martes, 5 de abril de 2016

Entrevista a Josefia Lamberto

En este blog le hemos dedicado algunas publicaciones a la memoria de Maravillas Lamberto. Nos parece uno de los crímenes franquistas que mejor definen al franquismo de ayer y hoy, es por eso que les compartimos esta entrevista a su hermana Josefina publicada en el blog Zenezake:


Josefina tiene 85 años de edad. Los ojos que esconde detrás de sus gafas parecen los de un pajarillo. Son dos puntos vivos y nerviosos dentro de un cuerpo avejentado. Ella es la hermana de Maravillas, aquella niña de Larraga (Navarra) que fue arrancada de su casa junto a su padre, para después ser violada y asesinada durante el sangriento agosto de 1936. Su caso ha sido incorporado a la querella argentina contra los crímenes del franquismo. La vida de Josefina es digna de un guión cinematográfico. Tras los duros sucesos de su infancia, a los 21 años decidió vestir los hábitos de monja contra la opinión de su madre. La destinaron a Pakistán, ‘a trabajar como una esclava’. No tuvo tiempo de alcanzar a ver a su madre con vida. Llegó a Pamplona a los tres días de su defunción. Entonces comenzó su búsqueda. Las monjas no vieron con buenos ojos que esta menuda hermana investigara sobre el paradero de sus padre y su hermana, y la trasladaron a Madrid. Cuando contaba 67 años de edad, tomó la decisión de dejar la orden y escapar del convento. Había perdido la fe: ‘Si quieres dar amor para fuera, primero tiene que haber amor dentro, y ahí no había amor’. Regresó a Pamplona y ahora vive en la Casa Misericordia. Sus días transcurren entre sus trabajos en la lavandería del asilo, su colaboración en el comedor social Paris 365, y su acompañamiento a un joven desamparado. Confiesa que nunca se ha sentido tan feliz.

-¿Qué sentiste cuando el parlamento navarro aprobó a finales de 2013 la Ley de Reconocimiento y Reparación de las víctimas de la Guerra Civil?

Me puse contenta, pero no del todo, porque no he podido encontrar a mi padre. Ahora que nos dan esa ley, no lo puedo encontrar. Hace poco estuvimos en Ibiricu de Yerri, en la pieza que se supone que estaría su cuerpo. Revolvieron toda la pieza y no se pudo encontrar. Dicen que en ese lugar se hicieron muchas parcelaciones. Escarbaron y no se encontró nada.

-Citando la Ley de la Memoria Histórica, un portavoz del Partido Popular insinuó que las familias se acuerdan de sus abuelos para recibir subvenciones.

Yo, si encontrara a mi padre, sentiría una alegría enorme, por lo menos no seguiría tirado allí, como basura. Quienes dicen que removemos el pasado son unos chacales. Buscan ocultar sus vergüenzas, porque lo que nos hicieron no es poco grande. A nosotros nos quitaron al padre, a la hermana, las tierras, una yegua maravillosa que les hizo ricos a quienes se la llevaron.

En todos los libros de texto debería aparecer que hicieron estos criminales. Ahora mismo, en el Parlamento de Navarra, su gente cercana lo niega todo, cuando saben que ellos fueron los culpables. Que nos digan en dónde están nuestros muertos, o que nos paguen lo que cuesta mover una pala excavadora…

-¿Qué opina de que en Argentina se quiera juzgar a algunos responsables de las matanzas de la Guerra Civil?

Yo creo que estaría muy bien que los juzgaran. Ahora bien, Felipe González tuvo mucha culpa en esto, porque podía haber juzgado a la gente que todavía vivía, porque el tenía la mayoría. Yo, por ejemplo, solía ir al club de Jubilados Leyre, y ahí me dijeron que había uno de Larraga. Un día estaba yo leyendo el periódico y se me acercó. Le pregunté si era de Larraga y me contestó ‘no’ al momento. Claro, era un matón y no quería que se le descubriese. A ese por ejemplo lo podían haber juzgado, y ahora se ha muerto y se ha ido de rositas.

-¿Qué recuerdo guarda de Larraga en la época que asesinaron a su hermana y a su padre?

Larraga era grande, y pobre. Tendría unos 2.500 habitantes, ahora creo que son menos. Los hombres se presentaban en la plaza del pueblo como jornaleros para que les dieran trabajo. Casi todo el mundo se dedicaba a la agricultura. Mi hermana Pilar, con menos de 10 años, ya se iba a escardar. Éramos pobres, sí, pero no nos faltaba de nada. Teníamos el cerdo para todo el año, gallinas, conejos, no nos faltaba de nada, ni tampoco nos sobraba.

-Cuando comenzó la guerra, su padre estaba afiliado a la UGT. ¿Era un socialista convencido, ideologizado?

No. Mi padre no estaba metido en nada. Nosotras íbamos a misa y a comulgar, e hicimos la Primera Comunión. Todavía me acuerdo que la hice con el vestido prestado y unos zapatos de goma negros. Eso que me preguntas lo debería responder él, pero creo que estaba afiliado a la UGT porque era un obrero, y porque los obreros se afiliaban a ese partido, por nada más. Mi padre no nos quitó nunca de ir a la iglesia. Y los curas fueron los peores, porque decían que había que matar a este, a aquel, y nada más. Los ricos y la iglesia compartían el poder.

-¿Y cómo recuerda lo que sucedió cuando contaba con tan sólo 7 años de edad?

Lo recuerdo todo, mi chico, fue muy duro. A las 2 de la mañana llamaron a la puerta de la calle, amenazando con tirarla si no la abríamos. Entonces, mi madre bajó, abrió la puerta, y ellos subieron con la metralleta en la mano e hicieron vestirse a mi padre. La habitación tenía dos celdas, en una dormían mis padres, y en la otra nosotras. Mi hermana Maravillas, que ya tenía 14 años y estaba más informada de lo que pasaba en el pueblo, les dijo ‘¡Quiero saber lo que le hacen a mi padre!’, y ellos le respondieron: ‘Pues vente’. Se la subieron a la Secretaría y de ahí salió con todas las ropas rotas, le hicieron todas las perrerías que quisieron.

Se los llevaron bien pronto, porque a la mañana temprano nuestra madre nos dijo ‘Hala, llevad el desayuno al padre, que está en la cárcel’. Y fuimos y ya no estaban. Se los habían llevado a matar por ahí. El cadáver de mi hermana lo encontraron unos agricultores en una arboleda comido por los perros. Tuvieron que matar a los perros y a ella quemarla con la gasolina de la trilladora.

-Después de estos hechos, su madre se quedó sola. ¿Le ayudó la gente del pueblo?

Nada. Mi madre se quedó marcada. Creo que ya no se curó en toda su vida. Porque eso de que te maten al marido, y a tu hija, y que nos quiten todo, y que encima la metan en la cárcel. El alcalde se puso las tierras a su nombre, y la yegua nos la quitaron. Parece que la estoy viendo, majísima, una yegua grande, con unas caderas tremendas. Mi padre había embargado las tierras y la casa para comprarla, pagó 500 pesetas.

-¿Por qué metieron en la cárcel a tu madre?

Mi madre le solía decir a la panadera: ‘Si te debo algo, llama a un veterinario, tasa la yegua, y coges lo que te debo, que no te debo nada’. Y tanto le incitó la otra a mi madre cuando estaba trillando el trigo, diciéndole que ese trigo le pertenecía, que mi madre la cogió de los pelos y la echó fuera de la era. Y entonces ella dio parte, y a mi madre la metieron en la cárcel. Estuvo tres días presa, y nosotras solicas. Nadie nos dio un trozo de pan. Comeríamos lo que había en las tinajas del granero: pimientos, aceitunas, guindillas… Pero allí no apareció nadie del pueblo.

Cuando mi madre salió de la cárcel, se puso a servir en la casa en donde había estado de soltera, porque su padre era capataz de los camineros, y le había tocado trabajar en Larraga. A mi madre, pues, la llevaron a casa de esos militares y se puso a servir. Y a nosotras nos dejó un año con una familia, cuya hija tenía síndrome de Down, y que la cuidaba mi hermana de 10 años. Y yo como todavía no valía para nada, me llevaban a la escuela y me acostaban en la buhardilla, sin luz, a oscuras.

-¿Esa familia que les acogió tuvo algo que ver con la violación de Maravillas?

Sí. Cuando mi madre estaba presa decía: ‘¡Abridme la ventana del calabozo, que yo me ahogo aquí!’. Y este señor, que se llamaba Julio, intervino para que la dejaran salir. Les dijo: ‘¿Es que no hemos hecho suficiente con esta familia?’. Este señor después murió en el frente de Fraga, quemado en un accidente de camión, y todo el mundo dijo que había sido un castigo de Dios.

-Y después de estar ese año en casa del violador de su hermana, su madre decide venirse a Pamplona.

Mi madre tuvo que estar pidiendo limosna. Después le salió un trabajo en Guerendiáin, en la calle Estafeta, cosiendo sacos de cemento. Y mi madre comenzó a levantarse a las cuatro de la mañana para poder ganar una pesetica más. Pero cuando vieron lo que ganaba, le prohibieron ir tan pronto a trabajar. Nosotras, las dos hermanas, íbamos al Asilo Social a comer y a cenar, pero mi madre cayó enferma, y nos echaron a la calle de la habitación que teníamos arrendada en la Bajada de Javier. Nos tuvimos que conformar con dormir en las escaleras.

-¿En qué se diferencia ese Asilo Social del Comedor Paris 365 en el que colabora actualmente?

Es como la noche al día. En el Asilo nos hacían cantar el Cara al Sol, y nos daban un trocito de pan con la comida. Me acuerdo como si fuera ayer. Como mi madre estaba malica, un día me guardé ese trocito para ella, pero las compañeras de la mesa se chivaron, y los encargados me pegaron con un palo en la mano. Ni siquiera me preguntaron por qué guardaba ese trozo de pan, porque mi madre estaba malica y no tenía nada de comer. Todavía lloro yo de aquello. Al París 365, sin embargo, voy encantada. No te puedes ni imaginar la satisfacción que me da hacer algo por los demás. A las 7 de la mañana voy a trabajar a la lavandería de aquí, y a las 9 y media me voy al comedor. Y así pasan mis días. Ahora es cuando más feliz soy de toda mi vida. Ahora que estoy desgastada, con mi espalda jorobada, soy feliz.

-Después de todas estas penurias, con 21 años de edad, decide ingresar en el convento. ¿Por qué tomó esa decisión?

Fue una locura. Se fueron unas amigas mías, y a mí me entró el gusanillo de que quería hacer el bien, que los niños no sufrieran lo que me había tocado a mí. Pero lo que menos tuve fueron niños en mis manos, siempre fui una esclava de las monjas. Me mandaron a Karachi, a Paquistán, en barco. Fue una época muy mala. Aquel clima es muy duro, y yo cogí enseguida las fiebres malarias, y todavía sufro de esa enfermedad porque no se cura nunca. También se me fastidió la espalda de tanto trabajar. No recibí ni siquiera una lección de inglés o de urdu. Fueron muy crueles conmigo.

-¿Y por qué se portaron así ?

Porque era pobre y no había llevado dinero. Estábamos divididas entre Madres y Hermanas. Las Madres vivían como señoritas, y las Hermanas como esclavas. Estábamos rodeados de musulmanes. Salimos vivas de milagro. En el convento teníamos un colegio y un orfelinato de niños abandonados, y había una hermana inglesa que daba clases de cuarto de bachiller. Un día en clase apareció un libro desojado, que era el Corán, y preguntó a las niñas si alguna lo quería. Las niñas se quedaron en silencio, y la Madre tiró el libro a la basura. Aquello fue increíble, casi nos matan a todas. Nos rompieron todos los cristales, nos rociaron la casa con gasolina para quemarnos dentro, y ella tuvo que salir a la noche siguiente para Inglaterra vestida con un burka, porque la querían matar.

-Y en ese tiempo, ¿Pudo ver a su madre?

No. Ya nunca volví a ver a mi madre viva. A última hora, cuando mi madre estaba muriéndose, me dieron permiso para salir del convento. Pero como se alargaron los trámites por el tema de los tratamientos médicos, ya llevaba tres días enterrada cuando llegué a Pamplona. Por irles a limpiar el culo a las monjas perdí el cariño de mi madre. Después de morir Franco empecé a buscar a mi padre, para saber en dónde estaba enterrado. Iba a dedo a todos los lugares. Y las monjas me destinaron a Madrid para quitarme de encima. A mediados de los 80, un militar, el general Salas Larrazábal, publicó en el Diario de Navarra un informe en el que decía que a mi hermana no la habían matado, que estaba desaparecida. Yo, con toda mi cara, escribí la verdad, cómo había sido, cómo la habían violado… Eso no les gustó a las monjas, que me dijeron que si me metían en la cárcel no iban a ir ni a sacarme.

-¿Cuál fue el desencandenante para dejar la orden?

En Madrid estuve 19 años. Me tenían para barrer y para fregar. Yo que quería estar con los pobres, estaba ahí como una esclava. En aquel entonces, mi hermana se separó, y se casó con un hombre porque no tenía ni para comer. Se fue a vivir a Benidorm, y a los dos años murió. Yo estuve cuidándola los últimos días, pero no duró nada, murió de cáncer de hígado. Entonces yo intenté traer a su segundo marido a Pamplona, porque si ayudo a los demás, ¿por qué no voy a ayudar a mis familiares? Pero no lo conseguí. Las monjas no me dejaron, y es más, le quitaron más de 300.000 pesetas del banco. Yo les escupí a la cara, y me dije ‘Josefina, hasta aquí has llegado’. Me salí de la orden con 67 años, pero no me importaba nada. ¿Que tenía que dormir en la calle? Pues a la calle me iría. Perdí la fe en todo, y lo primero en la iglesia, porque si quieres dar amor para fuera, primero tiene que haber amor dentro, y ahí no había amor.






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