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viernes, 23 de julio de 2004

Labastida | Libertad a los Presos Vascos

La voz de Horacio Labastida se alza una vez más en favor de los seis represaliados políticos vascos víctimas de un muy desaseado proceso de extradición.

Aquí traemos a ustedes su texto solidario publicado en La Jornada:


Libertad a los presos vascos

Horacio Labastida

El proceso de extradición que se sigue a seis vascos que desde junio de 2003 se hallan en el Reclusorio Norte del Distrito Federal, por instancias del gobierno español, es un conjunto de actos violatorios de los acuerdos y tratados vigentes y, muy principalmente, de los derechos humanos y la dignidad espiritual del hombre. Tengo en mis manos documentos que registran trámites y resoluciones del mencionado juicio, cuya lectura justifica muchas sospechas de que en todo esto hay infiltraciones políticas que buscan convertir a los vascos presos en cuerpos y almas aterrorizados por castigos brutales, con el objetivo de que confiesen delitos imaginarios y justificativos de persecuciones de quienes sólo buscan vivir en paz y entre ciudadanos respetables y nobles. El presente terrorismo de Estado contra los vascos está inspirado en el que puso en marcha Francisco Franco con métodos de la policía del pensamiento del Gran Hermano, imaginado por George Orwell en 1984, obra que exhibe el vandalismo totalitario antiguo, moderno y contemporáneo, ejemplificado por Atila y Gengis-Kan -en los siglos V y XII, respectivamente-, el nazi del siglo pasado y el que modelan ahora George W. Bush y sus altos burócratas en el gobierno washingtoniano, previsto en el llamado Proyecto para el nuevo siglo americano (Proyec for the New American Century), que actualmente juzga el Tribunal de Bruselas.

El absolutismo totalitario que agobia a la sociedad a través de los siglos fue alimento de la dictadura de Francisco Franco (1939-1975) y del falso gobierno democrático de José María Aznar y su Partido Popular, recientemente hecho añicos por los votos favorables al Partido Socialista Obrero Español y su candidato, José Luis Rodríguez Zapatero. Recordamos estos hechos por su indudable entrelazamiento con el drama que atormenta a Euskadi. Hace no pocos años pasé unas tres semanas en Vitoria, Alava, y en mis conversaciones pude advertir el enorme fuego que consume e incendia los ánimos vascos, muy divididos entre sentimientos autonómicos e independentistas, unos y otros sin duda sustanciados en una cultura secular, original y enraizada profundamente y por igual en los territorios de Alava, Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra, riquísimos en variada minería, industrias y regiones agrícolas hartas. Desde el punto de vista económico, el País Vasco ha representado y representa una zona que da abundancia a sus elites locales y a las generales de la república, aspecto muy significativo en los debates entre autonomismo, independencia y centralismo. Las cosas son viejas y nuevas. Una vez que el régimen foral de los territorios vascos fue sometido a la abolición entroncada en las leyes de octubre de 1839 y julio de 1876, animadas por el absolutismo real español, a partir del siglo XIX hasta la Segunda República se realizan esfuerzos por institucionalizar las regiones históricas y solucionar los problemas creados por la supresión de los fueros tradicionales y las tendencias unificadoras. No son pocos los esfuerzos hechos sobre el particular -proyectos de Maura y Canalejas, entre otros-, sin resultados positivos, incluidos los estatutos autonómicos de la Segunda República connotados en los proyectos de 1931, 1933 y 1936, que buscaron armonizar por medio de acuerdos económicos y políticos las conveniencias del País Vasco al lado de las republicanas. A pesar de la vigencia que tuvo el estatuto de 1936, el levantamiento de Franco en Marruecos (1936) y los tres años de guerra que siguieron anularon su aplicación real en las zonas vascongadas. El triunfo de Franco derogó las esperanzas autonomistas y persiguió el independentismo, en forma bestial y sin límites, por la vía del terrorismo de Estado contra las libertades de los vascos, y este vergonzoso autoritarismo repetiríase aún con más perversidad en el gobierno del citado Aznar. No sólo la nueva policía del pensamiento persiguió la disidencia vasca interior; aún más, la extendió al extranjero al propiciar la disolución por vía tramposa de los derechos de asilo y de los posibles extraditados.

Ahora anotemos conclusiones inevitables. El jurista Samuel del Villar describió con exactitud (La Jornada, números 7148 y 7149) las ostensibles violaciones cometidas en el procedimiento extraditatorio de los vascos presos en el Reclusorio Norte, y el constitucionalista Ignacio Burgoa (La Jornada, número 7149) abundó sobre dicha ilegalidad. Una y otra evaluaciones, pienso yo, enuncian efectos del subsuelo político que he descrito en este articulo, y entonces no queda más que exigir la inmediata libertad de los vascos, y en su caso esperar que la Secretaría de Relaciones Exteriores niegue la extradición solicitada por el insistente y altanero juez español Baltasar Garzón. Gravemos en nuestra memoria la frase que luce en todos los teatros de la libertad del mundo: "Nunca triunfan los rapaces e infidentes dictadores". 




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