lunes, 24 de diciembre de 2007

La Txapela

Aparte del saco con carbones la parte de la indumentaria que más distingue al Olentzero de el emisario de la Coca Cola de bermellón atuendo es la txapela, como reconocimiento a las festividades relacionadas con el solsticio de invierno comparto con ustedes este escrito aparecido en Gara:

Fermín Gongeta | Sociólogo

A pesar de todo o por todo, «urte berri on»

Había anochecido. Es algo que sucede a una hora muy temprana durante las tardes próximas al solsticio de invierno. Este año, el momento preciso ha sido el 22 de diciembre a las seis. Es la noche más larga. A partir de ese instante la luz ganará a la oscuridad. Al cabo de doce días, «idiak ere igarten dabe», hasta los bueyes notan que «los días» han alargado.

Había anochecido. Para salir de casa y enfrentarme a las bajas temperaturas me coloqué la txapela. Hacía tiempo que no la utilizaba.

En las tinieblas del portal, un niño, pequeño de no más de cuatro años, dijo a su madre: «¡Ama!, mira, ¡el Olentzero!» Nos reímos. Y, como si se tratara de mi momento equinoccial, me alegré de haberme encasquetado la txapela. Prefiero los mitos paganos a las mentiras católicas.

El reencuentro con la txapela, un hábito tan enraizado en mi adolescencia como desaparecido después, pudiera haberse convertido en una señal de identidad. Era agradable pensar que el crío había identificado la txapela de su vecino con la ancestral tradición euskaldun.

De vuelta a casa me puse a revisar viejas fotografías. Buscaba aquella en la que, hacía cincuenta años y con la txapela también calada, aparecía con Albino y Tanis frente a la estatua del Quijote y Sancho en la capital del reino. Era la presencia de Euskal Herria en Madrid junto a la sensación profunda de un reencuentro, la txapela. Los otros, la llaman boina vasca o béret basque.

Entre los recortes de noticias que guardo encuentro una, de esta primavera, firmada por Juan Pedro en Angers. Escribe sobre la detenciones de los «sin papeles», los emigrantes clandestinos y la necesidad de lucha. «Esta mayoría silenciosa y siempre anónima, debería hacerse más visible; por ejemplo: salir a la calle con una barra de pan bajo el brazo y una boina vasca... Estoy seguro que muchos de los antiguos tendrían cantidad de recuerdos nostálgicos bien reprimidos, que resurgirían del pasado.... La alternativa es clara, colaborar o resistir, no existe otra solución», concluye el pasaje.

El pequeño texto de Juan Pedro me impresiona porque manifiesta que, incluso en el siglo veintiuno, la utilización de la txapela mantiene la simbología de lo euskaldun y de su carácter luchador y oponente.

¡Pero que la historia es mucho más antigua!

Lise London en el primer tomo de su obra «la madeja del tiempo» nos describe la llegada de uno de los más grandes contingentes de las Brigadas Internacionales, los Combatientes de la Libertad, en defensa de República española. Salió a recibirles el jefe instructor André Marty, el héroe del Mar Negro. «Iba uniformado con una enorme boina vasca», al igual que el resto de los oficiales.

La txapela se convirtió en el símbolo de la resistencia y de las Brigadas Internacionales. Durante la ocupación alemana, la boina vasca diferenció al conjunto de los grupos militares clandestinos franceses hasta la liberación. La txapela estuvo presente junto al blindado Gernika, en la novena compañía de la División Leclerc cuando liberaron París.

Philippe Lançon la identifica con el independentismo vasco y con la txapela del internacionalismo del Che Guevara. También la utilizaron y lo hacen, fotógrafos, pintores y artistas en su tradición bohemia desestructurada e indolente.

La txapela no es una moda desaparecida. No es un simple apéndice que identifique a artistas fracasados o luchadores que han llegado tarde al combate.

Perico Solabarria es el fiel exponente del símbolo de la identidad y de su permanencia. El es simultáneamente su acción, su vida y su inseparable txapela.

Para celebrar el 45 aniversario de la Revolución Cubana, Fidel Castro pasó un pedido de 100.000 txapelas al tiempo que la figura del Che en actitud de colocársela atravesaba el planeta.

El hábito hace al monje y la toga al magistrado, como el uniforme a la Guardia Civil o al ertzaina, y la tiara al Papa, como el kippah al judío. Sin uniformes, seríamos más igualitarios, o lo seríamos totalmente. El hábito nos hace actuar de maneras concretas, que crean costumbres y las costumbres identidades. Esas identidades que constituyen el principio mismo de la diferenciación.

Por mi parte acepto plenamente los papeles que se me pueden adjudicar al calzar la txapela: desde el viejo, al separatista, al resistente, al solidario, al republicano, al guevarista, al fotógrafo bohemio, al aislado y conjurado antisocial; y al Olentzero.

Tal vez sea una forma original de manifestar y exhibir nuestra identidad en un mundo completamente estandarizado.

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