domingo, 19 de junio de 2016

Esparza Zabalegi | El Encanto de Madrid

En camino al proceso electoral en el estado español, les compartimos este texto publicado en Naiz:


Siempre fuimos un país chiquito. O los vecinos fueron más grandes. Tuvimos un Estado chico, progre en aquella sazón, pero vinieron unos abusones con más bulas, picas y arcabuces y, como decía Alesón, «nos borraron del catálogo de las naciones».

Jose Mari Esparza Zabalegi | Editor

Tras los tercios del Duque de Alba trajeron la Inquisición y las mazmorras de Logroño fueron la primera dispersión para los vascos heréticos.

Unos quedaron yertos en Noain o Amaiur, otros fueron al exilio a conspirar y otros, medio esclavos, levantaron para los conquistadores la Ciudadela de Pamplona. Los más prácticos transaron. Donde no se puede segar, se espiga. La bella Universidad de Salamanca, el encanto de la Corte… comenzaron a hacernos españoles. El miedo español a la secesión vasconavarra aflojó los dogales, y pudimos mantener los Fueros durante 300 años gracias a tres sustentos: unos se llevaban bien con Madrid, otros seguían amagando con Francia y todos defendían la casa política común, los fueros, usos y costumbres.

Los vasconavarros demostraron que, incluso con retales de la independencia, sabían levantar una sociedad más próspera y menos tétrica que sus dominadores meridionales. El genio creativo y trabajador del país siempre reflotaba. No hay un solo viajero que cruzara Euskal Herria entre el siglo XVI y el XIX que no se admirara de su progreso y de su progresía; de su igualitarismo; de su sentido de la independencia. Los Fueros eran ejemplo para la Europa que quería salir del absolutismo. Los vascos, ejemplo de democracia para Rousseau, John Adams, Víctor Hugo, Mérimée, ¡tantos!

Éramos las provincias forales. Exentas. Gemelas. Libres. Estábamos más cerca de Francia que de Madrid y el miedo al secesionismo guardaba la viña. Hasta nos trocaron por la isla Santo Domingo cuando casi nos marchábamos en 1795.

Tras la Revolución Francesa, París se metió Iparralde en el bolsillo con la zanahoria de la fraternité y el palo de las deportaciones. Al sur de los Pirineos también se partió el alma del país. Unos querían mantener los Fueros dentro de una España constitucional. Otros dejarlos igual. Todos perdieron: las fronteras del Ebro, las Cortes, las quintas, los comunales, todo fue parejo. Unidad constitucional y punto: unas solas Cortes, una sola Ley, un solo Gobierno. Hoy liberal, mañana conservador, quizás pasado mañana federal. Pero siempre español. Un mismo imperio, un Ejército, una escuela, una Iglesia, una Guardia Civil. ¿Fueros? Aldeanadas.

Cuando ya no hubo fusiles que defendieran la foralidad vasconavarra vino el momento de la reflexión. Muchos dejaron de mirar a Madrid: ya vale de blancos y negros nos dijo Campión. Había que hacer país, votar país. Ya bastaba de tribunos castellanos, que nos vendían humo y se llevaban la leña. «Esta es nuestra Patria» dijo a su vez un controvertido vizcaíno que además miraba largo: «Y aquella es la patria de los tagalos, y aquella de los cubanos y aquella otra de los rifeños». ¿Por qué seguir apostando por un imperio español, retrógrado, opresor, militaruno, que imponía hasta los maestros en un país que siempre tuvo menos analfabetos que su opresor?

Pero seguíamos siendo chiquitos. No teníamos la fuerza violenta y centrífuga que precisa el parto de las naciones. Ni armas estratégicas. Ni distancias ultramarinas. Y de nuevo caímos en los encantos de la metrópoli, en las carantoñas de nuestro antiguo violador. Además, la República nos traería la autonomía, el socialismo, la democracia. Entonces sí que podríamos ser españoles sin que nos diera asco. Y España, la verdadera, la eterna, nos llenó el campo de fosas.

Hace medio siglo, en pleno franquismo, los vascos se reinventaron. Mezclaron la tradición patriótica del país con la marea planetaria que desde 1917 paría revoluciones socialistas en todo el mundo. Matalas, Saseta y Guevara eran próceres del mismo sueño libertario. Y Argala su profeta. El lauburu se fundió con la estrella roja y la España oprimida tuvo en el independentismo vasco su principal aliado. Euskal Herria, martillo del fascismo: Burgos, Txiki y Otaegi, Carrero… Sin mirar a Madrid fuimos organizando un país, o la mayor parte del mismo. Había que lograr una mayoría sindical, una hegemonía soberanista, una estructura educativa, unos medios de comunicación propios, un movimiento popular autóctono… Cuanto más voto abertzale, menos fascismo, más libertad. Si en el siglo XIX la Vasconia foral había sido ejemplo para la España federal, el modelo vasco rupturista podía ser modelo para la España democrática. Y de hecho, hubo café autonómico hasta para quienes nunca lo soñaron.

Pero Euskal Herria seguía siendo chiquita y España una y grande. Y cuando parecía que este país dejaría de votar a Madrid, vino el felipismo sacando conejos de la chistera: OTAN no, autodeterminación, socialismo… Luego, les bastó convertir Andalucía en un pesebre para uncirnos de nuevo a su yugo electoral.

Treinta años después, habíamos conseguido que la izquierda y la derecha española fueran minoría en nuestro país. Un triunfo histórico, aunque desde Madrid continuaran tratándonos como una colonia: ¿Tenéis autonomía fiscal? Pues os convertimos en el territorio con las menores inversiones del Estado. ¿Elaboráis leyes progresistas? Pues os vetamos hasta la del auzalán. ¿Los abertzales avanzan en Navarra? Pues os quitamos los cuatro canales de televisión vasca, para que sepáis quién manda aquí.

Y en este momento, cuando los catalanes nos iban enseñando la puerta de salida de un Estado en bancarrota, es cuando salen de nuevo los ilusionistas de la chistera a convencernos de que votando a Madrid podemos solucionar nuestros problemas. Y para doblegarnos ya no envían batallones (que ahí siguen, amenazantes) sino que entran en nuestros hogares, arrasando de manera obscena y tóxica, por poderosos canales de televisión en los que vascos y catalanes ni existimos. Calvo Sotelo hoy estaría feliz: antes una España morada o roja, que rota.

Por suerte, los nuevos felipistas parece que vienen con ciclos más cortos. Cada vez que abren la boca enseñan un poco más su patita española, su patria, su bandera. Y su izquierdismo de plató acabará en cuanto el dueño del local les apague las luces. Al tiempo.

Pero ahora Madrid es de nuevo la capital encantadora de Euskal Herria y no queda otro remedio que aguantar esta nueva bochornera carpetovetónica. Ya pasará, como pasaron, salva sea la comparanza, las huestes de Cisneros, el caballo de Espartero, el bigote de Franco, los cigarros de Carrillo y los tahúres del Señor X. Una etapa más antes de conseguir que nadie en Madrid, sea blanco, morado o rojo, decida sobre este país, tan chiquito cuan insumiso y libre.




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