jueves, 23 de julio de 2009

Contra el Oleaje

Este comentario publicado en Gara va mano en mano con la entrada anterior:

Oihana Llorente | Periodista

Construyendo castillos de arena

Allanar la vivienda de una persona, realizar pintadas amenazantes contra ella, derramar líquido inflamable en la entrada y prenderle fuego es una suma de delitos que da un montante de más de diez años de prisión, y más aún si se tiene en consideración la circunstancia de que ha ocurrido en Euskal Herria, tal y como se tuvo a la hora de encerrar a la víctima de este ataque, a Zigor Goikoetxea. Sus autores no parecen, sin embargo, temer a la sombra de la represión ya que ni esperaron a que anocheciera ni a que abandonara la casa la única vecina que podía haber sido testigo de los hechos.

«Estás muerto». Eso fue lo que Zigor tuvo que leer después de permanecer casi un año en prisión por la denuncia y testimonio de una sola persona. Y no es un caso aislado, después de que sus identidades fueran arrancadas mediante espeluznantes torturas a sus compañeros para alargar una lista que pone los pelos de punta, algunos jóvenes navarros han tenido que ver sus nombres dentro de un punto de mira. Mientras que otros muchos se han sentido en él, cuando han notado pasos tras sus huellas o han llegado a ser secuestrados, como Juan Mari Mujika, Lander Fernandez y cómo olvidar a Jon Anza.

El terror paraliza, te sumerge en un estado de pesadumbre y te arrebata la ilusión por seguir. Y eso es exactamente lo que buscan tanto Rubalcaba como Ares, con algunas prohibiciones nuevas y otras recetas tan viejas, con este conflicto. Pero ni unas ni otras parecen causar efecto, porque cada foto que arrebatan se multiplica por diez y si lo que hacen es censurar la imagen de un prisionero, aparecen decenas de ciudadanos, como en Barakaldo, capaces de posar ante una cámara y dar la cara por ellos, por los que no están.

Inventarán nuevos medios para hacer daño y lo harán, pero no conseguirán parar la solidaridad. Porque ésta es como esos cientos de niños y niñas que pertrechados como palas y cubos defienden estos días las orillas de todas la playas de Euskal Herria que, aun sabiendo que contra el oleaje no tienen qué hacer, persisten construyendo castillos de arena.


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