martes, 12 de junio de 2007

Carta de un Preso Libre

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Antonio Alvarez Solís

CARTA A ARNALDO OTEGI

Ante todo, valga de principio a este billete, que no sé si podrá leer, que cuando decidieron su encarcelamiento algo en mí quedó asimismo encarcelado. Creo que ha sido el espíritu. Posiblemente suene a retórica hablar del espíritu, ya que se trata de hálito secretísimo y enigmático que sólo se revela cuando es sometido a violencia. En esos casos el espíritu se hace patente merced al dolor que siente. Y sobre ese espíritu, con usted abruptamente encarcelado, he elaborado algunas razones que merecen, creo, ver la luz para combatir en lo posible la lógica desazón que nos lacera a quienes tenemos el sentido inalienable y profundo de la libertad.

Le han encarcelado a usted por firmar en papel público una serie de consideraciones que conforman la estructura de su ideario o la respuesta a su vapuleado ser de vasco. No me importa la calidad o el propósito de esas razones porque pertenecen al arsenal intelectual y emocional sobre el que nadie puede poner la mano represora sin arruinar el edificio común del pensamiento. Cuando se acababa el siglo XVIII Cesare Beccaria escribió un hermoso y famoso libro -«De los delitos y las penas»- que clausuraba la justicia bárbara del ojo por ojo y diente por diente y las ordalías físicas y morales que habían caracterizado una bárbara administración de justicia basada en el simple deseo y la voluble voluntad de los reyes y de quienes les servían con soez sentido de la pena. Dos siglos después, retorna esa justicia que no sólo quiere reprimir el posible daño físico, determinado y concreto, sino aniquilar el alma, que es el objetivo fundamental de cualquier torturador. Ya no se trata siquiera de castigar con destemplanza material y verbal un delito personal y constatable táctilmente sino de introducirse en el alma de quien piensa sin más voluntad que la respetable de contribuir a la creación de pensamiento. Una dictadura de este carácter revela dos cosas alarmantes: que se tiene miedo a la razón por parte del poder represor y que se desprecia terminantemente la calidad personal de quien expresa sus ideas. No sólo se trata de hacer frente a hechos físicamente rudos sino de cortar la raíz humana del individuo. Se abren las compuertas verbales acerca del terrorismo, tantas veces difícil de identificar como tal, para reducir a la persona a un estado de miseria moral en la Isla del Diablo de que dispone un poder inmoderado.

La paz pasa a constituir, una vez más, un silencio cruel en cuyo ámbito sólo es posible escuchar la lectura de leyes aberrantes leídas desde los solemnes tribunales inquisitoriales, que han substituido la moral propia del Derecho por el látigo de siete colas de quienes saben que la libertad resulta letal para su dominación pétrea y sus implicaciones políticas. El mismo señor Zapatero acaba de decir que será «implacable» con ETA. Estos términos destruyen en mí toda fiabilidad en lo que se refiere a la gobernación. «Implacable» es pasión que el diccionario define como aquello que no se puede aplacar o templar, y en la lista de sinónimos está asociado a inclemente, despiadado, feroz. ¡Qué lejos de lo inteligente y sutil! Para gobernar no hay que ser inclemente sino inteligente; no feroz sino flexible; no destemplado sino confortable. A no ser, claro está, que se busque el recaudo del fondo fangoso que los psiquiatras adivinan en el primitivo y temible «ello» humano. Si de ahí han de salir los votos...

En fin, Sr. Otegi, si lee usted este papel en su celda, extraiga de él el pesar que siente un preso libre.


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