domingo, 29 de junio de 2008

Ser Libres

Este comunicado ha sido publicado hoy en inSurGente:



Ser más libres para ser totalmente libres

Euskal Herriko Komunistak



Libertad se define como la capacidad de autodeterminación.

Ser libres supone poder decidir integralmente sobre nuestra vida, sin más limitaciones que las libremente elegidas en la línea de nuestra propia identidad (esa línea de avance vital personalmente asumida).

No sería posible pensar en libertades colectivas al margen de las libertades personales.

No es posible la libertad de elección en lo exterior, lo político, lo institucional al margen de una libre elección de las relaciones sociales, las relaciones de producción y en definitiva de dominación; entre los integrantes de una sociedad. No puede ser libre una nación si en su interior permanecen las relaciones de dominación.

Por todo ello, y sabiendo de las posibilidades, los imprevistos y los puntos débiles de la cadena de cambios, podemos analizar un cambio puntual en la historia, en relación al desarrollo, libre o hipotecado, de todo el proceso.

Necesitamos ser más libres para ser totalmente libres.

La larga experiencia que nos precede, explica cómo violencia y política han sido elementos consustanciales de la dialéctica entre dominantes y dominados, que trasciende la historia de la humanidad. No se puede siquiera mencionar la palabra “ética” ignorando esta incontestable y desproporcionada realidad.

Pero en estos tiempos de utilitarismo y pragmatismo (ideologías de poder), también la “moral” tiene su valor de cambio. Y la “falsa contradicción” elaborada en los laboratorios del Estado y propagada hasta la saciedad por sus aparatos ideológicos (PP, PSOE y…) ha calado hasta el tuétano del mundo político recreando una realidad virtual en la que se sataniza como “terrorismo” lo que se enfrenta, o pudiera enfrentarse, lo que no se alinea o no comulga incondicionalmente con los parámetros de los “demócratas del eje del bien”. Las falacias mil veces repetidas por el poder mediático han contribuido a esta “ética unilateral”, último triunfo del viejo Leviatán sustituto de dios y fuente de toda moral y derecho, que exige de la sociedad civil la sumisa adhesión a sus sentencias y condenas.

Y Euskal Herria continúa luchando por un espacio de libertad, al igual que aquella patria que Marx quería, para los trabajadores sin patria, en el Manifiesto de 1848.

¿No es ésta la auténtica contradicción que se necesita plantear para resolver el contencioso vasco?

La reducción simplista a un asimétrico enfrentamiento entre “demócratas y violentos”, nacida en las cavernas del Estado, sólo tenía un plan: romper un frente vasco no asimilable por el Estado y desviar la atención para criminalizar un proceso de liberación.

Asumir la falsa contradicción, o no acertar con el auténtico centro del contencioso, el que nos enfrenta a los vascos con Estados que no permiten realizar libremente la “libre voluntad de todos los vascos sin exclusiones territoriales”, sería una trágica irresponsabilidad histórica.

Solamente una magistral inversión de la realidad, podía crear la cómica imagen de la “heroica guerra de reconquista” de un Estado “víctima de ETA”, de altos dignatarios, jueces independientes y pobres empresarios acorralados. Las cutres cátedras de tertulianos, comprados y jaleados por el sistema, han hecho su trabajo de voceros. Las “obediencias debidas” de tibios opositores, en esa línea general de travestismo, son un ridículo fin para históricas formaciones nacidas para dignas causas.

No olvidaremos que la falsa contradicción entre buenos y malos, sirvió en aquel 1936 para enfrentar a una parte de Euskal Herria con la otra, reabriendo la diferencia institucional entre la comunidad foral y la autónoma. Sirvió para hacer retroceder 60 años la historia de nuestro pueblo, creando una brecha entre herrialdes, aún no superada.

Engañarse en este contexto histórico, y recurrir pragmáticamente, por falso pacifismo o por razones de Estado, a caminos sin salida, sería echar a la basura de la historia un capital irrepetible de luchas y esperanzas.

Y antes... otra pregunta

La llamada nación española inventada durante el siglo XIX, sobre las brasas, en parte apagadas, de viejos pueblos sometidos por reyes falsarios, Austrias y Borbones, ha mantenido a lo largo de dos siglos su tragicómica identidad entre querer y no poder ser.

La pobre realidad de un proyecto que al cabo de 200 años se pregunta histéricamente por su identidad ha sido una tragedia para españolitos y no españolitos, para súbditos, para ciudadanos y para pueblos sometidos. Los que ayer defendieron la “democracia orgánica”, los que hoy defienden “la constitucional”, se agarran histéricamente al mito de una eternidad sin fundamento en el espacio ni en el tiempo.

Aquellos intentos iniciales de la nación española con los proyectos constitucionales de 1808 en Bayona y 1812 en Cádiz, hechos a la francesa bajo el control de nobles terratenientes y obispos de Corte, no fueron admitidos por el pueblo vasco que veía en sus viejas libertades la única alternativa al nuevo centralismo.

Ninguna de las numerosas constituciones españolas durante más de un siglo fueron aprobadas, ni siquiera votadas por los vascos de los cuatro herrialdes. En Euskal Herria se vivieron largos periodos de insurgencia armada y civil.

Pasaron las carlistadas que hicieron sentir sobre este pueblo la verdadera cara de un estado, anteriormente ocurríría con el Edicto de Unión, en 1630, al otro lado del Pirineo.

Conocimos la traición de Bergara con la que se pretendió engañar con aquella promesa de “paz y fueros”. Luego la ley de 1839 y los posteriores decretos de 1841 despojaron a los cuatro herrialdes de los atributos fundamentales de las viejas libertades -el paso foral y las aduanas- y la Ley paccionada castraba los fueros del “viejo reino”, hoy reducido a provincia.

Y volvieron a engañar con las promesas de Amorebieta (1872), y más tarde (¡ojo! ahora) con el hoy vigente Regimen de Conciertos económicos de aquel Cánovas, triste protagonista de la Ley Abolitoria de 1876, pactando con la oligarquía vizcaina, y decidiendo el derrumbe definitivo de las viejas libertades vascas.

Pero ninguna de las Constituciones españolas -lo demuestran los enfrentamientos armados y las sucesivas elecciones en el siglo XIX- tuvo el mínimo consenso entre los vascos de los cuatro herrialdes.

La “LIBRE ADHESIÓN” de los vascos de uno y otro lado del Pirineo a los estados francés y español ha supuesto demasiada sangre; desde Noain hasta hoy, pasando por machinadas, carlistadas, levantamientos en Zuberoa... y con las más recientes persecuciones (fusilamientos, cárceles, estados de excepción, torturas, cierres de periódicos, ilegalizaciones de partidos...) desde el 36 hasta el 77, y hasta hoy.

Se confirma aquella afirmación de Caro Baroja “el auténtico protagonista de la historia vasca es la violencia”.

Lo sentimos profundamente por nuestros hermanos, los trabajadores españoles y franceses, con quienes no nos une pertenecer a una misma nación, pero sí nos une estar sometidos a los mismos centros de dominación.

No parece que quienes gestionan la continuidad de la democracia franquista y han sellado con Pacto de Estado su compromiso nacionalista español, puedan habilitar salida alguna para el contencioso. Los últimos años son un retorno progresivo a los orígenes autoritarios, pretendiendo encontrar en ello su identidad frustrada.

Pero a la vez que Euskal Herria se perfila como causa de la gran frustración española, la respuesta de estado está contribuyendo a la pusilaminidad de quienes solapan su tibieza en más de 100 años de cumplimiento de la legalidad vigente.

Al margen de los discursos contrapuestos entre dirigentes del PNV que desorientan y acabarán desmotivando al nacionalismo de base, nos surgen las dudas históricamente justificadas: ¿Creemos a Ibarretxe o a Urkullu, Ortúzar, Bilbao, Azkuna…? ¿Qué hay tras del aparente pulso entre Madrid y Gasteiz?

Tras de las experiencias de Lizarra Garazi y de Loiola no podemos anticipar ningún optimismo con quienes se bajaron del tren cuando se ponía en marcha. Muy posiblemente algunos sectores nacionalistas populares, y el propio lehendakari, estén dispuestos a buscar la salida, incluso al margen de la dirección de su partido. Pero este pueblo necesita seguridad, saber que esta última propuesta del Gobierno de Lakua no es un amago más de corto recorrido bajo la repetida disculpa del “no nos dejan”.

No somos jueces aprendices de dioses, somos una parte en lucha y necesitamos analizar la actual coyuntura, procurar ver perspectivas esperanzadoras para Euskal Herria y luchar para hacerlas realidad.

Y todo ello nos exige ser libres, libres para ser universales, para sentir desde abajo, con los de abajo, para abrir nuevos caminos y sobre todo para no admitir imposiciones legislativas o constitucionales de estados dominantes y extraños. En definitiva queremos ser libres.

Solamente con una estrategia global se puede asumir dialécticamente este paso, como tal, en la construcción de Euskal Herria. Por eso nunca admitiremos la “falsa formulación ética” y consecuente condena reduccionista de los “métodos violentos” sin antes confirmar que “toda violencia nace de la dominación” y sin expresar que el origen y reproducción de esta violencia es la raíz de la formación social (Estado) en que vivimos.

Se nos pueden hacer dos y mil preguntas. Nunca podríamos cerrar con nuestro silencio un solo paso hacia la libertad. Pero que no se nos vuelva a engañar, que se explique la cuestión desde el principio, que no se reduzca el problema a la negación de una de las partes, y que no se nos pregunte en vano.

Nosotros también preguntamos: ¿estan dispuestos a seguir junto al pueblo cuando los poderes del Estado respondan por todos los medios a la palabra de Euskal Herria?

Jokin Elarre
Pako Belarra
Marta de Los Hoyos
Begoña Martinez
Abelino Rodriguez (Rober)
Manu Aramburu
Jon Kerejeta

(EUSKAL HERRIKO KOMUNISTAK)



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