecha política, nacionalistas vascos y antiguos mauristas (derecha conservadora), de acudir a la lucha electoral en 1931 (elecciones de 28 de junio tras las del 14 de abril) bajo una bandera común. Eran tiempos de construcción de un nuevo orden en los que la cuestión territorial navarra se debatía entre el Estatuto de Estella y la reintegración foral plena.

Las elecciones de 1931, celebradas con arreglo a la ley Maura de 1907 con las modificaciones establecidas por el Gobierno Provisional de la República, habían fijado la provincia como circunscripción electoral. Navarra, con cinco candidatos (Aizpún y Gortari más Beunza y el conde Rodezno junto con el que luego sería lehendakari vasco, José Antonio Aguirre), se comprometió a constituir la coalición católica-fuerista para la defensa de la Iglesia, la plena reintegración foral y el Estatuto que Navarra apruebe (pág. 47).

La Minoría Vasco Navarra quedó constituida en las Cortes Republicanas el 28 de junio de 1931 con 14 diputados que participaron con ardor en el debate de la cuestión religiosa, en especial en la enmienda que colaron republicanos y socialistas para expulsar a los jesuitas, siendo en este punto brillante el libro de Arbeloa, pues tras la consulta del archivo del Dr. Luis Carreras concreta en el personaje de Francisco Romero Otazu ser la mano redactora de la enmienda (pág. 92), así como de otras incidencias como el asunto de la colleja a Leizaola -al que Azaña calificó como «pobre diablo», «fanático» y «entontecido» (nota 101 en pág. 164)-. También otras incidencias históricas fruto del examen de los diarios de sesiones de las Cortes Republicanas, donde salen a relucir, entre otras cuestiones, cómo el conde de Romanones, Alba y otros capitostes de la Restauración votaron a favor del art. 27 de la Constitución, aquel que, según Azaña, propició que «España había dejado de ser católica».

El libro pasa revista a toda la obra de la Minoría en las Cortes hasta su disolución. Desfilan los debates sobre la comisión gestora que sustituyó a la Diputación Foral de Navarra con el importante discurso de Rafael Aizpún seguido con atención por Azaña (pág.161 y ss), el esclarecimiento de la suspensión de periódicos católicos, en especial El Debate, de Herrera Oria (pág. 199 y ss), la narración de la violencia política en el País Vasco (1931-33), así como el episodio de la disolución de la Cª de Jesús (con novedades para los estudiosos, pág. 350 y ss) y el interesantísimo debate sobre el Estatuto catalán, que dio al traste con la Minoría Vasco Navarra, tras el revés sufrido en la asamblea de 19 de junio de 1932, en la que Navarra decidió separase del proyecto común vasco-navarro.

Libro apasionante, escrito en una prosa tersa y limpia. Nuestros políticos deberían reparar en ella, ahora que se habla de «frentes comunes» sobre la defensa del convenio económico y quién sabe si del estatus político de Navarra. ¡Buen aviso para navegantes!



Hay una muy buena forma de denominar a un frente en el que confluyan vascos y navarros: nabarro.

Pero bueno, se nota el nerviosismo en el campo navarrico, tan acostumbrado a marchar al ritmo que se impone desde Madrid.

El texto anterior es epítome de ello pues para demostrar que vascos y navarros son cosas diferentes se recurre a una visión sesgada de la historia, al más puro revisionismo de un mero capítulo en la larga saga del pueblo vasco y su reino, Nabarra.

¿Que opinamos con respecto a que Nafarroa, Gipuzkoa, Araba y Bizkaia unan sus caminos?

Pues que mejor, siempre debió haber sido así.



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