martes, 5 de abril de 2016

Egaña | 40 Años de la Gran Evasión

No solo de pan vive el hombre, y si ayer se celebraban las 4 décadas de la creación de la Nueva Cocina Vasca, la que les compartimos a continuación sería la tercer ocasión en que se llega a un hito de 40 años en relación con Euskal Herria, esto es, si tomamos en cuenta el inicio de actividades de Gestoras Pro Amnistía, lo cual por cierto sería un claro indicador de la efervescencia que vivía la sociedad vasca tras la larga noche de la dictadura franquista.

Dicho lo anterior, resulta que hoy se conmemora la misma cantidad de años desde que un grupo de presos políticos vascos y catalanes se fugaran de la prisión franquista de Segovia.

Les invitamos a leer el texto al respecto de la autoría de Iñaki Egaña, mismo que ha compartido en su cuenta de Facebook:

Un día como hoy, hace ya cuatro décadas, 29 presos políticos (24 vascos y 5 catalanes) abandonaban, por un túnel que enlazaba con las cloacas del desagüe, la prisión de Segovia. En el interior de la prisión quedaban otros 24 presos políticos, para aparentar normalidad la mayoría, otros por razones particulares. Entre los vascos, había militantes de ETAm, ETApm y ETA Sexta, ya convertida en LCR. La dirección de la fuga, tanto interior como exterior, la llevaron los Polimilis. La fuga fue titulada por Le Monde en portada como “La Gran Evasión”.
Si la fuga es la obligación de todo preso, según el viejo adagio, la huida se había convertido en un objetivo político para ETApm, después de un análisis en el que contemplaba la aplicación restringida de la amnistía, es decir la concesión de indultos escalonados que no afectarían, incluso después de la muerte de Franco, a quienes tenían condenas más largas. Los 29 huidos de Segovia sumaban todos ellos más de 1.500 años de condena.
Un año antes de la Gran Evasión, los presos de Segovia ya habían protagonizado otro intento de fuga. Fracasó por la infiltración de El Lobo y provocó la muerte de uno de los miembros del comando de apoyo exterior, Josu Mujika, de 24 años natural de Legazpi, que acababa de comprar en Madrid una máquina plastificadora para los carnés falsos de los presos. Identificados por la Policía, comenzó a correr junto a sus compañeros. Recibió varios tiros por la espalda, mientras el resto consiguió huir.
Al poco tiempo del fracaso, sin embargo, el grupo de ETApm en la prisión, comenzó una nueva aventura, después de percibir que mientras tapaban el túnel descubierto, unos operarios de telefónica entraban en la prisión con grandes tubos para mejorar las instalaciones. El objetivo entonces despuntó: alcanzar desde los baños esos tubos y a través de ellos llegar al exterior.
La tarea comenzó en otoño de 1975. El final estaba previsto para febrero de 1976. Una tarea ingente. En unos pocos meses, sin medios para mediciones exactas, los protagonistas calcularon que desalojaron entre cinco y seis toneladas de tierra que, en bolsas pequeñas, eran arrojadas por un desagüe del patio.
Semejante movimiento no pasó desapercibido para las comunas políticas de la cárcel, anarquistas, comunistas, vascos y catalanes, al contrario que en la ocasión anterior cuando el secreto fue total. El 27 de febrero de 1976 el zulo ya estaba completamente terminado y para corroborarlo varios presos hicieron todo el recorrido saliendo incluso al exterior, para reintegrarse posteriormente a las celdas.
Entonces, la fecha exacta para la fuga quedó en manos de la dirección de ETApm. Pero llegó un imprevisto. Los presos políticos de ETA fueron castigados durante veinte días y aislados en sus propias celdas. El cuidado del zulo quedó a cargo de los presos de ETA Sexta. El comando exterior ya estaba preparado. Cuando concluyó el castigo, unos y otros pudieron retomar el contacto y así, los presos recibieron sus peticiones desde el exterior, una cuerda extensa y varias linternas. Y también la fecha de la fuga, el lunes 5 de abril. Estaba decidido que ETApm se haría cargo del plan exterior de la fuga, desplazando a parte de su infraestructura ilegal, que haría llegar a los presos hasta la muga navarra para pasarla en horas nocturnas. Por el camino se había quedado una propuesta de ETAm de alcanzar la costa guipuzcoana en un camión para pasar luego en barco a Lapurdi.
Las dos semanas previas fueron extremadamente intensas para los presos. A finales de marzo, la cárcel albergaba a 53 presos políticos. El número de presos elegido para huir, en asamblea, fue de 30. Como ETApm había dirigido el proyecto puso de condición la participación de sus miembros. Y del resto, hasta llegar a los 30, los de mayor condena por cumplir. De los 15 presos que componían la comuna de ETApm, 12 eligieron tomar parte en la fuga.
Unos días antes de la fuga llegaba un catalán a la prisión de Segovia, Oriol Soler, desde Barcelona. Un preso alejado de la vida política de las prisiones, con una única obsesión, la huida. La comuna decidió incorporarlo al plan, aunque él no conoció los detalles hasta unas horas antes de que comenzara. A su vez, dos presos de LCR recibieron de su dirección la orden de no secundar la fuga, por lo que el número final sería de 29.
En el exterior, los preparativos habían concluido. ETApm desplazó un comando de ilegales formado por Santi Arrozpide, Izaskun Rekalde, Miren Amilibia y Eduardo Lertxundi. También preparó un doble fondo en un camión de una empresa de transportes cuyo dueño colaboraba con la organización. El comando se hizo con los servicios de una furgoneta de transporte en Madrid, propiedad de un vasco que vivía en la capital de España. Se dirigieron con ella a Segovia y la aparcaron a unos cien metros de la salida de la prisión.
Faltaban diez minutos para las dos de la tarde de ese 5 de abril, cuando los 29 presos comenzaron a deslizarse por el túnel. En media hora, el grupo estaba fuera, sin que los funcionarios se percibieran de la huida. Corrieron esos cien metros que separaban el zulo de la furgoneta, ante la mirada atónita de un grupo de etnia romaní. Se apelotonaron en la furgoneta sin al día de hoy comprender cómo 29 personas y un chófer pudieron entrar en ella, aunque fuera únicamente para hacer varias decenas de kilómetros. Unos encima de otros, como sardinas.
Había anochecido cuando el camión llegó a Aurizberri, en Erro, ya cerca de la muga. Un día de perros, lluvia, oscuridad, niebla. Los ya ex presos, por razones operativas, apenas llevaban ropa, la justa. Una interpretación errónea de la llamada para confirmar el éxito de la operación, así como la inquietud generada entre los huidos que no esperaron a la segunda cita de seguridad, provocó que entre los fugados se hiciera mayoritaria la opción de alcanzar la muga. Nadie conocía el paraje, y la consigna fue “subir hacia arriba”. Al otro lado, Aldudes.
El medio, sin embargo, no era nada apropiado. En línea recta, la población bajonavarra más cercana era Urepel, a unos 15 kilómetros. De noche, con una niebla pegada al musgo de las hayas, los huidos se apiñaron, pero cuando comenzaron los primeros disparos de la Guardia Civil, al azar, el grupo se dispersó. Horas más tarde, la Guardia Civil se acercó hasta la posición de la mayoría y disparó desde la cercanía. Balas explosivas. Una de ellas atravesó el pecho de Oriol Solé que se encontraba junto a Izaskun Rekalde, una de los miembros del comando exterior. Falleció en el acto. Oriol tenía otro hermano preso, Raimon, y otros tres en el exilio: Ignacio, Jordi y Mariona.
La muerte del militante catalán, percibida por el resto del grupo, amilanó los espíritus. En las horas siguientes fueron detenidos sucesivamente 21 de los escapados de Segovia, junto a tres miembros del comando exterior. Hubo también dos huidos que resultaron heridos, Imanol Isasa, que perdería el brazo, y Mikel Unanue. Ambos de bala. El día 7 sería detenido en Itoiz, a más de 20 kilómetros de donde les había dejado en camión de la fuga, Iñaki Iturbe. Carmelo Garitanonaindia y Enrique Gesalaga sería detenidos en Ibañeta el día 8. El 17 del mismo mes fue detenido en Girona el dueño de la furgoneta utilizada, Melchor Fernández de Larriona, y unos días antes la Policía intentó detener en su vivienda de Donostia al dueño de la empresa de transportes. Al no poder hacerlo, retuvo durante 48 horas a tres de sus hijos, el menor de 15 años.
Cuatro de los evadidos, junto a Miren Amilibia del comando de apoyo, lograron su objetivo. Estuvieron una semana cobijados en un chalet cercano a Aurizberri de una urbanización de usuarios de fin de semana, hasta que llegó el hijo del dueño. Con su coche marcharon a Iruñea, para reaparecer días después en Ipar Euskal Herria. La Policía francesa les detuvo y deportó a la Isla de Yeu, de donde se volvieron a escapar meses más tarde.
Se trataba de Koldo Aizpurua, de Eibar con una condena de 27 años, Josu Muñoa de Donostia con 17 años de condena, Mikel Laskurain, de Andoain con 70 años de condena, y Carlos García Solé, militante del FAC (Front d´Alliberament de Catalunya).
La Guardia Civil en una medida desproporcionada y la Policía francesa, dispusieron de centenares de efectivos, decenas de vehículos y varios helicópteros. La Guardia Civil estableció su cuartel general en Auritz y más tarde en Iruñea, donde los detenidos del comando exterior denunciaron brutales torturas, entre ellas la aplicación de electrodos. La Gendarmería francesa se acantonó en Baigorri y desde ahí peinó Aldudes. La operación de búsqueda y captura fue dirigida por Juan Atares Peña, general de la Guardia Civil. Un general de conocida trayectoria franquista que fue muerto en atentado reivindicado por ETA en diciembre de 1985.
La Fuga de Segovia, a pesar de su fracaso con las expectativas que había puesta en ella, fue uno de los iconos de la Transición. Generó una película, dirigida por Imanol Uribe y varios libros, uno de cuyos autores, Ángel Amigo, fue uno de los integrantes de la huida. Como colofón señalar que de aquellos protagonistas, uno de ellos, perteneciente al comando exterior de apoyo a los fugados, se encuentra preso en la actualidad. Santi Arrozpide en la cárcel de Extremera.


Y vaya que si no se ha vengado con saña Madrid de Santi Arrozpide.






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