lunes, 6 de marzo de 2006

Negociar

Este texto está dedicado a Borbón, Zapatero, Aznar, Rajoy y todos los demás cavernícolas que conforman la clase política al servicio de la oligarquía española:


Hay que hablar de los motivos de la guerra para acabar con la violencia

Carmen Tapia Torres | Viuda del periodista José María Portel

Brindar con champán por la muerte es un despropósito. Las burbujas transparentes trasmiten alegría, amistad, celebración. Pero brindar por un ser humano que acaba de irse al más allá, colgado en una soga es... No me he propuesto juzgar a nadie hoy. Tampoco quiero desesperarme ante un nuevo atentado de ETA.

Quiero escribir con paz y, por un día, pedir a todos los que me leen serenidad.

Sé que mi cara no saldrá en ninguna manifestación. Sé que ningún compañero periodista --¡a estas alturas!-- va a proponerme una entrevista. Sé que mis principios están en entredicho. Sé que soy políticamente incorrecta. Sé que algunos piensan que tengo síndrome de Estocolmo. Sé que hoy, después de 27 años del asesinato de mi marido, José María Portell, sigo pensando lo mismo. ¿Por qué? Pues no lo sé. Creo que hay instantes en la vida mágicos, misteriosos, sagrados. Son segundos irrepetibles que se detienen en nuestra vida y nos envuelven en un extraño polvo de oro. Un polvo que nadie ve, pero existe. Esa nube dorada desaparece, pero el brillo --o quizá el reflejo-- queda pegado a la piel. ¿Por qué yo perdoné a los asesinos de mi marido? No tengo ni idea. Pero ocurrió. Fue un incomprensible destello que me ayudó a vivir y sigue guiando mi vida.

Comprendo a quien permanece enredado en el odio. Lo comprendo porque, humanamente, el perdón es una fuerza imposible de sentir si no te la regalan. Recibí ese don un día 28 de junio de 1978. Yo tenía 33 años y 5 hijos. A primera hora de ese día de junio asesinaron a mi marido. Era periodista y su único delito había sido intentar un diálogo de paz. Entonces gobernaba Adolfo Suárez, y ya se negociaba la serenidad para esta tierra y para España. Yo quería --y así lo dije en aquel tiempo de triste protagonismo-- que José Mari fuera el último mártir de la amarga cruzada. Pasaron los años y me equivoqué. Hubo muchos más caídos en esta guerra civil absurda. Nada puede justificar la muerte de una persona. Ni ideologías ni libertades ni idiomas ni derechos. Pero ETA lo pisoteó todo y siguió matando. El Gobierno no se quedó de brazos cruzados.

Intentó seguir negociando. Intentó, por todos los medios legales e ilegales, lograr la paz. Por esa paz negoció Adolfo Suárez, negoció Felipe González, negoció José María Aznar y sigue negociando José Luis Rodríguez Zapatero. Eso es verdad. Tan verdad como que asesinaron a mi marido José María Portell. Si alguien lo duda, que se enfrente a mí. Soy capaz de morir (aunque mi muerte no arregla nada) por lo que digo. Si hubiera un juicio de Dios como en la edad media, las llamas no rozarían mi cuerpo, porque digo la verdad más pura y limpia que existe.

Quizá por eso, por todo lo que estoy contando, siento que me abren en canal cuando veo en Madrid, y en tantas otras ciudades, manifestaciones contra la negociación. ¿Quién orquesta este despropósito? ¿Quién dirige a esos corderos sin rumbo? ¿Quién utiliza a las propias víctimas para sus fines políticos? ¡Cómo es posible que esas víctimas no se den cuenta! ¡Cómo es posible que miles de ciudadanos estén dispuestos a seguir un camino de odios y suciedad que sólo persigue poder! No es creíble que puedan caminar sin ojos en las órbitas.

No. No os dejéis utilizar.

No, por favor.

El odio engendra odio.

No os pido que perdonéis, pero sí que avancéis, por vuestros propios hijos, para no tener que perdonar a más asesinos. La violencia debe terminar y el Gobierno lo sabe. Hay que tratar con asesinos; pero esos asesinos son hombres, no dioses. Sólo hay un camino para la paz y es hablar de los motivos de la guerra. Negociar para hacer más fácil el avance en la batalla. Hay que ser guerreros transparentes para conseguir franquear las líneas del enemigo. Los rayos de sol no se pueden tocar, pero calientan la piel. Cada día un poco más, y la paz estará más cerca.



Fuente : El Periódico de Catalunya

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