viernes, 22 de mayo de 2020

Illanes | El Cayetanismo

Se le preguntó a Fernando Grande Marlaska, represor tanto en Euskal Herria como en Catalunya, que si el derecho a la manifestación era legal estos días ante la inacción mostrada por los cuerpos policíacos frente a las demostraciones "de descontento" mostradas en los barrios burgueses de Madrid. Grande Marlaska, chulesco como acostumbra ser, guardó mutis.

Y es que esa España, la que envuelta en rojigualdas y haciendo sonar cacerolas protesta en contra del gobierno por un supuesto manejo inadecuado de la crisis por la pandemia del SARS CoV-2, gobierno del cual Grande Marlaska forma parte... es la que realmente manda. Grande Marlaska lo sabe, por eso hoy él es un héroe en lugar de estar en una celda por promover el uso de la tortura en contra del independentismo vasco, ellos, los borjamaris... los cayetanos, le han protegido.

Pues bien, para el disfrute de nuestros lectores, traemos a ustedes este delicioso texto con el que nos hemos encontrado en Facebook:


José Antonio Illanes

Básicamente hay tres tipos de cayetanos: los que de verdad lo son, los que aparentan serlo y los que cretinamente creen serlo. Muchas personas del pueblo chusco encajan en este último tipo al que Carlo Cipolla define como superestúpido: “Una persona que causa pérdidas a otra persona o grupo de personas sin obtener ganancia para sí o incluso incurriendo en pérdidas”. O sea: alguien que defiende a navajazos los intereses de una clase que lleva siglos abusando de la suya. “¿Cómo hemos quedao’ en las elecciones, señorito?”.

El paradigma del segundo grupo de cayetanos -los que aparentan serlo sabiendo que nunca lo serán-, lo tenemos en aquel “noble” escudero que Lázaro de Tormes encontró en Toledo, el colmo de las apariencias: fingidos modales, jubón de fustán, capa frisada y espada de Cuéllar. Mucho postín, sí, pero sin linaje. Puro postureo. En esta España de la Revolución Cayetana a este grupo lo representan algunos elementos de las clases medias y medias altas: los borjamari. O sea.

El primer grupo de cayetanos, los patricios de apellidos compuestos, los herederos del oro que sus tatarabuelos trajeron de América, los legatarios de los predios ganados en guerras contra los moros y contra los rojos, los que riegan sangre azul o celestona, son una minoría a quien la ignorancia del vulgo español, siempre temeroso de los libros, alérgico a las luces, discípulo de pavores y complejos inculcados por un clero ancestralmente hambriento y analfabeto, sometido por la superstición y los palos a tiempo lo han elevado al grado de casta intocable.

A este grupo de cayetanos no lo veremos aporreando cacerolas en las calles. Vigilan desde lujosos tugurios, sentados en sofás tapizados con cretona inglesa, bebiendo Moët & Chandon y fumando puros Montecristo con banqueros, dueños de medios de comunicación y grandes empresarios –lacayos al cabo-, con las guedejas encaracoladas y percochadas de brillantina.

No, los que hacen el ridículo en la calle aporreando cacerolas mientras gritan libertad y piden cabezas jacobinas, son los cayetanos de segunda y tercera clase, franquistas irredentos, jaleados por los manijeros de sus amos, quienes por primera vez en ochenta años sienten amenazados sus intereses y prebendas.

Ante la inminente crisis, rehúyen contribuir por una vez en la historia al salvamento de la patria. Por si fuera poco, millones y millones de euros de vellón procedentes de Europa pasarán ante sus narices sin poderlos mangonear. Por primera vez en ochenta años los limpiabotas empiezan a levantar la cerviz, tienen salarios y pensiones casi dignas, reciben sanidad gratis, ERTES y ayudas en tiempos de pandemia, becas para sus hijos y muy pronto sustento mínimo vital. Y hasta ahí podíamos llegar.

¿Sobrevivirá la España cayetana, su España, sin limpiabotas? No. Se impone tumbar cuanto antes al ilegítimo Gobierno rojo –en España los Gobiernos rojos son siempre ilegítimos-, y la mejor ocasión para tumbarlo es aprovechar una pandemia. Los cayetanos de segunda y de tercera, pisaverdes y pelentrines venidos a más, palurdos con suerte de vivir en barrios ricos, mercaderes, tiburoncillos financieros y rentistas de fortuna, measalves con aroma a Paco Rabanne, sudaderas de Versace y bolsitos de Vuitton, blanqueados por los lacayos mediáticos de las élites, son la vanguardia, los mandados a provocar algaradas y a romper la paz social. ¡Viva la libertad! ¡Viva España! ¡Abajo el Gobierno ilegítimo! La vieja cantinela del viejo fascismo.






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