viernes, 21 de enero de 2005

Un Genocida Sin Amigos

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¿Le quedan amigos a Aznar?

CARLOS CARNICERO

ADJUDICAN a Orson Welles una frase lúcida: "Cuando subas en la escala social de la vida, mira con mucho respeto a los que vayas sobrepasando porque te los encontrarás al bajar". Creo que José María Aznar, más dado a la poesía y a los clásicos españoles, no conoce la obra de Welles. De repente, da la impresión que José María Aznar está a punto de ser declarado apestado y sólo le queda como referencia emocional la de su amigo americano, el presidente George W. Bush.

La amistad con Bush tiene muchos inconvenientes porque es persona pública que suscita odios y bajas pasiones que nunca sufrirá directamente en razón sólo del poder que tiene. Pero es mucho más fácil descargar las iras de quienes odian al poderoso presidente del unilateralismo en los amigos que ya no tienen poder, como es el caso del ex presidente Aznar.

José María Aznar, a la vista de lo que está ocurriendo, fue un magnífico generador de problemas y un cosechador de enemistades. No podía conversar dos palabras con el Lehendakari Ibarretxe. Maltrataba a los presidentes autonómicos del PSOE, a los que ha llegado a tener en la sala de espera de La Moncloa por espacio de más de un año y medio. Lo que opina de él el Rey de Marruecos, acaba de ser publicado. Sencillamente lo ha comparado con Franco. No podía conversar ni con Hugo Chávez ni con Fidel Castro. En Latinoamérica se jugó su prestigio y el de España pretendiendo que Chile y México apoyaran la guerra de Iraq en en el Consejo de Seguridad y salió trasquilado. El presidente Schröeder sufría cortes de digestión en cada cumbre hispano-alemana cuando almorzaba al lado del Presidente español y el presidente Jacques Chirac le miraba desde su metro noventa de estatura como quien mira a un pigmeo.

No es fácil cosechar tantos enemigos en tan sólo ocho años y ahora los sarpullidos aparecen en cada fricción, hasta el punto que parece que falta un cuarto de hora para que la dirección del PP recomiende al ex presidente que se retire a meditar al monasterio de Yuste, lugar idóneo para el final de los imperios.

Convendría defender el honor de Aznar, sólo porque ha sido presidente constitucional de España y no nos podemos permitir el lujo de que nadie falte al respeto a esta institución. Pero también habría que hacer una reflexión colectiva sobre la soberbia en el ejercicio del poder y las consecuencias que se derivan de esa actitud cuando el poder se disuelve.


En el último párrafo el autor pierde la brújula, ni a Aznar ni a ningún funcionario público con cargo de elección se le debe defender un honor que ellos mismos no hayan sabido defender. En la democracia está más que permitido faltarle el respeto a las instituciones por que en la democracia el que manda es el pueblo y las instituciones solo son "sagradas" en modelos políticos como la monarquía o la dictadura. Por último, las constituciones no son mas que contratos diseñados para beneficio de la sociedad, cuando dejan de ser vigentes pueden ser anuladas o reformadas pero nunca son entidades ajenas y/o superiores a la sociedad que las creó.

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