martes, 5 de noviembre de 2013

Cooperativismo Descarrilado

El neoliberalismo voraz y despiadado terminó por corromper al cooperativismo.

Si queremos transitar hacia el socialismo, debemos rescatar al cooperativismo y devolverle su esencia.

En ese tenor, les compartimos este reportaje publicado en Naiz:


«Cuanto más grandes nos hemos hecho, hemos perdido el ideario cooperativista»

En medio de la vorágine de acontecimientos provocados por la caída del buque insignia del grupo Mondragon, dos de sus socios cooperativistas, con 37 años en la empresa, hacen un alto en el camino para tratar de buscar las claves de lo ocurrido. Coinciden en que el constante crecimiento de la empresa ha provocado un «abandono» del ideario cooperativista y, tras admitir que es necesaria una autocrítica, confían en que se pueda extraer una lección positiva de lo ocurrido.

Joseba Salbador

Juan Antonio Talledo, «Tatxo», e Iñaki Azpiazu | Socios cooperativistas de Fagor

Tanto Juan Antonio como Iñaki conocen a la perfección la evolución que ha tenido Fagor Electrodomésticos en las últimas cuatro décadas. Ambos entraron en la planta de San Andrés con 18 años, en una época muy diferente a la actual. «El mismo día que empecé yo a trabajar nos incorporamos 250 personas», recuerda «Tatxo». Desde entonces, las cosas han ido cambiando, y también su posicionamiento ante el rumbo que adquiría la empresa, de tal forma que cada uno de ellos representa de alguna manera las dos posturas que se pueden encontrar en este colectivo de casi dos mil socios: una, más comprometida y preocupada por la situación de la empresa y de sus trabajadores -encarnada por Iñaki Azpiazu, integrante de la corriente crítica Ahots Kooperatibista-, y otra, más «acomodada», como reconoce abiertamente Juan Antonio Talledo.

Gestión | «Hemos ido perdiendo el control»

Ambos coinciden en el análisis de la evolución que ha tenido no solo la empresa, sino las bases sociales, desde que entraron a formar parte de ella allá por el año 1976: «Viniendo del franquismo como veníamos, había un concepto claro de la lucha y de la solidaridad. Posteriormente, a medida que hemos ido ganando tamaño, nos hemos ido convirtiendo en 'funcionarios', y hemos ido perdiendo el sentido ideológico de la cooperativa como elemento diferenciador del capitalismo. El factor humano, lo más importante del cooperativismo, ha quedado relegado a un segundo plano», señala Iñaki Azpiazu, para quien ello ha supuesto un distanciamiento e incluso una ruptura «entre los órganos directivos, que cada vez tenían más peso, y las bases sociales. Esta circunstancia -añade- se agravó con la compra de las empresas Brandt o Wrozamet, ya que las decisiones no dependían ya de nosotros mismos. Fuimos perdiendo el control y la responsabilidad se fue diluyendo».

Talledo admite que no es una tarea fácil. «Nosotros no sabemos cómo se gestiona en un mundo globalizado el tener empresas fuera del país, y quiero creer que no lo han hecho con mala intención, pero es evidente que hay dos concepciones diferentes».

Azpiazu reconoce asimismo que los trabajadores de producción «no supimos desarrollar formas de control para integrarnos en los órganos dirigentes. Ello, unido a la desidia de muchos, nos ha hecho abandonar el ideario cooperativista para meternos en un camino individualista».

Juan Antonio Talledo observa también una «desideologización» de las bases sociales, «toda vez que cobrábamos un buen sueldo a principios de cada mes y veíamos el trabajo seguro para toda la vida, lo que nos instaló en un estilo de vida de sociedad de consumo. Esto nos llevó a olvidar que una empresa hay que gestionarla día a día, no delegando tus propias responsabilidades en otras personas para que hagan uso de ese poder con otro tipo de intereses», algo que, a su juicio, ha sucedido en Fagor Electrodomésticos.

Junto a ello, hecha en falta «un espíritu de grupo que nos haga sentirnos cooperativistas. Eso es prioritario, sentirte partícipe. Como dice Koldo Saratxaga, ser cooperativista no significa que entras en una empresa y te dan el carnet de cooperativista, lo mismo que por tener el carnet del polideportivo no significa que seas deportista», manifiesta.

En este sentido, reconoce que mucha gente comenzó a preocuparse y a adoptar una postura más participativa cuando las cosas empezaron a ir mal. «Y yo soy el primero en reconocerlo, tengo que entonar el mea culpa personal», confiesa.

Prueba de ello serían las manifestaciones que se han llevado a cabo tras el anuncio del preconcurso, «donde parece que estamos luchando contra nosotros mismos, pero lo que ha sucedido es que nos hemos sentimos abandonados».

Transparencia | «Tenían que haber hablado con la gente»

Azpiazu, que fue miembro del consejo social durante doce años, reparte las responsabilidades entre las clases dirigentes y las bases sociales. «Por una parte, los trabajadores no hemos tenido ni la capacidad crítica ni el interés por conocer lo que estaba sucediendo. Pero por otro lado, la dirección no ha tenido la capacidad de transmitir la información sobre cómo estábamos, incluso antes de la crisis. No han sido valientes y tenían que haber hablado con la gente. Ha sido una huida hacia adelante».

También se lamentan de que los directivos no supieran encajar las críticas constructivas, «algo que debería ser obligatorio en una organización cooperativa. Nosotros -afirma Azpiazu- nos preocupábamos de ello, de organizar charlas informativas, pero ellos se encargaban de contrarrestarlo y de enfrentarnos con el resto de trabajadores. Hemos estado satanizados».

Enmarcan en esta situación el escaso conocimiento que han tenido del plan de viabilidad elaborado por la empresa. «En las asambleas solo te presentaban unas pinceladas del plan, pero sin ninguna concrección. No se veía que fuera viable. Y en cierta medida es entendible que el resto de cooperativas se hayan negado a seguir ayudando para no ponerse ellos en peligro. Aunque no entendemos lo que ha pasado para que tanto la Corporación Mondragon como las instituciones hace seis meses pensasen que era viable y ahora digan que no».

Solidaridad | «Los mecanismos han funcionado»

Estos socios cooperativistas no quieren olvidar la solidaridad recibida por parte del resto de las cooperativas del grupo Mondragon, que en mayo aportaron 70 millones, al margen de las rebajas de salarios en otras empresas del grupo para que los de Fagor pudieran cobrar sus nóminas. «Los mecanismos de solidaridad sí ha funcionado a esos niveles», subrayan.

Tampoco olvidan los esfuerzos que han llevado a cabo en el seno de la cooperativa como rebajas de salarios, anulación de pagas extra, calendarios móviles o renuncia a intereses de las aportaciones, «algo que no se ha dicho pero que ha permitido mantenernos hasta hoy».

Talledo, eso sí, echa en falta una mayor implicación del grupo Mondragon, que «debería haber salido desde el primer día en una defensa clara y taxativa en defensa de su hermano menor y, aunque no haya recursos, debía haber lanzado un mensaje de apoyo claro y contundente, porque son dos mil familias las que están en apuros».

Recuerdan asimismo que con su trabajo se han potenciado no solo otras empresas del grupo, sino entidades financieras y áreas de conocimiento como la Universidad o los centros tecnológicos. «Ese es el verdadero valor del cooperativismo y lo que pensamos que diría en su momento Arizmendiarrieta, que todos tengamos una vida mejor en lugar de que unos pocos tengan un montón de dinero».

Futuro | «Que sirva de lección para el resto»

El futuro se presenta complicado, tal y como reconocen, ya que una vez se inicie el concurso de acreedores «se van a perder todo los derechos de los cooperativistas y en tres años va a desaparecer la condición societaria, con todo lo que ello implica». En este sentido, consideran «una contradicción terrible» que el grupo Mondragon deje caer la empresa y salve después los negocios rentables empezando de cero, «sin contar con los que fueron dueños de la empresa, ni con sus puestos ni con sus ahorros, perdiendo la condición societaria. Que lo haga un tercero, lo puedes entender, pero que lo haga un organismo que has creado tú, te da mucho que pensar».

En cuanto a lo que va a suceder con las instalaciones, constatan que «los chinos tienen interés en hacerse con ellas, pues querrán aprovecharse de la infraestructura ya montada, aunque luego no se sabe qué pasaría con los trabajadores, pero está claro que las condiciones no tendrán nada que ver».

Respecto a la posibilidad de adquirir los activos por parte de los trabajadores, reconocen que es muy difícil, no solo porque ya no disponen de sus ahorros, sino porque «no estamos organizados, no tenemos nexos de unión, ni tenemos un sitio donde debatir todo esto». Por ello ven necesario convocar una asamblea donde «debatir todas estas cuestiones y prepararnos para el concurso de acreedores».

En cualquier caso, son conscientes de que se trata de la «primera gran crisis del cooperativismo» del que se pueden extraer lecciones positivas para que el movimiento salga reforzado. Confían en que lo ocurrido sirva para que el resto de las empresas del grupo «se replanteen su funcionamiento interno y vean que, aunque ahora les va bien, el riesgo está ahí».

Todo ello, además, les ratifica en la idea de que el movimiento cooperativo constituye en Euskal Herria «la única baza que tenemos para hacer frente a este capitalismo salvaje y para generar un espíritu más humano que traiga una sociedad más justa», en palabras de Juan Antonio Talledo, quien ve imprescindible «refundar de nuevo este cooperativismo que se ha alejado de ese espíritu constructivo y, como dice Koldo Saratxaga, introducir la ética en los parámetros económicos».






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