miércoles, 23 de abril de 2008

Circunstancial

Este texto ha sido publicado en Rebelión:



Las mías circunstancias

Sabino Cuadra Lasarte


La idea de que todas las personas son iguales no es sino una ficción. Si Ortega y Gasset no lo hubiera dicho, lo habría afirmado cualquier otra persona más pronto o más tarde: «Yo soy yo y mis circunstancias». Mientras el entorno social de cada cual sea distinto, los «yo» resultantes serán también diferentes.

Tan solo ante las constituciones y los dioses las personas son iguales, pero nada hay más falso que aquellas y éstos. La familia real y la mía no se parecen en nada. El Papa y una creyente tampoco. Las democráticas constituciones europeas se escribieron en el siglo XIX mientras sus ejércitos conquistaban el mundo a sangre y fuego en nombre de su superior civilización. La Iglesia católica, a su vez, es el mayor canto a la desigualdad existente. Farsa, todo farsa. Sin cambiar las circunstancias los «yo» nunca serán iguales.

A su vez, las circunstancias de cada cual no son solo «circunstanciales», es decir, situaciones específicas que influyen en una conducta concreta. Las hay también que son «estructurales» y nos condicionan de forma colectiva y permanente. Así, la razón de que cada año varias decenas de mujeres sean asesinadas por sus maridos, compañeros o ex, y que miles de ellas padezcan diariamente malos tratos (lo contrario no se da apenas nunca), más allá que en las circunstancias que rodean a cada agresor, debe buscarse en un sistema social, familiar, patriarcal que supura este tipo de personas habitualmente.

En Euskal Herria vivimos un conflicto cruento que atraviesa todos los ámbitos de la vida social y política. Hay muertes, torturas, atentados, amenazas, represión, cárceles... Alrededor de cada uno de estos hechos, sea cual sea el color de los mismos, hay indignación, llanto, incomodidades, odio... La violencia y el dolor que cada hecho conlleva es lo que los asemeja. Las circunstancias que rodean a cada uno de ellos es lo que los diferencia.

Llevamos treinta años trabajando para que se haga justicia con la muerte a manos de la policía de Germán Rodríguez. Treinta años parejos de impunidad y burla.

Conozco al sobrino de una vecina al que se le imputó, junto a otras personas, la muerte de un concejal en Leitza. La base fue la declaración «libremente» prestada tras su detención. Tras varios años de cárcel, surgieron pruebas que mostraron que era inocente. Entonces quedó en libertad. Nadie, sin embargo, le ha resarcido por ello ni ha investigado por qué, sin ser cierta, se prestó aquella «voluntaria» declaración por la que le podían haber caído varias decenas de años de cárcel.

Otra vecina de escalera lleva ya trece años de cárcel a sus espaldas. Desde hace varios padece cáncer y otra grave enfermedad más, pero le niegan el derecho a la excarcelación que la propia legislación le otorga.

Tengo también amigas y compañeros de Zumalabe, Batasuna, «Egin», etcétera, que están presas, acusadas o condenadas de pertenecer a ETA, a pesar de no haber tenido nunca relación con ella.

A otro amigo, el pasado enero, lo pusieron en libertad tras cumplir veinte años de condena. No tenía delito de sangre alguno. Tras dos meses en la calle, le dicen ahora que han hecho mal las cuentas y que tiene que cumplir cinco años más. Lo afirman sin rubor ni base legal alguna. Se encuentra ahora en busca y captura.

Puedo poner más ejemplos cercanos, pero creo que son suficientes.

Por supuesto que existen personas -¿por qué no?- rodeadas de casos tan graves como los señalados, sólo que de signo «contrario». Gentes que han visto morir a familiares suyos a manos de ETA, que tienen que vivir con permanente escolta, que han sufrido daños de todo tipo en distintos atentados, que ven perseguida también su actuación política... Pienso que todas las lágrimas que se vierten frente a un muerto van rodeadas de una carga similar de indignación ante esa vida que les ha sido arrebatada. Por eso mismo no se puede despreciar el dolor de nadie, sino todo lo contrario.

Pero así como todos los «yo» y todas las vidas llevan aparejadas unas circunstancias que las hacen diferentes, otro tanto ocurre con las violencias que nos rodean. La circunstancia «estructural» que las hace distintas es la legalidad. Hay violencias que son legales y otras que no lo son. Así, entrar disparando a los tendidos llenos de una plaza de toros y arrasar una ciudad, Iruñea, en los sanfermines de 1978, matando a un joven, es legal. Hay, incluso, una sentencia que lo dice. Nadie respondió por aquello.

Por el contrario, quemar un cajero automático, sean cuales sean tus intenciones al respecto, te convierte en miembro de ETA. Si las cámaras te han grabado (el comisario Rubio fue fotografiado pistola en mano en medio de la plaza de toros, y no le pasó nada), sufrirás detención, interrogatorio contundente (puede incluso que confieses delitos inverosímiles) y posterior condena. Son cosas de la ley y sus tribunales. Pero la ley y la justicia no son la misma cosa. Tampoco el orden público debe confundirse con la paz.

El partido en torno al cual surgió el GAL, el PSOE, impulsa hoy mociones «éticas» de condena de la violencia en los ayuntamientos vascos. Le secunda el otro partido, PNV, con el que compartía mesa y mantel en Ajuria Enea mientras sucedía todo aquello. Para ellos, las torturas hechas en comisarías y cuarteles -Amnistía Internacional dixit- no son obstáculo moral para ir de nuevo de la mano mermando lo poco que supervivió a las leyes y sentencias que convirtieron, de la noche a la mañana, lo legal en ilegal.

Ellos juegan con ventaja. Tienen constituciones y leyes; nosotros no. Ellos cuentan con ejércitos y policías; nosotros no. Sus banderas y lenguas son obligatorias; las nuestras marginadas. Sus medios embellecen lo propio y satanizan lo ajeno; los nuestros están cerrados. Sus partidos disfrutan de todo tipo de prebendas, los nuestros de todo tipo de persecución.

Ya, ya se que existe la violencia de ETA y sus atentados. El dolor que se deriva de todo ello es evidente. Pero sacar a relucir la ética y la moral solamente cuando se mira hacia un lado, haciendo tabla rasa de todo lo anterior, me parece muy poco ético y moral. Claro está, como en tantas cosas, cada ética y cada moral son también ellas mismas y sus propias circunstancias.




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