viernes, 22 de mayo de 2015

Los Fiordos de Julia y Amaia

El vínculo entre la otrora colonia europea danesa de nombre Islandia y una Euskal Herria aún ocupada por París y Madrid, se ha estrechado mucho este año, y como la vida imita al arte, los hechos son el eje central de una nueva novela.

Aquí la reseña publicada en Vozpópuli:

 

Ni Ahab, ni Marlow... El héroe marino de Julia Montejo es mujer y vasca

La escritora Julia Montejo narra en las páginas de la novela 'Lo que tengo que contarte' (Lumen) la matanza de 32 balleneros vascos en Hólmavik, en los fiordos islandeses en el siglo XVII. La publicación del libro coincidió con la derogación de la ley que permitió a los islandeses matar a los vascos durante más de 300 años.

Karina Sainz Borgo

Ésta es una historia sólo como aquellas que ocurren en el mar: brutal, áspera, ciclópea. Pasó en Islandia hace ya tres siglos y sin embargo no fue hasta el pasado 22 de abril cuando el motivo que la originó llegó a su fin. Porque, aunque sorprenda, hasta hace apenas unos días, en Islandia estaba permitido matar vascos. Todo comenzó en el siglo XVII, cuando los habitantes de la zona de los fiordos persiguieron y mataron a 32 balleneros vascos que habían naufragado.

Y acaso porque la ficción se alimenta de los peores naufragios, Julia Montejo se ha valido de esta historia para componer 'Lo que tengo que contarte' (Lumen), una novela que da cuenta de la muerte de estos 32 marineros, y que además tuvo la rara fortuna de coincidir en su publicación con la ceremonia simbólica de reconciliación entre los habitantes del pueblo de Hólmavik y los descendientes de estos marineros vascos que perdieron la vida.

Tras terminar una campaña de pesca, una tripulación que volvía a sus tierras de origen, Guipúzcoa y San Juan de Luz, quedó atrapada en los fiordos. Sin embargo, la mala fortuna los alcanza cuando el gobernador de Islandia Ari Magnússon, ordena la matanza de los vascos sin juzgarlos. "No era por lo que habían hecho, sino por lo que podrían hacer. En realidad, era una simple cuestión de estrategia. Al gobernador le interesaba estar bajo el mandato del rey de Dinamarca, que había autorizado expresamente el uso de la violencia frente a quienes pusieran en peligro su monopolio mercantil", explica Montejo para dar sentido a la historia que pone en marcha 'Lo que tengo que contarte'.

A diferencia de las historias que ocurren en el mar –'Moby Dick', 'El Leviatán', 'Tener y no tener', 'El corazón de las Tinieblas' o 'La Línea de sombra'-, lo que tengo que contarte no está protagonizada ni contada por hombres. No, Montejo elige a una mujer: Amaia, un personaje que, disfrazada de hombre, presencia el naufragio de 1615. Ella forma parte del grupo de pescadores que sobrevivieron e hicieron un pacto de silencio antes de volver a su tierra. Gracias a los dobleces de la ficción, Amaia viaja en el tiempo hasta el siglo XXI. Será justamente ella quien transmita la historia a Asier, un hombre joven que busca una buena historia para escribir.

Como un oleaje, la novela se revuelve. Y su fuerza proviene, justamente, de las corrientes que se mueven bajo la historia original. Asier, aquel que tendrá que dar forma al relato, comienza buscando sólo una anécdota y consigue una potentísima historia que llega a obsesionarle. Sin embargo, quien realmente empuja la narración es Amaia, una mujer que para ser visible tuvo que asumir la apariencia de un hombre, embarcarse en un ballenero y plantar cara a la muerte como se planta cara al mar: con la piel curtida de los que arriesgan todo.

Asegura Julia Montijo que la memoria, que incluso la línea que separa la ficción de la locura, son las protagonistas de esta historia. Pero no: es la vida, la vida que empuja como una fuerza de la naturaleza a través de la figura de este personaje. “Quise reivindicar la figura de la mujer a lo largo del tiempo: en el siglo XVI no tenía dignidad y para conseguirla tiene que convertirse en un hombre, y embarcarse, en el siglo XVII en un barco ballenero”. Y quienes se hayan hecho a la mar o la conozcan al menos en la voz de Ismael a bordo del Pequod, podrán imaginar cuán dura debía ser la vida de un barco ballenero.






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