martes, 22 de julio de 2003

¿Han Cambiado las Cosas?

El texto que se reproduce a continuación fue leído al final de la manifestación en contra de la tortura convocada por torturados y familiares de torturados misma que tuvo lugar el 8 de junio de 2002 en Bilbao. La pregunta es, ¿han cambiado las cosas?

Contra la tortura

Lo habréis oído en más de una ocasión: Han torturado al hijo del vecino, a la señora de la panadería, a Iñaki, a Onintze, a Joseba: les han roto un brazo, una costilla, magullado un pie: ha sido en el cuartel de La Salve, o en Intxaurrondo, o en tal o cual comisaría. Y dicen que es peor en Madrid, en esa comandancia de la Guardia Civil y otros Centros que desconocemos, a donde llegan encapuchados....

Allí le fracturaron la base del cráneo a Muruetagoiena, o baldaron a palos a los cinco de Oiartzun y mataron a Joseba Arregi después de haberle reventado los pies. Se dice que los detienen de malas maneras, que se los llevan a empujones y que por el camino los amenazan, los insultan, los golpean. Que allí les hunden la cara en un cubo de agua, que les ponen una bolsa en la cabeza para que se asfixien. Que a Edurne le hicieron un simulacro de fusilamiento y a Txema le aseguraron que habían violado a su novia.

Frases parecidas circulan a diario. Las habréis oído alguna vez. Y hasta puede que no le hayáis prestado atención. Son cosas que se dicen en voz baja, que se susurran, que se comentan sólo entre amigos, en las cuadrillas. Da miedo pararse a pensar, es demasiado inquietante, podría hasta ser comprometido. Algunos tienen miedo: mejor no despejar la duda, dejarlo en ambigüedad, en confusión: serán exageraciones, habladurías, rumores que circulan...

No. No son rumores. Es una triste realidad. Todo esto ocurre.

Nosotros, mujeres y hombres aquí presentes, que hemos sido torturados, que hemos visto las huellas de la tortura de nuestros hijos, de nuestros padres, de nuestros hermanos, estamos hoy aquí para dar testimonio de ello. Para decíros que sí, que se tortura, que no es una práctica del pasado sino de ahora, de este nuevo siglo, en Euskalherria.

Queremos insistir: Somos testigos de ese horror y queremos denunciarlo en voz muy alta y podemos retar al que lo niegue. ¿Quién se atreverá a decirnos, mirando a los ojos, que la tortura es una consigna o un invento de los terroristas?

¿Quién tendrá el valor de aceptar este careo?

Nosotros somos testigos de lo que ocurre.

Lo hemos visto con nuestros propios ojos, lo hemos sufrido en nuestra propia carne, en la carne de los seres más queridos; os podemos dar detalles:

Los nombres, la fecha, el dolor, las secuelas, la soledad de tanto silencio, la desolación infinita de no ser creídos...

La voz del verdugo encapuchado: sus risas, sus comentarios. Las escenas de vejación y de burla.

Puede que os haya llegado el testimonio reciente de Itxaso, aquella joven de Irun cuyo cuerpo acribillado por los electrosdos fue recogido por una foto que recorrió el mundo. O puede que hayáis leído el calvario de Unai hace sólo unos meses...

Y es posible que ante la evidencia hayáis caído en la tentación de aceptar que son torturas terribles, pero casos aislados, excepcionales, llevados a cabo por un loco, o un sádico que, en un mal momento, se desmandó del Orden Establecido. La institución, se piensa, no puede ser tan perversa.

Pero nosotros estamos aquí para corregir el error y dejar constancia de que no es un caso, ni dos, ni cinco. Somos muchos los que sufrimos la tortura. 75 personas tan sólo en los últimos meses. Cientos y cientos en los últimos años. Miles desde que empezó la transición democrática. Sin olvidar a los presos de las cárceles infernales de la Dispersión.

Son datos verificables. La tortura no es el capricho de un verdugo sino parte del plan de los gobiernos para someter a los rebeldes. Es un arma que emplean de una manera precisa, científica, sistemática, donde y cuando mejor les conviene.

Y no se usa sólo para indagar sino para crear miedo entre la población y conseguir el necesario amedrentamiento para que los insumisos desistan de sus luchas, se hagan dóciles y renuncien a sus principios.

En Euskalherria desde hace años, mucho antes del 11 de septiembre, bajo el pretexto de perseguir al "terrorismo" están tratando de destruir el movimiento popular. Y la tortura es una de sus armas para conseguirlo.

Es curioso que se hable tanto de la violencia y tan poco de la tortura que es la gran violencia del Estado.

Todo esto indica que los grandes responsable no sólo tienen el poder para ocultarlo sino que están rodeados de infinidad de cómplices que colaboran con ellos y que sería largo enumerar.

¿Qué decir de los intelectuales que saben que esto ocurre -porque ellos sí tienen medios de saber- y no sólo se callan sino que rehuyen el tema?

¿Qué decir de los Media, que en su gran mayoría están confabulados con los gobiernos? ¿Qué decir de la Prensa, de esos periodistas que ni tan siquiera acuden a las convocatorias de los torturados que desean informar? ¡Un torturado que informa sobre su tortura, algo que sería una noticia de primera página en cualquier país realmente democrático! Esos periodistas que si acuden luego no publican nada. Que si publican tergiversan y mienten y hasta llegan a la calumnia.

¿Y qué decir de los jueces? Tan respetados, tan independientes en su poder judicial... Ellos están siempre allí, en el momento en que el torturado sale de la cámara de los horrores. Ellos son los primeros en recibirle, en darse cuenta de su desorientación, en percibir el lamentable estado, físico y psíquico en el que llega. Ellos tienen la evidencia de lo ocurrido. ¿Por qué callan?

La tortura -el gran tema tabú-, es uno de los mayores problemas de esta sociedad. La tortura es un fenómeno complejo que nos afecta a todos. Porque lo peor de la tortura no está en quiénes la padecen sino en quienes la consienten. Y esta es la parte insidiosa que no se ve. A los primeros los tratan de destruir por mecanismos directos, a los segundos les van controlando, poco a poco, los sentimientos, la sensibilidad y el pensamiento hasta convertirlos en dóciles robots. En gentes anestesiadas, sin capacidad crítica ni posibilidades de rebelión. Así aparecen sociedades adocenadas y dormidas que se creen libres y demócratas y aceptan el engañoso sueño de una paz amarilla que recuerda la de los cementerios.

Todo esto y mucho más no lo hemos aprendido en los libros.

Lo sabemos a través del sufrimiento de nuestro cuerpo.

Por esto estamos hoy aquí: Para dejar testimonio y para invitar a quienes nos oigan a romper el conformismo de tanto silencio. Intentaron destruirnos pero estamos aquí. No nos consideramos víctimas sino valiosos testigos de una terrible experiencia en la que otros perecieron. Somos supervivientes privilegiados de un espantoso viaje del que hemos regresado con vida. Esa es nuestra fuerza y lo que nos da lucidez para afrontar el futuro.

Luchar contra la tortura es posible.

Todos los que estáis hoy aquí conoceis lo que ocurre y sois sensibles a este horror, pero hay muchas personas que no lo saben y que es urgente informarlas. Es urgente que nos hagamos eco del grito de denuncia y que lo propaguemos.

Estamos a tiempo aún.

Hoy que tanto se habla de la paz y de la violencia, oponerse a la tortura es una forma muy eficaz de empezar a construir las bases de una paz verdadera. Pero para ello tenemos que unirnos. Si los gobiernos se obstinan en seguir y no quieren resolver el problema, los pueblos debemos intervenir. La tortura es un problema de todos, no sólo aquí, sino en el mundo entero. Y si todos queremos, somos muchos y tenemos la fuerza.

¿Por qué no intentarlo?

Eva Forest
Junio de 2002




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