lunes, 11 de mayo de 2015

Recordando a Orson Welles

Con anterioridad ya hemos hecho referencia a Orson Welles y su estrecha relación con Euskal Herria. Resulta que en estos días se cumplirían 100 años de su nacimiento, así que le queremos compartir este reportaje publicado en Noticias de Álava:



La boina de Orson Welles

Su relación con el País Vasco fue muy intensa. El gran genio del cine, que hubiera cumplido 100 años el pasado miércoles, mostró interés por el euskera, estuvo en Donostia e Iruñea y rodó en los bosques vascos.

Alberto López Echevarrieta

En Hollywood le llaman a uno genio cuando está muerto o inútil. Los únicos que merecen ese título son Chaplin y Griffith”. Esta sentencia la dictó una de las personalidades más sobresalientes que tuvo el siglo pasado, Orson Welles, inolvidable creador de películas tan insuperables -el término no puede ser más exacto- como Ciudadano Kane considerada por muchos el mejor título de la historia, Sed de mal, La dama de Shanghai y Campanadas a medianoche, por sólo citar algunos títulos legendarios. Tuvo un talento privilegiado no sólo para el cine, sino también para la radio dirigiendo su Mercury Theater con el que puso en antena numerosas obras teatrales, siendo histórica su adaptación de La guerra de los mundos, de Wells, con la que hizo temblar de costa a costa a los ciudadanos de Estados Unidos haciéndoles creer que los marcianos habían aterrizado en Norteamérica.

Shakespeare sin secretos

Orson Welles hubiera cumplido ahora cien años y a buen seguro que su centenario lo hubiese celebrado con la filosofía propia de quien amó la vida y supo sacarle el mayor provecho. Para Barbara Leaming, su biógrafa, el secreto radicaba en la formación que le dieron sus padres. Nacido el 6 de mayo de 1915 en Kenosha (Wisconsin), Orson fue un niño prodigio al que sus progenitores, un medio inventor y una pianista, le aficionaron al teatro hasta el punto de que, con temprana edad, conocía perfectamente a Shakespeare. Pronto se convirtió en un animal de escena, con una capacidad para el desarrollo de técnicas teatrales fuera de lo común, sobre todo en un adolescente. A los 13 años dirigía su propia compañía de teatro asombrando al público con sus montajes de obras del inmortal autor británico.

Cinco años más tarde descubrió Sevilla tras una estancia en Marruecos en un viaje que le sirvió para conocer escenarios con destino a las novelas que escribía. Hemingway le contagió la fiebre por los toros, llegando a dar algunos capotazos en tientas de amigos ganaderos. La experiencia vivida fue de tal alcance que tres años después, cuando estalló la guerra civil española, Orson se implicó en ella utilizando la radio que tan bien manejaba para concienciar al pueblo norteamericano apelando a su sensibilidad democrática para que se solidarizara de alguna forma.

Gracias a sus programas de la serie El tiempo marcha en los que recreaba el horror de aquella contienda muchos intelectuales afines tomaron partido por la república, mientras los más jóvenes ingresaron en las Brigadas Internacionales. “La guerra civil española fue la tragedia decisiva en la vida de cualquier persona de mi edad. Es difícil explicárselo a alguien más joven, pero así es”, fue su opinión posterior.

Welles y Franco

En un programa emitido en 1938, Orson Welles, aludiendo a destrucciones como la de Gernika, advirtió a sus oyentes: “Hay asesinos que disfrutan arrojando bombas a personas indefensas. Tardarán mucho tiempo en recobrar la cordura. Se han inventado nuevas religiones que niegan nuestra fe en la dignidad del ser humano. Nuevas religiones que nos quieren hacer creer que el destino del hombre es vivir y actuar bajo un domador supremo, como animales de circo”.

Su estremecedora voz fue solicitada por Joris Ivens para hacer la locución del texto que había escrito Ernest Hemingway para su documental Tierra de España en el que se ensalza la figura de Pasionaria, “todo el carácter de la nueva mujer española”, según el guión. La narración de Welles no acabó de gustar a Ivens, quien definitivamente lo dejó con la propia voz del guionista, pero no destruyó la del enigmático Tercer hombre que aún se conserva.

La tendencia de Orson Welles por la causa republicana española quedó también de manifiesto en una de sus películas más significativas, La dama de Shanghai, de la que fue director, protagonista y guionista. En ella, confiesa haber sido antiguo combatiente de las Brigadas Internacionales, que mató a un hombre en Murcia por ser espía de Franco: “Había guerra en aquellos momentos”. Un fascista que le escucha le pregunta si le gustaría matar a otro, a lo que él responde: “Lo haría si también fuera espía de Franco”. Claro que esto es lo que se escucha en la versión original, porque la censura española cambió el texto omitiendo toda referencia a España y situando la acción nada menos que en Trípoli.

Welles en tierra vasca

Su relación con el País Vasco fue muy intensa. Una de sus experiencias más interesantes la tuvo cuando participó en una serie de reportajes para la productora británica Associated Rediffusion de Londres, para la que realizó en 1956 la serie Carnets de viaje que le permitió recorrer diferentes puntos geográficos dando a conocer las características propias de cada lugar. Dedicó dos capítulos al País Vasco, The Basque Country y Pelota vasca, en los que se aprecia la emoción que le causa descubrir un mundo nuevo y su pasión por el juego de la pelota, con una amplia dedicación al mismo en los dos reportajes.

El rodaje lo llevó a cabo en el Pirineo navarro, a la otra parte de la muga, con el siguiente encabezamiento: “Me llamo Orson Welles. Hoy mi cámara se va a pasear por un rincón de Europa un poco aislado y no muy conocido, el País Vasco”. Su oronda personalidad se deja ver en un lugar donde se aprecia el escudo de Navarra y un letrero marcando la distancia a Iruñea, 81 kms.

“He instalado mi cámara en la frontera internacional - continúa diciendo- . De un lado el viejo Reino de Navarra y de otro, donde los Bajos Pirineos descienden hacia el mar. Es Francia. La frontera está muy vigilada. Desde la guerra de España ha estado cerrada como un pequeño telón de acero. Todo, al menos en teoría, porque para los habitantes, así sea en guerra o en paz, la frontera ha sido siempre más una teoría que una realidad a pesar de la vigilancia de aduaneros franceses y españoles”.

Mientras la cámara recoge imágenes de un pueblo, Welles expone sus propias teorías: “Los habitantes no son ni franceses ni españoles. Son vascos a pesar de que todas las repúblicas o los reinos no lo han olvidado. Y los vascos son lo que son (…) No se conocen sus ancestros. Aquí se insinúa que Adán y Eva eran vascos. Su estatuto se parece al del indio de América: Es un aborigen”.

Fascinación por la boina

El autor de Ciudadano Kane introduce en el reportaje elementos característicos de nuestro pueblo, como un frontón de pelota y el irrintzi. Hay una clara alusión al euskera: “Habla una lengua extraña. Ningún experto conoce su origen. En una mitad del País Vasco, la del general Franco, esta lengua está prohibida. Hablarla es una traición”. Orson justifica el irrintzi que se deja oír diciendo: “Lo que nosotros escuchamos no es una conversación en vasco, ni un grito de guerra. Es una llamada o señal cantada en Francia hacia España destinada a las palomas”.

Welles se refiere a las palomas de Etxalar y su singular sistema de atraparlas. “Estas palomas vuelan sobre el camino de los contrabandistas. Cada día un millar de contrabandistas pasan la frontera. Ignoro cuántas palomas hay, pero sé que aquí el contrabando es una industria, salvo en la época de las palomas”. Al parecer, todo este trasiego de material de un lado a otro de la frontera subyugó al cineasta porque insiste en el tema: “Los vascos de las dos partes colaboran en perfecta armonía y en toda la ilegalidad”.

Hace una mención al papel que jugaron los vascos en la pesca de la ballena, tal vez rememorando su papel de predicador en la película Moby Dick, y fija su atención en un elemento vasco característico que ya utilizó en sus años mozos, la boina. “Cada vasco reinventa la boina que lleva - dice-, y algunos la llevan de una manera muy personal inclinándola a un lado”.

En un pueblo de la alta montaña “donde no hablan más que vasco” recoge las impresiones de un lugareño que trabajó veintitrés años en Montrose (Colorado, Estados Unidos). La conversación entre ambos es fluida y cordial. Orson le felicita por su dominio del inglés, francés y euskera. “Las gentes ignoran que los vascos son excelentes pastores. Son muy solicitados en todo el mundo. Muchos países tienen cupos para los vascos, sobre todo Estados Unidos”, señala confirmando la labor que el entrevistado realizó en América.

La dificultad del euskera

El vasco le confiesa que echa de menos lo que tenía en Colorado, pero lo compensa viviendo en su país donde ahora tiene su propio rebaño. Le presenta a su esposa y el cineasta se interesa por el euskera. Les pregunta si hablan este idioma y ante su afirmación, Welles les dice: “Me gustaría poder hablarlo. Es difícil de aprenderlo”.

La pasión por Shakespeare que sintió Orson desde niño se tradujo en el gran número de versiones que realizó tanto para la radio como para el cine. Una de ellas, tal vez la más notable, Campanadas a medianoche (1965), la rodó al norte de Navarra. Corazas y armas cortas de época se cruzaron entre las brumas de nuestros bosques para integrar una de las mejores adaptaciones que jamás se han hecho de Fasltaff.

Orson Welles tuvo una íntima relación con la Iruñea de los sanfermines, en donde hizo grandes amigos siguiendo la estela creada por Hemingway con quien siempre guardó una curiosa semejanza. En 1973, cuando vino al Festival de Cine de Donostia para exhibir, que no concursar, F for fake / Fraude, le dijo al director del certamen, Miguel Echarri, que antes tenía que pasar por Iruñea para hacer unas cuantas visitas de amistad. Le acompañaban su musa, la actriz yugoslava Oja Kodar, y el pintor Elmyr D’Hory con gran implicación en la película. El 19 de setiembre llegaron los tres a Irún en un tren procedente de París para continuar viaje a la capital navarra donde pasaron dos días.

La presencia de Orson Welles en Donostia es una de las más gratas que recordamos quienes hemos seguido la marcha del Zinemaldia durante muchos años. Su voluminosa personalidad se hacía patente sobre todo en los lugares de buen yantar. La rueda de prensa que concedió fue histórica. Aún le recordamos trajeado de negro, con bastón y con ese enorme puro que siempre llevaba en la boca: “El hombre no puede escapar a su destino que es crear y eso en el arte más puro que es el popular. Hay tanto arte en el campesino que toca un instrumento de madera que ha construido él mismo como en los graffitis que aparecen en las paredes”, dijo.

Tampoco olvido su entrada triunfal en el Victoria Eugenia del brazo de Fernando Rey. Fue el domingo 23 de setiembre. Cuando su oronda figura asomó a uno de los palcos todo el teatro se puso en pie, le ovacionó y le lanzó “bravos”. Se reconocía así a un genio que nos dejó el 10 de octubre de 1985. Murió de un ataque cardiaco en Los Ángeles, pero sus restos descansan en el fondo de un pozo andaluz al que, desde entonces, se le llama popularmente el pozo de la ciencia.





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