lunes, 28 de abril de 2008

Silencio Liberador

Este artículo ha sido publicado en inSurGente:


El silencio de los acusados

Antonio Álvarez-Solís

Me pregunto ¿qué sucederá cuando las cárceles empiecen a llenarse de silenciosos seres acusados de supuestos, vaporosos y absurdos delitos como expresar su razonable deseo de independencia, mantener la noble lucha contra la tortura o cometer esa increíble y grave infracción de reclamar una consulta a la ciudadanía? ¿De qué color tendrá que pintar su fachada un Gobierno cuando haya de comparecer ante el mundo como protagonista de esa inmensa degradación moral? Cuando los procesados por pertenecer al movimiento pro amnistía vasco decidieron callar ante la acusación fiscal hecha en un tribunal sin más sentido que convertir la política en una pretendida inocencia forense supe que el Sr. Zapatero, como portavoz de los suyos y de los «populares», se había introducido en la batalla de los lagos masurianos, en que la caballería teutónica pereció al ceder el hielo bajo el peso de sus caballos de hierro.

El silencio de los procesados resonará en toda recta conciencia y el escandaloso eco alcanzará otras fronteras. Callarán los procesados, pero hablarán las piedras. Consideraba los planos primeros de la vista cuando me ocupó el recuerdo aquella escena de «Gandhi» en que los independentistas hindúes avanzan desarmados y en prietas filas hacia las fuerzas británicas que los abaten a palos. No era aquel Gandhi el filosófico tejedor, sino un Gandhi armado con la razón que encendía la hoguera del escándalo universal. Claro que ahora se trata de veintisiete vascos nada más, aunque decenas de compatriotas suyos ingresan estos días silenciosamente en las cárceles españolas golpe a golpe y verso a verso. Pero cuando todos los futuros aprisionados renuncien a su defensa por considerar que no se deben a leyes extranjeras ¿qué hará el Gobierno de Madrid? ¿Qué hará con ese clamoroso y vindicativo silencio?

Andaban los republicanos españoles a las puertas del 14 de abril de 1931 cuando, durante una conferencia de prensa, el director general de Seguridad del Gobierno Aznar recibió en susurro la noticia de que en aquel instante habían sido detenidos los componentes de la Junta republicana que aún quedaban libres. Volviose el director hacia el comisario que le comunicaba la pírrica y nueva victoria gubernamental y murmuró abatido: «No sabemos qué hacer con los que tenemos dentro para que ustedes añadan ahora estos últimos». La monarquía ya no podía digerir a sus prisioneros. Si la tradición política española no estuviera deformada por cárceles y promesas imaginarias de victorias mediante la violencia, el Sr. Zapatero sabría que sus jueces reales le están haciendo un mal servicio. La represión sólo cobra algún tanto apreciable cuando los reprimidos admiten alguna suerte de dialéctica, pero cuando éstos callan, la represión queda desnuda ante si misma y en la profundidad de los espíritus que la defienden y amparan surge la chispa mortal de la duda acerca de la justicia que tan burdamente se practica. La represión necesita para liberarse de su propia lubricidad un tubo de escape, una participación siquiera verbal del reprimido. Y eso lo han hecho ya imposible los que dignamente han callado ante el tribunal, cargando con su silencio y sobre la espalda de los magistrados el solitario peso de la conciencia. Valga ahora recordar a «La Codorniz» cuando sentaba que en la puerta de la conciencia de muchos hombres, esa insobornable finca interior, debía fijarse un cartel que dijera: «Cuidado con la conciencia; remuerde».

¿Qué hará el Gobierno de Madrid con todos estos vascos a los que solamente se puede acusar de connivencia con el terrorismo mediante elementales y fantasiosos informes redactados por la Guardia Civil o por una policía que no sabe siquiera dónde tiene a los condenados por crímenes repugnantes de violencia doméstica? ¿Qué valen esos informes en que se aprovecha una frase para construir una historia truculenta o una llamada telefónica para derivar nada menos que la existencia de una trama interminable? Es más, si esa trama existiese con la densidad que al parecer demuestran las detenciones no se podría hablar de una «banda», sino de una sociedad en pie de guerra. ¿Y es eso lo que, paradójicamente para su causa, quiere demostrar el Sr. Zapatero desde el Madrid que sobrevuelan una día y otro los helicópteros a la caza de gente armada con intenciones de ataque? ¿Ante qué realidad estamos? ¿Ante los restos de una organización terrorista en extinción o ante una creciente voluntad popular rebelde, nutrida de razón y número, que exige amplias salas para sentar a los acusados? Aclárelo el Sr. Zapatero, pero no para embridar a los jóvenes con la promesa ratonera de un Ministerio o con el empleo de una exangüe retórica sobre la España eterna, hecha de cereal y derrota, sino para iluminar la situación a esos ciudadanos sensatos que empiezan ya a dudar, desde esa misma España, si lo que acontece no es una consecuencia más de una teología política de barrio. Es malo que la política sea envuelta con la toga. Malo para la política y para la toga, porque los mismos jueces han de comparecer ante una silenciosa sociedad que empieza a pesar con su balanza la abundancia de unas detenciones y la laxitud e impotencia para otras actuaciones forenses.

En el actual juicio que se celebra en Madrid ha surgido la postura que quizá no esperara el Gobierno español: la que apareja el menosprecio hacia una jurisdicción extranjera y a la vez se muestra con la dignidad de nación distinta. Y eso tiene una escasa luz en el núcleo de su ignición, pero esparce una larga onda explosiva. Quizá los vascos estén ahora poniendo en las pantallas de sus casas la película «Gandhi» para observar la escena en que unos pelotones ingleses apalean a los hindúes que marchan contra ellos en silencio y sin más armas que la razón de su causa y la voluntad de su historia. Ya sé que algunos me dirán que el silencio tiene apariencia de debilidad, pero no hay, y así lo demuestra la historia, arma más eficaz que convertir con constancia y determinación el propio sufrimiento nada menos que en una palabra expresada en el gesto radical y solemne de silencio.

Torpe, Sr. Zapatero, torpe el paso de su gobernación. Y torpe, más torpe aún, el paso de quienes creen que adoban el futuro de su pueblo hacia la libertad con ininteligibles relaciones en que se unen, aunque no sea en muchos casos conscientemente, la contumacia con la contumelia. ¿O es en algunos casos consciente tal postura? Cada cual tiene el alma en su almario y sabrá a dónde le guían los pasos mientras agitan las palmas de bienvenida a una paz que desagua ahora en las prisiones y los tribunales.

¿Cuánto aguantarán tantos espectadores este espectáculo con leyes disolventes, espesas causas judiciales y agraviantes operaciones policiales? Hablo del público que se acomoda en la platea del exterior. Ya sé que estas políticas también se prodigan en otros países, pero en esos países la clase dirigente y aún la masa conservadora suelen lavarse sus manos pecadoras con la denuncia de situaciones semejantes que se producen más allá de sus fronteras y, obviamente, ¿qué denuncia más notable y purificadora que la del suceso vasco? Sr. Zapatero: en la represión de Euskadi va a encontrar usted pocos aliados externos, sobre todo europeos, y muchos inconvenientes que acabarán por pudrir su gobierno. Seguramente los que han repudiado ahora al tribunal que los juzga le han servido un plato envenenado. Constituye una torpeza insigne recurrir una vez más a la desgraciada y catastrófica doctrina Weyler en Cuba. Usted puede empujar a la simbólica manigua a muchas almas que deberían ser atraídas por una política con luz y taquígrafos. Nada se gana con armarlos de silencio.




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