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martes, 17 de mayo de 2016

Dominación Geopolítica Contemporánea

Les recomendamos mucho leer este texto dado a conocer por Investig'Action, sobre todo si estás tratando de entender lo que está sucediendo en Siria.

Que les aproveche:


Saïd Bouamama

Iraq, Libia, Sudán, Somalia, etc., la lista de naciones que han saltado en pedazos tras una intervención militar estadounidense y/o europea no deja de aumentar. Parece que al colonialismo directo de una «primera edad» del capitalismo y al neocolonialismo de una «segunda edad» les sucede ahora la «tercera edad» de la balcanización. Paralelamente se puede constatar una mutación de las formas del racismo. Después de la Segunda Guerra Mundial el racismo culturalista sucedió al racismo biológico y desde hace varias décadas el primero tiende a presentarse a partir de lo religioso bajo la forma dominante por ahora de la islamofobia. En nuestra opinión, estamos en presencia de tres historicidades estrechamente vinculadas: la del sistema económico, la de las formas políticas de la dominación y la de las ideologías de legitimación.

Vuelta a Cristóbal Colón

La visión dominante del eurocentrismo explica la emergencia y posterior extensión del capitalismo a partir de factores internos de las sociedades europeas. De ahí se desprende la famosa tesis de que algunas sociedades (algunas culturas, algunas religiones, etc.) están dotadas de una historicidad y otras carecen de ella. Cuando Nicolas Sarkozy afirma en 2007 que «el drama de África es que el hombre africano no ha entrado lo suficiente en la historia» no hace sino retomar un tema reiterativo de las ideologías de justificación de la esclavitud y la colonización:

«La «deshistorización» desempeña un papel decisivo en la estrategia de colonización. Legitima la presencia de colonizadores y certifica la inferioridad de los colonizados. La tradición de las historias orales y posteriormente las «ciencias coloniales» impusieron un postulado sobre el que se construyó la historiografía colonial: Europa es «histórica» mientras que «la ahistoricidad» caracteriza a las sociedades coloniales definidas como tradicionales e inmóviles. […] Movida por sus valores intelectuales y espirituales, Europa desempeña a través de la misión colonial una misión histórica haciendo entrar en la Historia a unos pueblos que estaban privados de ella o que se habían quedado paralizados en un estadio de la evolución histórica superado por los europeos (estado de naturaleza, Edad Media, etc)».

Tanto la antigüedad de esta lectura esencialista y eurocentrista de la historia del mundo como su recurrencia (más allá de las modificaciones de formas y de presentación) ponen de relieve su función política y social: la negación de las interacciones. Desde que Cristóbal Colón ordenó desembarcar a sus soldados la historia mundial se ha convertido en una historia única, global, relacionada, globalizada. La pobreza de unos ya no se puede explicar sin preguntarse por las relaciones de causalidad con la riqueza de los demás. El desarrollo económico de unos es indisociable del subdesarrollo de otros. El progreso de los derechos sociales aquí solo es posible por medio de la negación de los derechos allí.

La invisibilización de las interacciones requiere una movilización de la instancia ideológica para formalizar unos esquemas explicativos jerarquizadores. Estos esquemas constituyen el «racismo» tanto en sus constantes como en sus mutaciones. Hay invariabilidad porque todos los rostros del racismo, desde el biologismo a la islamofobia, tienen una comunidad de resultado: la jerarquización de la humanidad. También hay mutación porque cada rostro del racismo corresponde a un estado del sistema económico de depredación y a un estado de relación de fuerzas políticas. Al capitalismo monopolista corresponderá la esclavitud y la colonización como forma de dominación política, y el biologismo como forma del racismo. Al capitalismo monopolista globalizado y senil corresponderá la balcanización y el caos como forma de dominación, y la islamofobia (en espera de otras versiones para otras religiones del Sur en función de los países que hay que balcanizar) como forma de racismo.

Hace ya mucho tiempo que en su análisis de la aparición del neocolonialismo como sucesor del colonialismo directo Mehdi Ben Barka puso en evidencia las relaciones entre la evolución de la estructura económica del capitalismo y las formas de dominación. Al analizar las «independencias concedidas», las relaciona con las mutaciones de la estructura económica de los países dominantes:

«Esta orientación [neocolonial] no es una simple opción en el dominio de la política exterior. Es la expresión de un cambio profundo en las estructuras del capitalismo occidental. Desde el momento en que después de la Segunda Guerra Mundial y gracias a la ayuda [del Plan] Marshall y a una interpenetración cada vez mayor con la economía estadounidense Europa occidental se aleja de la estructura del siglo XIX para adaptarse al capitalismo estadounidense, era normal que Europa occidental adoptara también las relaciones de Estados Unidos con el mundo. En una palabra, que tuviera también su «América Latina».

Para el líder revolucionario marroquí lo que suscita el paso del colonialismo al neocolonialismo es, efectivamente, la monopolización del capitalismo. Del mismo modo, la precocidad de la monopolización en Estados Unidos es una de las causalidades de la precocidad del neocolonialismo como forma de dominación en América Latina.

Frantz Fanon, por su parte, puso en evidencia las relaciones entre la forma de la dominación y las evoluciones de las formas del racismo. La resistencia que suscita una forma de dominación (el colonialismo, por ejemplo) obligan a esta a mutar. Sin embargo, esta mutación requiere el mantenimiento de la jerarquización de la humanidad y, en consecuencia, llama a una nueva edad de la ideología racista. «Este racismo», precisa Fanon, «que se quiere racional, individual, determinado, genotípico y fenotípico se transforma en racismo cultural». Por lo que se refiere a los factores que llevan a la mutación del racismo, Frantz Fanon menciona la resistencia de los colonizados, la experiencia del racismo, es decir, «la institución de un régimen colonial en plena tierra de Europa» y «la evolución de las técnicas», es decir, las transformaciones de la estructura del capitalismo, como revelaba Ben Barka.

Por consiguiente, sin entrar en un debate complejo de una periodización del capitalismo datada con precisión es posible relacionar los tres órdenes de hechos que son las mutaciones de la estructura económica, unas formas de la dominación política y unas transformaciones de la ideología racista. Las tres «edades» del capitalismo piden tres «edades» de la dominación que suscitan tres «edades» del racismo. 

La infancia del capitalismo

Lo propio del capitalismo como modo del producción económica es que debido a su ley del beneficio requiere una extensión permanente. Está de inmediato en globalización, aunque esta conozca sus umbrales de desarrollo. Es decir, se trata del engaño del discurso actual sobre la globalización, que la presenta como un fenómeno completamente nuevo vinculado a los cambios tecnológicos. Como pone de relieve Samir Amin, el nacimiento del capitalismo y su globalización corren parejos:

«El sistema mundial no es la forma relativamente reciente del capitalismo, que se remonta solo al último tercio del siglo XIX en el que se constituyen «el imperialismo» (en el sentido que Lenin dio a este término) y el reparto colonial del mundo asociado a él. Por el contrario, nosotros afirmamos que esta dimensión mundial encuentra de inmediato su expresión, desde el origen, y sigue siendo una constante del sistema a través de las etapas sucesivas de su desarrollo. Admitiendo que los elementos esenciales del capitalismo se cristalizan en Europa a partir del Renacimiento (la fecha de 1492, inicio de la conquista de América, sería la fecha de nacimiento simultáneo del capitalismo y del sistema mundial), ambos fenómenos son inseparables».

En otras palabras, tanto el saqueo y la destrucción de las civilizaciones amerindias como la esclavitud fueron las condiciones para que el modo de producción capitalista pudiese ser dominante en las sociedades europeas. No hubo nacimiento del capitalismo y después extensión, sino un saqueo y una violencia total que reunía las condiciones materiales y financieras para que se instalara el capitalismo. Destaquemos además con Eric Williams que la destrucción de las civilizaciones amerindias va acompañada de su esclavización. Así, la esclavitud no es consecuencia del racismo, sino que este último es el resultado de la esclavitud de los indios. «En el Caribe», destaca este autor, «el término esclavitud se ha aplicado demasiado exclusivamente a los negros. […] El primer ejemplo de comercio de esclavos y de mano de obra esclavista en el Nuevo Mundo no concierne al negro sino al indio. Los indios sucumbieron rápidamente bajo el exceso de trabajo y como la comida era insuficiente, murieron de enfermedades importadas por el blanco».

Después la colonización no es sino el proceso de generalización de las relaciones capitalistas al resto del mundo. Es la forma de dominación política que finalmente se ha encontrado para la exportación y la imposición de estas relaciones sociales al resto del mundo. Para ello, por supuesto era necesario destruir las relaciones sociales indígenas y las formas de organización social y cultural que habían engendrado. El economista argelino Youcef Djebari demostró la magnitud de la resistencia de las formas anteriores de organización social y la indispensable violencia para destruirlas: «En todos sus intentos de anexión y de dominación en Argelia el capital francés se enfrentó a una formación social y económica hostil a su penetración. Desplegó todo un arsenal de métodos para aplastar y someter a las poblaciones autóctonas». Por ello la violencia total es consustancial a la colonización.

El racismo biológico aparece para legitimar esta violencia y esta destrucción. Fanon pone de relieve que el racismo «entra en un conjunto caracterizado: el de la explotación descarada de un grupo de hombres por otro. […] Por ello la opresión militar y económica precede casi siempre al racismo, lo hace posible y lo legitima. Hay que abandonar la costumbre de considerar que el racismo es una disposición del espíritu, una tara psicológica».

Por consiguiente, el racismo como ideología de jerarquización de la humanidad que justifica la violencia y la explotación no es una característica de la humanidad, sino una producción situada histórica y geográficamente: la Europa de la emergencia del capitalismo. El biologismo como primer rostro histórico del racismo conoce su edad de oro en el siglo XIX al mismo tiempo que la explosión industrial por una parte y la fiebre colonial por otra. El médico y antropólogo francés Paul Broca clasificó los cráneos humanos con fines comparativos y concluyó que «respecto a la capacidad craneal, el negro de África ocupa una situación aproximadamente media entre el europeo y el australiano». Por consiguiente, existe algo inferior al negro, el aborigen, pero un superior indiscutible, el europeo. Y como todas las dominaciones requieren unos procesos de legitimación, si no similares cuando menos convergentes, extiende su método a la diferencia de sexos para concluir que «la pequeñez relativa del cerebro de la mujer depende a la vez de su inferioridad física y de su inferioridad intelectual».

Monopolios, neocolonialismo y culturalismo

El siglo XX es el de la monopolización del capitalismo. Este proceso se desarrolla a ritmos diferentes para cada una de las potencias. Los grandes grupos industriales dirigen cada vez más la economía y el capital financiero se vuelve preponderante. La relación física y subjetiva entre el propietario y la propiedad desaparece a beneficio de la relación entre el cupón de la acción bursátil y el accionista. El gran colono propietario de tierras cede el primer puesto al accionista de minas. Esta nueva estructura del capitalismo requiere una nueva forma de dominación política, el neocolonialismo, que Kwame Nkrumah define de la siguiente manera: «La esencia del neocolonialismo es que el Estado sometido a él es teóricamente independiente, posee todas las insignias de la soberanía en el plano internacional. Pero en realidad su economía y, en consecuencia, su política están manipulados desde el exterior».

Por supuesto, la toma de conciencia nacionalista y el desarrollo de las luchas de liberación nacional aceleran la transición de una forma de dominación política a otra. Pero como el objetivo es mantener la dominación, sigue siendo necesario justificar una jerarquización de la humanidad. La nueva dominación política requiere una nueva edad del racismo. El racismo culturalista emergerá progresivamente como respuesta a esta necesidad haciéndose dominante en las décadas que van de 1960 a 1980. En adelante ya no se trata de jerarquizar biológicamente, sino culturalmente. El experto y el consultor sustituyen al colono y al militar. Ya no se estudia «la desigualdad de los cráneos» sino los «frenos culturales al desarrollo». Como ya no se puede legitimar sobre la base biológica, la jerarquización del ser humano se desplaza en dirección a lo cultural atribuyendo a las «culturas» las mismas características que antes supuestamente especificaban las razas biológicas» (fijeza, homogeneidad, etc.).

En el plano internacional el nuevo rostro del racismo permite justificar el mantenimiento de una pobreza y de una miseria populares a pesar de las independencias y de las esperanzas de emancipación que trajeron. Como se eluden las nuevas formas de dependencia (funcionamiento del mercado mundial, papel de la ayuda internacional, el franco CFA, etc.), solo quedan como causas explicativas unos rasgos culturales que supuestamente caracterizan a los pueblos de las antiguas colonias: el etnismo, el tribalismo, el clanismo, el gusto por la pompa, unos gastos suntuosos, etc. Se despliega así toda una corriente teórica denominada «afro-pesimista». Stéphan Smith considera que «África no funciona porque sigue estando “bloqueada” por unos obstáculos socioculturales que ella sacraliza como sus gris-gris [amuletos] identitarios» o incluso que «la mecanógrafa, ahora provista de un ordenador, ya no tiene la frente manchada de la cinta de la máquina de escribir a fuerza de hacer la siesta sobre esta». En eco, Bernard Lugan le responde que la caridad, la compasión y la tolerancia y los derechos humanos son ajenos a las «relaciones africanas ancestrales».

En el plano nacional el racismo culturalista desempeña la misma función, pero respecto a las poblaciones surgidas de la inmigración. Explicar culturalmente unos hechos que señalan las desigualdades sistémicas de las que son víctimas permite deslegitimar las reivindicaciones y las revueltas que suscitan esas desigualdades. El fracaso escolar, la delincuencia, la tasa de paro, las discriminaciones, las revueltas de los barrios populares, etc., ya no se explicarían por medio de unos factores sociales y económicos, sino por medio de unas causalidades culturales o identitarias.

Capitalismo senil, balcanización e islamofobia

Desde la llamada «globalización» el capitalismo se enfrenta a nuevas dificultades estructurales. El aumento constante de la competencia entre las diferentes potencias industriales hace imposible la menor estabilización. Las crisis se suceden unas a otras sin interrupción. El sociólogo Immanuel Wallerstein considera que:

«Desde hace treinta años hemos entrado en la fase terminal del capitalismo. Lo que diferencia fundamentalmente esta fase de la sucesión ininterrumpida de ciclos coyunturales anteriores es que el capitalismo ya no logra “hacer sistema”, en el sentido en el que lo entiende el físico y químico Ilya Prigogine (1917-2003): cuando un sistema, biológico, químico o social, se desvía demasiado y con demasiada frecuencia de su situación de estabilidad ya no logra recuperar el equilibro y se asiste entonces a una bifurcación. La situación se vuelve entonces caótica, incontrolable para las fuerzas que la dominaban hasta entonces».

No se trata simplemente de una crisis de sobreproducción. Al contrario que esta, la recesión no prepara ninguna recuperación. Las crisis se suceden y se encadenan sin recuperación alguna, las burbujas financieras se acumulan y explotan cada vez más regularmente. Las fluctuaciones son cada vez más caóticas y, por lo tanto, imprevisibles. La consecuencia de ello es una búsqueda del máximo beneficio por cualquier medio. En esta competencia exacerbada en situación de inestabilidad permanente el control de las fuentes de materias primas es un desafío todavía más importante que en el pasado. Ya no se trata solo de tener acceso para uno mismo a las materias primas sino de impedir que accedan a ellas los competidores (y en particular las economías emergentes: China, India, Brasil, etc.).

Amenazado en su hegemonía Estados Unidos responde por medio de la militarización y las demás potencias le siguen para preservar también el interés de sus empresas. «Desde 2001», señala el economista Philip S. Golub, «Estados Unidos ha emprendido una fase de militarización y de expansión imperial que ha trastocado profundamente la gramática de la política mundial». De Asia Central al Golfo Pérsico, de Afganistán a Siria pasando por Iraq, de Somalia a Mali las guerras siguen el camino de los lugares estratégicos de petróleo, del gas, de los minerales estratégicos. Ya no se trata de disuadir a los competidores y/o adversarios sino de llevar a cabo «guerras preventivas».

A la mutación de la base material del capitalismo corresponde una mutación de las formas de la dominación política. El principal objetivo ya no es instalar unos gobiernos títere que ya no pueden resistir de forma duradera a la cólera popular, sino balcanizar por medio de la guerra para hacer que esos países sea ingobernables. De Afganistán a Somalia, de Iraq a Sudán el resultado de las guerras es por todas partes el mismo: la destrucción de la propia base de las naciones, el desmoronamiento de todas las infraestructuras que permiten la gobernabilidad, la instalación de caos. A partir de ahora se trata de balcanizar las naciones.

Semejante dominación necesita una nueva legitimación formulada en la teoría del choque de civilizaciones. Esta teoría tiene vocación de suscitar unos comportamientos de pánico y de miedo con el objetivo de suscitar una demanda de protección y una aprobación de las guerras. Desde el discurso del terrorismo que requiere unas guerras preventivas hasta la teoría de la gran sustitución pasando por las campañas sobre la islamización de los países occidentales y sobre los refugiados vectores de terrorismo, el resultado esperado es siempre el mismo: miedo, pánico, demanda de seguridad, legitimación de las guerras, construcción del musulmán como nuevo enemigo histórico. La islamofobia es, efectivamente, una tercera edad del racismo que corresponde a las mutaciones de un capitalismo senil, es decir, que ya no puede aportar nada positivo a la humanidad, ya que solo puede aportar guerra, miseria, y la lucha de todos contra todos. No existe un choque de civilizaciones sino una crisis de civilización imperialista que exige una verdadera ruptura. Lo que tratan de evitar por todos los medios no es el fin del mundo sino el fin de su mundo.






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