sábado, 26 de noviembre de 2016

El Pueblo que No se Fue

Les compartimos este reportaje publicado en Deia aclarando que para los colaboradores de este blog nos parece que no se debiera usar el término nacionalismo para referirse al deseo del pueblo vasco por recuperar su soberanía.

El deseo del pueblo vasco por recuperar su soberanía se manifestó recurrentemente mucho antes de que surgieran los nacionalismos que caracterizaron a la Europa de los siglos XVIII y XIX. O sea, los vascos no son nacionalistas, son soberanistas. Tampoco son separatistas pues nunca han formado parte como tal de la identidad española. A lo más son unionistas, pues quieren que resurja la Euskal Herria histórica, la Nabarra Osoa, hoy divida en cuatro entidades políticas.

Dicho lo anterior, aquí tienen el reportaje:


Fueron varios los intelectuales que desde el siglo XVIII vaticinaron la muerte del pueblo vasco y de su lengua, el euskera; algunos con pena, otros con regocijo. Sabino Arana inició el camino que dejó aquellos augurios en papel mojado

Xabier Ormaetxea

Los nacionalistas vascos, al igual que todos los nacionalistas que en el mundo defendemos la existencia de pequeños pueblos, tenemos una deuda de agradecimiento con el filósofo J. G. Herder, considerado como el padre de las nacionalidades. Herder, en su principal obra Ideas para una filosofía de la Historia de la humanidad, escrita en 1791, en la que repasaba las distintas naciones que existían en el mundo, dedicó un breve capítulo a los vascos que concluye: “Sería de desear… que como Mac Pherson entre los galos, surgiera otro Larramendi que entre ellos investigara los rastros de su antiguo espíritu nacional vasco”. Parecería que Herder adivinaba el proceso de decadencia nacional que afectaba al pueblo vasco.

El fundador de la Universidad de Berlín y celebre etnógrafo W. Humboldt nos visitó en 1799 y 1801 dejándonos una inapreciable descripción del pueblo vasco, su cultura y costumbres, pero se mostraba muy pesimista en cuanto a nuestra pervivencia cultural: “Las lentas influencias preparan tanto más seguramente el ocaso a su singularidad nacional y mucho más pesimista aún sobre la pervivencia del idioma: en menos de un siglo quizá habrá desaparecido el euskara de la serie de lenguas vivas”. Para Wilhem Humboldt la desaparición de la nacionalidad e idioma vascos se produciría irremisiblemente antes del siglo XX.

Cofundador de la ideología marxista y comunista, Friedrich Engels, tuvo en 1849 el detalle de referirse a escoceses, bretones y vascos denominándolos basura de pueblos que se convierten una y otra vez hasta su extinción o desnacionalización en portadores fanáticos de la contrarrevolución. Lejos de desear nuestra salvación nacional o pervivencia anunciaba que una próxima guerra mundial haría desaparecer de la faz de la Tierra a pueblos reaccionarios enteros. Lo cual también es un progreso.

Élisée Reclus, celebre pensador anarquista, y creador de la geografía social, nos dedicó en 1867 un extenso artículo titulado Los Vascos, un pueblo que se va. Este artículo, elogioso en muchas de sus partes, viene a ser una especie de epitafio o elogio funerario a un pueblo que estaba, según el autor, destinado a desaparecer irremisiblemente absorbido por España y Francia.

Por último, y para no abusar de las citas, mencionaremos el celebérrimo discurso de Miguel Unamuno en 1901: “Eres un pueblo que te vas; (...) estorbas a la vida de la universal sociedad, debes irte, debes morir, transmitiendo la vida al pueblo que te sujeta y te invade. (...) esa lengua que hablas, pueblo vasco, ese euskera desaparece contigo; no importa porque como tú debe desaparecer; apresúrate a darle muerte y enterrarle con honra, y habla en español”. Lejos de ser ese discurso un hecho aislado y anecdótico, don Miguel publicó de forma reiterada en diversos medios de comunicación y periódicos esas tesis que abogaban decididamente por la eutanasia étnica y cultural para el pueblo vasco.

Si ya de por sí, repasando todos esos negros augurios, cualquier observador del siglo XIX hubiera tenido claro que íbamos derechos al camposanto de las culturas, las circunstancias históricas de las guerras carlistas y las leyes abolitorias forales no hicieron sino acentuar el declive de un pueblo abocado a la desaparición.

Agresiones internas

Muchas veces se trata de justificar ese declive únicamente con agresiones externas, que evidentemente las hubo, pero la tragedia no son esas agresiones externas sino las internas. El triunfo de las tendencias aniquiladoras se dan cuando se lleva a un pueblo a la consciencia de que la desaparición de la cultura propia es un bien en sí mismo y tiende por tanto a adoptar la cultura e idioma del pueblo vecino pensando que lo que recibe es mucho mejor que lo que pierde. Cuando los propios padres imponen a los maestros que extirpen el euskera de sus hijos por los medios que sean y les hagan imitar la cultura castellana convencidos de que eso les dará más oportunidades en el futuro, cuando en amplias parcelas de la sociedad se impone la idea de que el euskera es un idioma de campesinos, válido para hablar de tareas del campo pero inservible en el entorno urbano e incapaz de servir como vehículo de cultura y progreso.

En medio de ese panorama surgen algunas voces que tratan tímidamente de paliar el desastre organizando juegos florales, e incluso voces que cantan con dolor el fin de los tiempos, como el poeta Arrese Beitia que en sus sentidos versos declama: Euskera hil ezkero, ez nuke nahi bizi (si el euskera muriese, no quisiera yo vivir), pero en todo esto no puede verse más que los estertores de una agonía anunciada a lo largo del siglo. El devenir de la historia estaba fijado y el curso de ese río no tenía posibilidad de modificarse en otra dirección.

Jaio nintzan ni, zure il orduban eltzeko?, (¿he nacido para asistir la hora de tu muerte?). Este sentido verso, viene a resumir la percepción de un joven Sabino Arana ante la situación dramática de un pueblo vasco derrotado, y humillado y que él contempla como a punto de rendirse frente al destino de la historia. La tarea que se impone junto a su hermano y mentor, Luis, parece imposible: restaurar el orgullo nacional vasco, cambiar el curso de la historia, dar vida a lo que algunos se disponían a enterrar. La primera vez que expone sus nuevas ideas en público ante un grupo de conocidos en el txakolí Larrazabal, obtiene un rechazo como respuesta y que algunos lo insulten y lo tachen de loco. Sabino y Luis regresaron cabizbajos a su casa de Abando, pero lejos de darse por vencidos deciden dedicar sus vidas y patrimonio a poner en marcha su proyecto.

Lo primero que es necesario para crear un orgullo nacional propio, es poner en evidencia y ridiculizar al modelo de imitación que existía, atacar lo que Sabino denomina ideas extranjeristas y ello explica por qué en su primera publicación periódica, el periódico Bizkaitarra (1893-1895) nos encontraremos con un antiespañolismo radical, mordaz y que solo poniéndolo en su contexto histórico podemos entender. La estrategia consigue dar sus frutos y ese espíritu nacional consigue despertar en amplias capas de nuestro pueblo organizándose un movimiento de masas que empieza a cosechar éxitos políticos y poner nerviosos a los poderes del Estado. Tras la clausura de Bizkaitarra, se iniciará un nuevo proyecto, el Baserritarra, que ya no tendrá el marcado tinte antiespañol de aquel.

Estilos duros

Aún hoy en día, muchos solo muestran o quieren ver esa primera etapa de Sabino Arana de Bizkaitarra que duró poco más de dos años, y a la que el propio Sabino se refiere en carta a un amigo en 1897: “Lo que tuvo de duro en la elección de materias y en la forma de tratarlas, fue necesario entonces. Hoy sobre todo en Bizkaia, ya no haría falta hablar contra España”.

No podemos obviar que el estilo literario y periodístico de la época era muy duro, y que en tiempos de Sabino sus palabras y el uso del término raza, que se empleaba como equivalente a nación, no producían ni mucho menos el rechazo que produce hoy. El propio Sabino Arana reconocía en carta a su amigo Engracio Aranzadi Kizkitza que la imagen que se había forjado no se correspondía con su forma de ser: “Y yo mismo, que a los ojos de los que no me conocen debo de ser una fiera que no puedo estar más que riñendo con todos, yo escribiría hoy un periódico en el que nada, lo más mínimo, se dijese contra España”.

La idea de atacar el modelo de imitación se había vivido no hacía tanto en España cuando se denigraba todo lo afrancesado, tal y como lo refleja Benito Pérez Galdós, poniendo en boca de un personaje de su novela El equipaje del rey José: “Los franceses han traído acá la idea de cambiar nuestras costumbres, de echar por tierra todas las prácticas del gobierno de estos reinos, de mudar nuestra vida, haciéndonos a todos franceses, descreídos, afeminados, badulaques, tontos de capirote y eunucos”.

Supongo que en la España que llama gabachos, franchutes y guiris a los habitantes del vecino país esas palabras producirán risa hoy en día, y dirán que son cosas de aquella época.

Logrado el objetivo propuesto, despertar el orgullo nacional, el nacionalismo vasco pudo iniciar el trabajo en las instituciones, el renacimiento cultural, la acción política. Lo que parecía imposible, es decir, cambiar el rumbo de la historia se hizo realidad. Pocas veces en la historia de la humanidad ha sido posible un fenómeno de ese calibre y solo un auténtico Titán podía obtener tal resultado.

Comenzaba el artículo recordando el augurio expresado por Johan Gotfriend Herder en 1791 de que entre los vascos surgiera otro Larramendi que investigara y revivificase el antiguo espíritu nacional vasco. Cien años después de que escribiese esas palabras en su lejana Koenisberg surgió nuestro Sabino de Arana y Goiri y aquel pueblo que se iba, decidió que no quería morir, se puso en pie como nación y hoy, en pleno siglo XXI, mira al futuro con optimismo.





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