lunes, 3 de agosto de 2009

Mapa Colonial

Este texto ha sido publicado en Rebelión:

El mapa de Troya

Angel Rekalde

Mucho se ha escrito y comentado sobre el cambio de mapa meteorológico en la televisión vasca. Desde quienes esperaban un cuadro apocalíptico, que incluyera el imperio hispano y sus esencias, con el reino de Granada ganado a los moros, Gibraltar y la isla de Perejil, hasta quienes han saludado con alivio el nuevo marco, porque a la postre mantiene el criterio del ‘entorno’, y nos retrata con parte del Pirineo, Iparralde y lugares de veraneo más próximos.

Buena muestra de esta expectación y comentarios es el artículo de Pello Gerra en Zazpika (19-VII-2009), que saluda la infografía del tiempo con ironía y como expresión del “mapa del reyno” (así, en estilo arcaico), en recuerdo de Navarra. “Había que recurrir a los mapas medievales europeos -escribe Pello- para visualizar el conjunto del territorio que en su día conformó el viejo reino”.

El mapa de la ley

Sin rechazar esta perspectiva de Gerra, a la que no estamos acostumbrados, interesante por el repaso histórico que nos ofrece, iba a titular este escrito como ‘el mapa de la ley’. Porque, en efecto, lo que realmente nos meten por los ojos en ese gráfico, frente a la ilusión nacionalista de un pueblo vasco visualizado, ha sido el recordatorio de la ley. La ley, no lo olvidemos, es territorio; se aplica y actúa en un espacio delimitado; es jurisdicción territorial (“estoy fuera de mi jurisdicción”, dicen los sheriffs y los maderos en las películas cuando se saltan la frontera). Su efecto es la cartografía humana ordenada, segmentada, reglamentada por el poder y la autoridad. Y no olvidemos nunca, en la sentencia de Antonio Canovas, lo que ello conlleva: ‘al amigo el favor; al enemigo la ley’.

Como dicen Karl Meyer y Shareen Blair, “Todos los mapas son políticos, y tal vez pueda indicarse que todos los cartógrafos son políticos”. Lo que nos muestra día a día el nuevo mapa meteorológico no es la Gran Navarra que han querido ver algunos. El país ha desaparecido. El dibujo sobre el que se emplazan vientos, borrascas e isobaras es el de las fronteras que nos separan. Son los límites legales, oficiales, institucionales, que se nos han impuesto. Frente al pueblo que vive, trabaja y se reconoce en la comunidad, nos han plantado las mugas que nos vallan. Esos trazos nos dividen; nos desvertebran como nación y nos condenan a sobrevivir desgajados en distintas jurisdicciones ajenas.

Para desplazar el imaginario nacional vasco, incauto, despistado como él solo, nos han colocado el gráfico del imaginario oficial de los Estados, también nacionalista, pero mucho más sibilino. Tanto más instituido, más sólido, por cuanto dispone de escuelas que lo enseñan, medios de comunicación que lo reproducen a diario, policías que vigilan sus pasos, documentos notariales y de todo tipo que certifican la existencia de esos dominios, ilegalizaciones que funcionan en un lado y no en el otro, cámaras de comercio, colegios profesionales, ligas de fútbol, bonos ferroviarios, subvenciones, actos culturales, impuestos que pagamos y todo ese cúmulo de procedimientos cotidianos –segmentados por territorios- que construyen día a día realidad social e ideario.

De nuevo, según Karl Meyer y Shareen Blair, “los mapas son a la exploración lo que las escrituras a la teología: la fuente de autoridad para afirmar verdades que se entrevén a lo lejos”. La interpretación del mundo político emana de ellos. Y nosotros mirando a la Luna mientras nos birlan el billetero.

La guerra de Troya

Como digo, iba a titular este escrito como el mapa de la ley; pero siguiendo a Pello Gerra me viene a la memoria el origen de estas fronteras. No las pone el separatismo, en contra de la propaganda de muchos años, sino los grandes Estados, que nos parten la tierra entre España y Francia, que nos separan en comunidades forales y autónomas, en departamentos, provincias y condados. Y como afirma Pello Gerra, en esas fronteras interpuestas se dibujan las líneas de conquista de siglos; es el caso de Castilla Vetula y La Rioja en el siglo XI; la CAV en el año 1200; Treviño siguió un curso distinto; la Alta Navarra la invadieron en 1512-1530; no se ve la Baja Navarra porque la engulleron en 1620 y la asimilaron sin dejar huella...

Esas fronteras del mapa del tiempo, así, son las heridas de nuestra historia. En su parcelación retratan el recorrido de las derrotas que se nos han amontonado. En esas grietas se fragmentó, siglo a siglo, nuestra independencia. En ellas se detuvo en cada ocasión el ejército enemigo. Estas barreras frenaron por un tiempo las conquistas que al final acabaron con nosotros. Fueron las trincheras que en cada época resistieron.

Por eso veo ahí el país retratado en una interminable guerra de Troya, en un terreno en el que si excaváramos encontraríamos las cenizas de las nueves ciudades superpuestas. Una guerra disimulada, agazapada, que llega hasta nuestros días aunque se guarden las formas y los ejércitos se vistan de católicos, liberales, nacional-católicos o de defensa de la democracia.

El mapa del tiempo que hoy celebramos es el frío mapa del poder hispano (y francés). Lo tenemos tan impreso en nuestras mentes que ya no nos sorprendemos, que nos resulta invisible, que nos alegramos cuando lo vemos porque, en su naturalidad, ya no es ideología, ni silueta, ni nacionalismo. Es transparente para nuestra mirada de idiotas desmemoriados.

Por cierto, como hemos dicho muchas veces, no hablamos de historia; estamos en el presente, en la televisión pública y en la perspectiva simbólica de la autoridad que nos gobierna. En la política oficial. En la guerra de Troya que no descansa.


Para complementar la idea favor de leer la entrada "El borracho de Guayaquil" de Jesus Valencia en el blog "Berriak Egunkaria".

Se puede leer esta nota en portugués en el blog ASEH.






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