domingo, 31 de mayo de 2009

Política

Esta editorial de Gara va mano en mano con nuestro comentario acerca de negarse a jugar en el tablero de poder impuesto a los pueblos por las oligarquías locales para así dejar de legitimar sus pseudo-democracias:

Ni la política es sólo lo que hacen los políticos, ni todos los políticos son iguales

La crisis de credibilidad de la «clase dirigente» afecta profundamente a la política como actividad humana y, por lo tanto, social. En la medida en que los sistemas occidentales han degenerado hacia una concepción en la que «política» es sinónimo del trabajo que desarrollan los políticos profesionales, esa actividad se ha alejado de la sociedad para convertirse en un oficio privativo de los miembros de una especie de casta. Esa perspectiva reaccionaria, plutocrática y nepotista ha hecho que la desafección de la ciudadanía por la política haya crecido exponencialmente durante las últimas décadas.

Dentro de una estructuración política cada vez más opresiva, las elecciones se han convertido en el último hilo que ata las sociedades a esas castas y, a su vez, su fuente de legitimidad. De los grandes tapices en los que sus fundadores y pensadores tejieron lo que la democracia debía de ser en el futuro solo queda un fino y frágil sedal a punto de quebrarse. En ciertos lugares, como en el caso de Euskal Herria, porque las elecciones no son democráticas al ser sistemáticamente ilegalizadas opciones políticas justas y legítimas. En la mayoría de casos, por estar las elecciones desacreditadas como mecanismo democrático.

La Unión Europea y su Parlamento son una de las estructuras políticas que más claramente evidencian el escepticismo ciudadano respecto a la política. A pesar de ser una estructura supraestatal con un poder relativamente importante, los índices de abstención son alarmantes desde una perspectiva democrática. La experiencia de los referéndum sobre los tratados constitucionales han reforzado aún más esa desafección.

También cabe relativizar esa cuestión. Desde un punto de vista de izquierda, las elecciones son un elemento más de la dinámica política, un elemento importante pero no exclusivo de la misma. De hecho, parte de las sucesivas crisis que ha vivido la izquierda devienen de convertir el trabajo institucional y su condición electoral en el elemento primario, esencial y en gran medida único de la política. Paradójicamente, otra de las causas del desgaste de la izquierda proviene de la idea opuesta, la de que las elecciones o el trabajo institucional no son parte esencial de la dinámica política. Miles de concejales, alcaldes y parlamentarios, desde Marinaleda hasta Helsinki, pasando por Estrasburgo, evidencian lo tópico de esa idea.

Cuestión de prioridades y de contexto

La relevancia de unas determinadas elecciones dependerá, por lo tanto, de las prioridades establecidas por los partidos, del contexto en el que se den esas elecciones y de las personas que concurran.

Desde esa perspectiva, y teniendo en cuenta el contexto de estas elecciones, existe una masa crítica en el Estado español que cree sinceramente que la resolución del conflicto vasco en parámetros democráticos por la vía de la negociación es una opción factible y prioritaria, no sólo para los vascos, sino también para los españoles, los catalanes, los gallegos y el resto de comunidades culturales y políticas, desde los andaluces hasta los emigrantes. No pocos de ellos piensan, seguramente, que lo poco o lo mucho que pueda hacer la UE durante la próxima legislatura, tal y como está configurada y dentro del esquema de construcción que tienen quienes ostentan el poder, es precisamente ayudar a resolver en esos parámetros el último conflicto político con expresiones claras y continuadas de violencia que permanece abierto en el continente.

Asimismo, todos ellos más otras muchas personas que el próximo domingo piensan abstenerse o votar a uno de los partidos políticos institucionales del Estado, consideran que es hora de pasar página en la estrategia de la «guerra contra el terror». Una estrategia instaurada a nivel mundial por George W. Bush y a partir de la cual los sucesivos gobiernos españoles, empezando por José María Aznar y terminando por José Luis Rodríguez Zapatero, han desarrollado una versión española que ha supuesto una involución democrática sin parangón en Europa.

No todos los políticos son iguales

Uno de los mantras que los políticos critican pero que a su vez promocionan es aquel que dice que «todos los políticos son iguales». Salta a la vista que no es así.

Sin ir más lejos, varios políticos vascos se presentan a las elecciones del 7-J. Entre ellos está, por ejemplo, Jaime Mayor Oreja, que podía haber llegado a ser ministro de haberse perpetuado el franquismo -de hecho lo fue mucho después de muerto Franco defendiendo las mismas ideas-. También concurre para europarlamentario Ramón Jauregui, quien podía haber llegado a ser presidente español de no haber sido antes Delegado del Gobierno -como sucesor, precisamente, de Mayor Oreja- cuando los GAL secuestraban, torturaban y enterraban en cal a refugiados vascos. Algo que, desgraciadamente, no pertenece al pasado mientras se siga sin noticias de Jon Anza.

Pero también hay otro tipo de contendientes. A esos políticos profesionales se contrapone, por ejemplo, el perfil de Alfonso Sastre que hoy GARA trae a sus páginas. Perfil que sin duda sorprenderá a quienes desconozcan su trayectoria artística y militante.

Por todo ello, cabe concluir que no es posible mantener una perspectiva crítica si se da la espalda a la ilusión.


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