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jueves, 27 de febrero de 2020

Valencia | Promotores del Golpismo

El esperpento diplomático generado por Iñaki Anasagasti e Iñigo Urkullu al insistir en recibir formalmente a un representante espurio de un autoproclamado presidente es abordado en este texto dado a conocer por Gara:


Jesús Valencia | Internacionalista

Hace aproximadamente un año que comenzó el espectáculo de marionetas titulado “Juan Guaidó”; el intruso que se encarama en una caja y se autoproclama presidente de Venezuela. Lo que parecía un sainetillo del tres al cuarto cobró entidad cuando Trump le concedió su reconocimiento. Dijeron que el mundo daba por buena semejante entronización. Gruesa mentira; de los 193 países que existen, solo 50 secundaron las órdenes del capataz.

El PNV, sin representar a ningún estado ni aspirar a serlo, se colocó de inmediato en la fila de los obsecuentes. Nada extraño; la sumisión del los jeltzales a las directrices norteamericanas viene de antiguo y, si se trata de Venezuela, todavía más. Quienes hacían buenas migas con la IV República, perdieron la compostura cuando la Revolución Bolivariana se asentó; los batzokis nunca han simpatizado con las insurgencias liberadoras de los pueblos oprimidos. Cuando el intruso Guaidó se encaramó al cajón como presidente transitorio, les faltó el tiempo a los jelkides para seguir la pantomima; el Parlamento Vasco se apresuró a reconocer al intruso como legítimo presidente de Venezuela (zorionak, Sr. Anasagasti).

El sainete que comenzó hace un año ha tenido muchos capítulos desde entonces: Guaidó llegó a Cúcuta protegido por Los Rastrojos, pandilleros de armas tomar; hizo el ridículo asomado a la cabina de un camión y acompañado por cuatro malandros; tras el fracaso, hubo de soportar el reproche airado de los gringos; organizó un golpe militar que resultó otro pufo; volatilizó los millones que le regaló USAID; cada vez hay menos gente que secunda sus convocatorias en las que se dedica a pedir bloqueos y bombardeos.

Acaba de concluir la gira que Trump le preparó, incluido recibimiento en la Casa Blanca y homenaje en el Congreso Norteamericano. El emperador pidió a sus incondicionales que le hicieran caso al muchacho con la pretensión de reflotarlo (el diplomático norteamericano Pompeo ha reconocido que Guaidó ya no les sirve). En el Parlamento Europeo, la acogida más efusiva que encontró el intruso fue la del PNV que, como dijo su eurodiputada Izaskun Bilbao, «he experimentado sensaciones emocionantes». Mark Landler –columnista de “New York Times” y reportero en Davos– se quedó con otra impresión: «Parecía un hombre cuyo momento había pasado».

El empeño por resucitar al cadavérico Guaidó explica el afán que ha derrochado el Sr. Anasagasti para que Euskal Herria conceda a un amigo del intruso los inmerecidos honores de embajador. La apretada agenda del lehendakari hizo un hueco para recibir al Sr. Ecarri como si fuera un embajador de verdad. La procesión del santo sepulcro organizada por Trump acabó como el rosario de la aurora: mucho paripé, escasos compromisos y bastante bronca. Maduro le recordó que, en Venezuela, es la población la que nombra a su presidente; y la gente que vio a Guaidó en el aeropuerto lo recibió con abucheos.

La performance organizada por el PNV también ha merecido reproches. A la puerta de Lehendakaritza, los verdaderos amigos de Venezuela recordaron a la fugaz comitiva que los golpistas y sus colaboradores no son bien recibidos en esta tierra. En Gernika le advirtieron al Sr. Ecarri que ellos ya conocen lo que son las bombas y que les caen gordos quienes siguen promoviendo bombardeos. Estos gestos solidarios no han pasado desapercibidos. La Embajada de Venezuela en el Estado español ha destacado el perfil internacionalista de Euskal Herria: «Tierra de ancestros de Simón Bolívar, pueblo digno que lucha por la democracia, por la paz y contra el imperialismo».






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