sábado, 20 de mayo de 2017

Fascismo Español y Exilio Infantil Vasco

Los españoles, que tanto les gusta hablar de víctimas, quisieran que el pueblo vasco olvidara que hubo un tiempo en el que, para enfrentar la sangrienta maquinaria asesina del nacionalismo español hubo que enviar a miles de niños a países distantes.

Pero sucedió y no lo vamos a olvidar, mucho menos cuando muchos de ellos ya nunca volvieron a sus hogares o lo hicieron siendo ya adultos mayores.

Les invitamos a leer este reportaje publicado por Deia:


Miles de niños vascos fueron evacuados ante la inminente ocupación de todo el territorio de Euskadi por las tropas franquistas en lo que en principio era un exilio provisional, pero que para muchos se convirtió en toda una vida lejos de su país

Gregorio Arrien

Los organizadores de las evacuaciones infantiles eran conscientes de que su salida al extranjero era una medida necesariamente temporal, en una gran parte de los casos; de hecho, un elevado número de chicos retornaron gradualmente a su tierra entre 1938 y 1939. Pero no todos fueron repatriados, y en el caso de Inglaterra varios centenares de menores quedaron en este país, por diferentes motivos, alargándose su exilio de forma indefinida. Algo similar pasó con los que se trasladaron a Francia para reagruparse con sus familiares refugiados: juntos emprenderían después la reemigración a los países de América Latina.

Como se ha escrito a menudo, tras el avance de las tropas franquistas y los terribles bombardeos de Durango, Gernika y otras poblaciones, cambió significativamente el panorama bélico, creándose una situación casi insoportable. Fue entonces cuando las autoridades vascas decidieron poner en marcha una gigantesca evacuación de la población civil (mujeres, ancianos y niños), con destino a diferentes países europeos (Francia, Inglaterra, Bélgica, Rusia…). Las muestras de solidaridad internacional no se hicieron esperar. Por ese tiempo, llegó también a Bilbao Leah Manning, la delegada inglesa para la evacuación de los niños a Gran Bretaña.

Las grandes evacuaciones de la población civil, que comenzaron a principios de mayo de 1937, se intensificaron a lo largo de ese mes, y ya no se interrumpirían hasta la caída de Bilbao. Barco tras barco -unas veces en el Habana y el Goizeko-Izarra de Sota, y otras en embarcaciones de menos lujo-, el éxodo no se detuvo hasta lograr la ansiada tranquilidad en Francia y otros países. Según G. L. Steer, la protección naval que les brindaban los barcos británicos exasperaba a los franquistas y sus partidarios, que consideraban que con ello se ayudaba a los vascos a resistir.

La expedición a Gran Bretaña
La expedición a Gran Bretaña salió del puerto de Santurtzi, rumbo a Southampton, el día 21 de mayo a bordo del Habana. Su pasaje se componía de un elevado número de personas: 3.861 niños, 95 maestras, 120 auxiliares y 15 sacerdotes, amén de varias enfermeras y médicos.

El embarque tuvo lugar el día anterior y los expedicionarios pernoctaron en el barco. En el muelle, se repitieron las despedidas y los consiguientes dolorosos episodios: allí acudieron muchos padres y familiares para dar el último adiós a sus hijos. Millares de criaturas y de mujeres llorosas se estacionaron a orillas del mar: besos, gemidos, súplicas y encargos formaban un inmenso clamor que emocionaba y angustiaba.

Ya en la ruta, tuvieron la mala suerte de encontrar una mar muy agitada y el mareo se hizo casi generalizado, con todas sus consecuencias de malestar y trastornos estomacales. Al llegar a Southampton, cansados y soñolientos, quedaron gratamente sorprendidos por la calurosa acogida dispensada por el público.

Después de pasar un tiempo en el campamento de Stoneham, los niños fueron distribuidos por grupos en diferentes colonias (unas cien en total), repartidas por toda la geografía del país. La organización Basque Children’s Committee (Comité de Niños Vascos) se encargó de prepararles unas colonias o refugios, tipo internado, con todos los servicios necesarios: alojamiento, cuidado, mantenimiento, salud y un cierto bienestar, procurando atender también en la medida de las posibilidades a la instrucción escolar y la obra educadora de la infancia evacuada. En estos centros se desarrolló mucho el folclore tradicional vasco, con frecuentes actuaciones en colegios, escuelas, halls y en algunos teatros. En las llamadas colonias católicas, las autoridades vascas se esmeraron para que a los niños no les faltara el calor del hogar cristiano y vasco.

Por lo general, las colonias estaban instaladas en casas muy bien adaptadas al destino que tenían y dotadas, salvo algunas excepciones, de extensos parques o jardines. La situación sanitaria era buena, lo mismo que la alimentación.

Cuando llegó la hora de tratar sobre el retorno de los niños evacuados, aparecieron dos opiniones o criterios claramente contrapuestos: de una parte, las organizaciones al servicio de la España Nacional proponían -ya desde los inicios- la inmediata vuelta de los menores; de otra, los representantes del Gobierno vasco eran partidarios de un retorno gradual y ordenado, respetando la voluntad de los padres libremente manifestada. Finalmente, se impuso la idea de que era necesario respetar la voluntad de los padres: para mediados de 1939 ya estaban en sus casas una gran parte de los niños evacuados.

Los que no fueron repatriados
No es fácil saber el número exacto de chicos que quedaron en Gran Bretaña durante la Guerra Mundial; la mayoría de los no repatriados habían perdido a sus padres, o se hallaban en la cárcel o en paradero desconocido. Había también algunos que rehusaron volver por propia decisión personal y, en algunos casos, los familiares les pidieron que no regresaran.

Según las estimaciones del Comité de Niños Vascos, hacia el mes de abril de 1941 seguían residiendo en Inglaterra unos 417 chicos repartidos de la siguiente manera: unos 159 estaban acogidos en casas y hospitalidad privada; 152 estaban trabajando, de ellos 120 eran chicos y 32 chicas; 87 vivían en residencias infantiles (hostels); y, por último, unos 19 estaban acogidos en casas religiosas y conventos.

Al cerrarse las pocas colonias que quedaban por circunstancias bélicas y por problemas económicos, sólo siguió funcionando la casa conocida como The Culvers, una hermosa mansión situada a la orilla del río Wandle; esta última colonia se cerraría en 1948.

Tras realizar los estudios y la formación pertinentes, con la ayuda de la Fundación Juan Luis Vives o con sus propios esfuerzos, bastantes de estos jóvenes llegaron a ser unos buenos profesionales en sus respectivos campos y actividades. Entre los que más se distinguieron, podemos mencionar a los siguientes: Luis Sanz Moragues fue un experto en Matemáticas-Ciencias Exactas; José Mª Martínez Castillo destacó como pintor, escultor y poeta; José M. Alberdi Elorza (Burruntxali) fue un afamado escultor; Fermín Aldabaldetreku Arruti fue bailarín y coreógrafo; Raimundo Pérez Lezama y Sabino Barinaga Alberdi llegaron a destacar en el mundo del deporte y el fútbol. Son también dignos de mención Helvecia García Aldasoro, Herminio Martínez Verguizas, Alfredo Ruiz López y otros. Alfredo Ruiz López, que participó en el desembarco de Normandía del 6 de junio de 1944 con la Armada Británica, fue uno de los escasísimos extranjeros que pudieron tomar parte en esta prestigiosa Flota de Guerra.

A América pasando por Francia
Durante el exilio, el territorio galo se convirtió, en alguna medida, en el paso obligado para los refugiados que deseaban repatriarse o emigrar a otra parte del mundo. Paralelamente, muchas personas pudieron volver con sus familiares, después de andar dispersas por Gran Bretaña, Cataluña, Bélgica y otros países. Este fenómeno, conocido desde el inicio de la diáspora, se intensificó con el estallido de la guerra y el avance de la fuerzas del Eje.

Seguramente fueron bastantes los niños evacuados a Inglaterra que se reagruparon con sus familiares refugiados en Francia, pero en mi obra ¡Salvad a los niños! (2014), hago una especial mención de la trayectoria de dos familias: los Grijalba y los Acarregui, cuyos hijos se reunieron con sus padres en diferentes zonas de Francia.

Según el testimonio de Mª Teresa Grijalba, después de dejar la colonia inglesa de Lancing y pasar al hospital, recibió la carta de su padre informándole de que pensaban irse a América y que le esperaban en Toulouse (Francia). Su padre, Marcos Grijalba Álvarez, linotipista y tipógrafo de profesión, pasó a Barcelona tras la caída del frente de Bilbao, y luego se trasladó a Francia. En Toulouse se empleó como linotipista y tipógrafo para los diarios de la zona; según Mª Teresa, en Toulouse había muchas familias vascas y mantenían relación y amistad.

Tras la reagrupación, tuvieron que estar en Francia hasta finales de los 40, en espera de tomar parte en la reemigración; además del padre, todos trataron de contribuir con su trabajo al bienestar de la familia: tres hermanas fueron a los talleres de costura donde les emplearon y aprendieron el oficio. Mientras tanto, los hermanos menores estudiaron en la Escuela francesa, logrando hacer el Bachillerato. Durante la Guerra Mundial lo pasaron muy mal: sufrieron hambre, bombardeos y frío, y todo ello en un país extraño.

En 1949, Mª Teresa se casó con un exiliado español y decidieron viajar a América, concretamente a Venezuela. Su viaje fue realmente una odisea, pues tuvieron que pasar por varios países. Desde Puerto Rico, donde no les dejaron bajar del avión, llegaron finalmente a Venezuela donde les esperaban Joseba y Martín Ugalde, con dos vehículos para transportarles hasta su casa. Joseba Ugalde, cuñado de su esposo, fue en realidad el que les animó a viajar a Venezuela.

Después de llegar al destino y encontrar una colocación en un taller de costura (posteriormente montaría su propio atelier), escribió a los padres, que todavía seguían en Toulouse, para que fueran a Venezuela. Su esposo, que tenía estudios de Contabilidad, se colocó en una empresa de aviación.

Como añade Mª Teresa, a ninguno le costó adaptarse al ambiente, ya que la gente era amable y había mucho sol, buen clima y trabajo. Su padre encontró trabajo en uno de los periódicos del país, que gerenciaba el Hermano Ginés, quien presidía la Fundación La Salle. Sus cinco hermanos y cuñados se colocaron algunos en la empresa privada y otros crearon sus propios negocios con éxito.

Pese a vivir al otro lado del Atlántico, siempre han procurado mantener vínculo con Euskadi. Los dos hijos del matrimonio, Santiago y María Teresa, hicieron sus primeros estudios en Venezuela y Bachillerato en Donostia, cursando sus estudios superiores en la Universidad de Navarra.

Como resumen final, podemos decir que la trayectoria de Mª Teresa Grijalba y los Grijalba en general refleja, en alguna medida, la situación de bastantes chicos evacuados y sus familiares, que tras pasar un tiempo en Francia, se vieron forzados a reemigrar a América.






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