domingo, 17 de mayo de 2015

José Luis Molinuevo

Miren nada más este dato que nos aportan desde El Mundo.

Con toda justeza, se los compartimos bajo la etiqueta Kurlansky Arzalluz:


José Luis Molinuevo, jugador del Athletic, encabezó el desfile de los republicanos españoles en la liberación de Perpiñán

Jon Rivas

Una caja de medicamentos abandonada entre otros enseres, en el domicilio de Annie Lordat, sobrina del fotógrafo Auguste Chauvin. Alguien, hace unos meses, escudriñó allí, buscando quién sabe qué, y se encontró varios carretes de fotografías, y en los negativos, la sorpresa: 148 instantáneas de la liberación de la ciudad francesa de Perpiñán tomadas por su tío reportero durante el mes de agosto de 1944, cuando la Resistencia y el maquis recibieron la orden cifrada de no esperar más y tomar la ciudad, que desde 1942 permanecía en manos alemanas. El 18 de agosto, el último camión que escapaba, fue neutralizado y los soldados de la Wehrmacht que viajaban en él fueron hechos prisioneros.

Apenas unos días después, el 27 de agosto, la ciudad organizó un desfile de la victoria. Muchas de las fotos de Chauvin pertenecen a ese día, y entre ellas, la de un joven fuerte y alto, en cabeza de un grupo de ex combatientes: un bilbaino, que antes de la Guerra Civil española había competido con Blasco e Ispizua para conseguir el puesto de portero en el Athletic. Se llamaba José Luis Molinuevo. Había nacido en Deusto, en 1917.

Pertenecía a una generación perdida de jugadores rojiblancos. Llegó al Athletic al mismo tiempo que Ángel Zubieta: el centrocampista con 16 años; el guardameta, con 18. Molinuevo no disputó ningún partido aquella temporada, Zubieta casi todos. Luego sería una estrella en San Lorenzo de Almagro. El equipo bilbaino, de la mano de mister Garbutt -que tuvo que escapar de la I Guerra Mundial, de la Guerra Civil española y de la II Guerra Mundial-, ganó la Liga.

En los archivos del club no figura Molinuevo antes de la contienda, pero sí aparece su nombre en los periódicos de la época. Una entrevista en el diario deportivo Excelsius, con José María Ormaechea, directivo del Athletic, el 20 de septiembre de 1935, desvela los nuevos fichajes para la temporada: «La lista es bastante larga y contiene los siguientes nombres: guardameta, Molinuevo, procedente del Cantabria; zaguero, Mieza, del Irrintzi de Baracaldo, Zubieta, medio que ya jugó algún partido en la temporada anterior, Emilio delSantuchu; Edmundo Suárez, Mundo, de la Deportiva Lejona; Bergareche del Deportivo de Guecho, Valle, probado la temporada anterior y Urra, interior izquierda del Santurce», apuntaba el dirigente del club de San Mamés.

«Mi padre era muy joven cuando llegó al Athletic», afirma José Luis, el hijo, que nació en Bilbao y reside actualmente en Gijón, la tierra de su madre. «La Guerra Civil le partió la carrera. Se alistó en el ejército republicano, porque él siempre fue de izquierdas. Cuando los nacionales tomaron Bilbao, a mi padre le cogieron prisionero en Cantabria y fue recluído en el penal de El Dueso». Su hermano, Gabino, tuvo que luchar en el bando nacional porque la guerra le cogió en su zona».

Pero las circunstancias dieron un giro brutal. «Como era alto -medía 1,80, mucho para la época-, fuerte, y además futbolista del Athletic, los requetés le obligaron a cambiar de bando. Le querían para desfilar. Cuando pudo, desertó». Luchó en los montes de Burgos, y en los últimos meses de la guerra en Cataluña. «En la retirada del ejército se marchó a Francia por la Seo de Urgell y fue confinado en un campo de refugiados en Perpiñán, junto a miles de exiliados más».

Allí apareció, meses después, su madre, «una mujer de armas tomar», según José Luis. Cristina Martín, nacida en Burgos, era una modista muy conocida en Bilbao. Cuando tuvo noticias de que su hijo estaba en aquel campo, cruzó la frontera y se plantó ante las autoridades francesas. «No se sabe cómo, consiguió que a mi padre le soltaran y le concedieran una carta de trabajo».

Se convirtió en leñador. Durante un año trabajó talando árboles en los bosques del sur de Francia. «Decía que le había venido bien para fortalecer los dedos de las manos, en aquella época en la que los balones pesaban como piedras y los porteros jugaban con guantes de lana».

Para entonces ya había comenzado la II Guerra Mundial. La mitad de Francia estaba ocupada; la otra mitad era gobernada por el gobierno títere del mariscal Petain desde Vichy. Molinuevo era aún bastante joven y quería seguir jugando al fútbol. Gracias a sus antecedentes rojiblancos, fichó por el equipo amateur del Club Olympique Perpignanais. Allí jugó una temporada. En 1943 se trasladó unos pocos kilómetros para jugar en el SO Montpellierains.

«Como eran futbolistas y jugaban partidos en distintas ciudades, tenían más libertad de movimientos que el resto de los ciudadanos, sometidos a numerosos controles», apunta el hijo de Molinuevo. «Así que, discretamente, mi padre siguió manteniendo la actividad política que tuvo antes de la guerra. Tenía contacto con algunos españoles y colaboró como pudo con la Resistencia, haciendo de correo en muchas ocasiones. Y no sólo él, sino muchos futbolistas del equipo».

Por eso cuando Perpiñán fue liberada el 18 de agosto de 1944, José Luis Molinuevo formó en cabeza de los republicanos españoles. En palabras del historiador catalán Eric Forcada, «durante los primeros instantes de la liberación, las nuevas autoridades realizaron un sentido homenaje a la acción de los republicanos españoles». En Perpiñán, al contrario del desfile de la liberación de París, «los guerrilleros participaron conjuntamente con los ciudadanos franceses y las instituciones en los actos de celebración que se realizaron. Homenajeaban de esa manera la lucha de los republicanos españoles y catalanes contra el fascismo internacional, agradecían su acción dentro de la resistencia antinazi y al mismo tiempo les apoyaban en su lucha activa contra el régimen franquista».

Finalizada la II Guerra Mundial, Molinuevo no regresó a España. Pocos días después de los fastos de la liberación, recibió una oferta del Racing de París para enrolarse como profesional. La capital también era libre desde una semana después que Perpiñan. Cambió de escenario. «Allí, según contaba, vivió algunos de los años más felices de su vida. Conoció a personajes como Edith Piaf o Maurice Chevalier, y se ganaba la vida como futbolista». Su hijo José Luis lo rememora desde su domicilio de Gijón.

Jugó tres temporadas en el ya desaparecido Racing parisino. En la Liga francesa, el equipo no tuvo una actuación destacada, acabó octavo, pero llegó a la final de la Copa de Francia, después de eliminar al Girondins de Burdeos, en octavos, al Aragó Orleans en cuartos de final y al Niza en semifinales. El partido definitivo se jugó en el estadio de Colombes ante 49.983 espectadores que dejaron una recaudación de 2.340.370 francos. El rival era el Lille.

Molinuevo disputó aquella final y la ganó, junto a sus compañeros, por un contundente 3-0. Era el 6 de mayo de 1945, Jugó dos años más en el Racing, pero a pesar de que llegaron a ofrecerle la nacionalidad francesa para ocupar la portería de la selección bleu, José Luis añoraba Bilbao.

Tenía cuentas pendientes con un expediente abierto en la Causa General tras la Guerra Civil, según consta aún en los archivos oficiales, pero decidió regresar a casa. Tenía 29 años. El 24 de julio de 1947, el diario Marca informaba en su portada: «Molinuevo, portero del Racing de París, firmará por el Atlético de Bilbao», y apuntaba en la información que «está camino de Bilbao».

Sin embargo, ese trayecto fue largo. El 14 de agosto, el Diario Vasco informaba de que «Molinuevo llega hoy a España». La noticia la dio Paco Bueno, el boxeador hernaniarra, amigo íntimo del futbolista y fundador del bar del mismo nombre en la parte vieja de San Sebastián. Al día siguiente, el mismo diario entrevistaba al futbolista. A su lado, Paco Bueno, que el día anterior había vencido a al escocés Ken Shaw.

- ¿Algún impedimento en la frontera?

- Ninguno, gracias al Diario Vasco. La nota que publicaban ayer comunicando mi llegada me sirvió como el mejor pasaporte. Como ya habían leído vuestro periódico, todo fueron facilidades para mí. Mi entrada en España no ha podido ser mejor. Esto es algo grande. No encuentro palabras para expresar la emoción que siento. Casi me parece un sueño...

- ¿Y ahora?

- Descansaré unos días en Pasajes, en casa de mi hermano, y luego a Bilbao. Me encuentro en la misma situación que Irarragorri y he de reincorporame al Atlético. Y si mi club me necesita...

El descanso se alargó. Molinuevo volvió a Bilbao a finales de agosto para fichar por el Athletic, después de resolver todos sus asuntos legales. «Era de izquierdas, y sin embargo no tuvo problemas con las autoridades», recuerda su hijo. Debutó con la camiseta del Athletic en un partido oficial el 21 de septiembre, frente al Celta en Vigo, aunque ya había actuado algunos minutos en un amistoso en Lisboa. Su primer partido en San Mamés fue a la semana siguiente, en el derbi contra la Real, que venció 1-3 al Athletic. Ese día se hizo una foto junto con Emilio Aldecoa, un niño de la guerra que jugó en el Wolverhampton y en el Coventry, donde coincidió con otro vasco, José Bilbao, al que, a su regreso a Durango, su pueblo, le apodaron Coventry.

Molinuevo jugó tres temporadas en el Athletic. Luego se casó con una asturiana, Leonor Menéndez, y se sacó el título de entrenador. Dirigió al Basconia, el Orense, el Sporting, el Pontevedra, el Valladolid y el Ensidesa. En el equipo avilesino se encontró con los hermanos Castro. Jesús -portero-, que murió como un héroe, ahogado tras salvar a una familia, y Enrique. A este último le situó como delantero centro. Ya respondía al nombre de Quini, con el que triunfaría en el fútbol español. Luego, con sus recuerdos, se quedó a vivir en Gijón, donde murió el día de Nochebuena de 2002, después de una vida intensa, que sale a la luz de nuevo con los negativos encontrados en la caja de medicinas de madame Lordat.






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