miércoles, 23 de diciembre de 2015

El Azote de Nuestro Tiempo

Les vamos a compartir al costo este texto acerca de la corrupción publicado en la página de United Explanations, ustedes dirán qué opinan:

¿Por qué algunos países tienen bajos niveles de corrupción?

Si entendemos que la corrupción es uno de los mayores obstáculos tanto para el crecimiento económico como para la redistribución de la riqueza, vale la pena preguntarnos qué hicieron algunos estados como Noruega, Uruguay o Singapur para hacer de la corrupción un comportamiento excepcional.

Andy Philipps Zeballos
En primer lugar, podemos pensar en aquellos contextos donde la corrupción se considera tanto generalizada, porque no está limitada a un sector de la economía o del Estado, como sistémica, porque es más la regla que la excepción. En estos países es muy difícil luchar contra la corrupción debido a su cotidianidad. Es asumido que corromper a alguien y ser corrompido no es motivo de alarma, sino que forma parte del día a día. Entonces, ¿por qué debería parar de comportarme corruptamente si todo seguirá igual y no habrá ningún beneficio ni reconocimiento?  La corrupción en estos contextos se convierte en un problema de acción colectiva: todo el mundo lo hace y es incluso más peligroso denunciar y no seguir el círculo vicioso que “seguir el juego” porque serán muchos a los que les disguste que no sigas el juego resultando, pudiendo convertirte en una especie de chivo expiatorio.

No obstante, hay pruebas que apoyan la idea de que algunos países que hoy podríamos llamar “limpios de corrupción” tenían una corrupción generalizada y sistémica en el pasado. Por ejemplo, Suecia a principios del siglo XIX, Corea del Sur a mediados del siglo XX y Botswana justo después de su independencia de los británicos (1966). Por tanto, sería quizá más atinado pensar que estas sociedades no sólo escaparon de un círculo vicioso reduciendo la corrupción, sino que también lucharon contra un tipo de régimen en el cual el particularismo -decimos lo contrario a universalismo- era la norma.

En este sentido, la politóloga rumana Mungiu-Pippidi señala que el fracaso de las políticas anti corrupción está relacionado con la falta de entendimiento del particularismo como régimen de gobierno y la incorrecta selección de actores corruptos como ‘principales’ (los interesados en controlar) llamados a cambiar dicho régimen. En líneas generales, la corrupción no puede ser combatida efectivamente por el gobierno mismo ni tampoco por un grupo de “expertos” sino por una gran parte de la población creando acción colectiva a través de la cual enfrentar la pequeña y la llamada gran corrupción. Sin embargo, ¿cómo es posible generar una mayoría social que luche por una reforma estructural o una transición hacia “lo universal” o “lo imparcial” cuando la corrupción es más la regla que la excepción y tan pronto como dejes de se seguirla -esta regla- podrías ser duramente sancionado?

Suecia

Siguiendo los ejemplos anteriormente dados, y de acuerdo con el politólogo Bo Rothstein, lo que tuvo lugar en Suecia fue algo apodado (por él mismo) ‘la teoría del big bang anticorrupción’, que básicamente consiste en una aplicación de reformas progresistas en la dimensión de los derechos y libertades del ciudadano y políticas liberales en al ámbito económico en un -relativo- corto periodo de tiempo. Así, la aprobación de un gran número de leyes y políticas sociales (universales) tuvo lugar en tan sólo un siglo (de mediados del XIX a mediados de siglo XX) y, como bien señala el propio Rothstein, “a cualquier lugar que mirases, uno podía observar y verse envuelto por un especie de halo de cambio en toda Suecia” por lo que una conclusión razonable sería que todo este proceso causaría en el individuo una reconsideración paulatina pero profunda de cómo jugar y qué esperar no sólo de las instituciones, sino del resto de la sociedad. Las reformas ‘de arriba hacia abajo’ afectaron al imaginario colectivo tal que corromper(se) se convirtió en un comportamiento no muy bien visto y, finalmente, la menos probable que sucediera.

Corea del Sur

Corea del Sur es otra historia, el país asiático ha sido identificado recientemente como uno de los casos exitosos en el cual el Estado ha orientado, y hasta cierto punto, ordenado la economía a la vez que ha sido elogiado por su pacífica transición de un régimen autoritario a uno democrático durante la década de los 80 por diferentes analistas y organismos internacionales. Asimismo, es bien conocido que entre las dos Coreas, hasta el instante previo a su división, la del Norte era la región que concentraba la industria y la mano de obra más cualificada y que bajo el gobierno de Rhee (1948-1960), la del Sur arrastró graves problemas relacionados con una pobre gobernanza, el estancamiento económico y la corrupción. Si embargo, tal ha sido el progreso del pequeño estado coreano, que hoy es más probable que las empresas ganen cualquier concurso público por medio de un soborno en Hong Kong o Italia que en Corea.

¿Cómo lo hicieron? Y, ¿cómo lidiaron con el obstáculo constante de la corrupción? En términos simples, existió una efectiva combinación entre altos niveles de población cualificada, reformas que favorecían la imparcialidad de las instituciones basadas en la meritocracia y una dirección ejemplar por parte de los líderes del gobierno capaces de, según Hilton L. Root, configurarse en un ejemplo a seguir cambiando su comportamiento más allá de la dimensión retórica. La corrupción se combatió ‘desde arriba’ a través de unas reformas incisivas que no siempre gustaron a todo el mundo, especialmente a aquellos que ingresaban y ascendieron de forma no meritocrática a la función pública.

El dictador Park tuvo que dirigir con ‘mano dura’ sobre todo cuando se trataba de la ‘modernización’ del Estado, siendo este término uno de los más utilizados en su discurso. Hoy, la aplastante mayoría de coreanos está de acuerdo con la idea que sostiene que las raíces del acelerado crecimiento económico y las instituciones eficientes e imparciales se encuentran en las políticas de la dictadura de Park centradas en la meritocracia, mayor cualificación y largo-placismo en la función pública.

Botswana

Por su parte, hoy Botswana posee el tercer más alto ingreso per capita en toda África y puede ser comparado con Costa Rica o Estonia como uno de los recientes casos de desarrollo realizados con éxito. Aunque es bien conocido que este país africano es rico en recursos naturales y que ésta es una de las primeras razones que podría explicar su rápido crecimiento económico, es justo decir que unas prácticas limpias y transparentes en su gestión pública han podido jugar un papel incluso más importante para dicho desarrollo.

De nuevo, dos elementos importantes se dieron cita para este tipo de gestión desde su independencia: una forma de jerarquía tribal meritocrática la cual impedía a malos gobernantes tomar el poder y permitía a los más talentosos ocuparlo, y una noción de nación compartida por los integrantes de Botswana construida a través de la educación (en inglés) en gran parte del estado. Esto permitió dotar de las condiciones necesarias para que eventualmente las normas informales “encajaran” en las modernas y formalizadas normas.

En segundo lugar, a pesar de la pluralidad étnica, la centralización del Estado permaneció como legado del pasado colonial lo que fue útil en términos de eficiencia y eficacia tanto política como burocrática. Por ejemplo, a la hora de aprobar una ley que resguardará el derecho de propiedad y explotación del total de los minerales y demás recursos encontrados en el subsuelo, para la nación de Botswana y no para los grupos tribales que de algún modo estaban representados directamente también en las instituciones. “Afortunadamente”, los recursos obtenidos sirvieron, como cuentan los economistas Acemoglu y Robinson, para mantener una relativa igualdad entre las gentes del país y dar mayor impulso al proceso de centralización del estado ya que, además, los ingresos por la industria del diamante ya podían ser utilizados para mejorar la burocracia, infraestructura y, sobre todo, invertir en educación.

Todos estos esfuerzos de mantener al país políticamente unificado buscaron extender un sentimiento de identificación nacional, fomentar la eficacia de las instituciones importantes para la élite gobernante y, por último, implementar instituciones independientes que funcionases como ‘watchdogs‘. En este país, a diferencia de la mayoría de países subsaharianos, el ejecutivo tiene, desde la independencia, unos servidores públicos políticamente neutrales que aplican políticas, estrategias y programas de desarrollo que incluyen, entre otras cosas, seguir con la contratación meritocrática de personal público sin ningún tipo de discriminación o favoritismo, lo que ha sido clave para la gran transformación del estado y la inclusión de sus gentes.

Exportación del modelo a otros estados

Por lo tanto, puede ser sugerido que en lugar de pensar que la cultura puede ser un obstáculo para crear sociedades menos corruptas, es más importante centrarse en cuán rápido conseguimos instituciones eficaces e imparciales basadas en la meritocracia (entre otras), que a su vez se alimente de una población altamente educada. En segundo lugar, debemos pensar que empezar el -conocido como- círculo virtuoso (menos corrupción, menos desigualdad, más confianza y políticas públicas universales) es como empezar no sólo un cambio de régimen  donde el gobierno y la sociedad civil se interpelen y creen una relación que se retroalimente.

No obstante, la literatura existente identifica que, en cierto grado, un gobierno valiente y fuerte puede por sí mismo llevar a cabo reformas estructurales imposibles de hacer de manera rápida y efectiva consultando a cada grupo de interés que posiblemente intenten continuar en su ‘equilibrio corrupto’. En tercer y último lugar, no existe una única manera de luchar contra la corrupción ni existe un país que haya tenido éxito en la lucha contra la corrupción solamente siguiendo las estrategias que solamente tome la corrupción como fenómeno aislado o compartimento estanco, sino que está más relacionado con un proceso histórico marcado por la lucha de fuerzas entre actores internos que traigan consigo, al menos, políticas sociales y universales, una especie de liderazgo visionario y un reclutamiento meritocrático de los funcionarios públicos.





°