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sábado, 3 de mayo de 2003

Roitman | Cuba sin Acritud (I de III)

La izquierda continúa debatiendo el fusilamiento de tres saboteadores por parte de la Revolución Cubana. Claro está que los rojitos desteñidos han aprovechado la excusa perfecta para deslindarse de Cuba y anunciar por todo lo alto que le retiran su apoyo, si es que alguna vez se lo otorgaron.

En México los ejemplos de estos Efíaltes de izquierda lo han puesto los troskos blandengues de siempre; Pedro Miguel, entre otros. Incidentalmente, estos señores - que escriben columnas muy sabihondas en La Jornada - también se han distinguido por su desdén hacia el proceso de autodeterminación del asediado pueblo vasco.

Pues bien, a ellos y a otros les dedicamos este texto de Marcos Roitman y les avisamos desde ya que el planteamiento  ahí elaborado también aplica para Euskal Herria y las formas de lucha que el pueblo vasco ha elegido.

Disfruten de la lectura:


Cuba sin acritud /I

Marcos Roitman Rosenmann

Nadar contracorriente supone un doble esfuerzo. Primero saber nadar, y segundo un conocimiento exhaustivo del medio donde lo hacemos; por ejemplo, percatarse de la profundidad del agua, no sea que nos lancemos y la hondura no supere los 20 centímetros. El porrazo sería de escándalo, además de quedar en ridículo. Tampoco sería conveniente precipitarnos en medio de corrientes que nos hundan y ahoguen. Más temerario es intentarlo con temperaturas bajo cero o en mares o ríos repletos de tiburones, pirañas, medusas, etcétera. Lo más probable es la muerte. Y no es buen criterio pedir a otros que naden contracorriente mientras nosotros tenemos miedo al agua. En otras palabras, nadar contracorriente exige un saber previo, única posibilidad de salir airoso del intento. Cualquier error de cálculo supone la muerte o el fracaso.

Por el contrario, podemos flotar y decir que estamos nadando. Chapotear en el agua nos sugiere estar practicando estilos olímpicos. La diferencia es profunda. Asimismo, explicar y comprender procesos políticos cuyos contenidos ponen en cuestión valores ideológicos y afectan las estructuras mentales del pensamiento dominante, y me refiero a Cuba, presiona hasta límites insospechados principios y convicciones. La manera de solventar la presión y dar respuesta cabal de las decisiones de un gobierno o régimen político, sometido desde sus orígenes a un proceso de descalificación continua, sólo es posible conociendo su historia y su realidad. Sin un contexto que explique decisiones, digo explique y no justifique, no es posible desplegar el juicio crítico. Caer en la descalificación completa, negar las evidencias y subsumir realidades disímiles, sin ninguna conexión, por la vía fácil del estamos contra todo, nos ubica en el polo contrario de lo que queremos defender o negar. Otro tanto sucede cuando creemos actuar bajo imperativo categórico y nos sumamos a críticas espurias, desdibujando nuestra personalidad y los principios que defendemos. Alejados cada vez más del contexto de la crítica y de su lugar olvidamos nadar contracorriente y simplemente flotamos para sobrevivir.

Resulta obvio que el régimen político consolidado en Cuba a patir de 1959 despierta el interés de analistas, fuerzas sociales y actores políticos, sobre todo en Occidente. Las interpretaciones generadas se han articulado la mayoría de veces fuera de Cuba, pero no al margen de una imbricación personal que juzga y sentencia cómo debe ser y hacia dónde debe ir dicho proceso político. Por ello, los argumentos esgrimidos son resultado de un planteamiento ajeno a la dinámica interna cubana, cuya lógica se recrea extramuros del espacio que se dice analizar. Los resultados obtenidos por esta vía terminan, más temprano o más tarde, participando en el baremo con que la razón cultural de Occidente evalúa y dictamina imparcial o neutralmente cuáles son los estándares aceptables para que un país sea considerado democrático, dictatorial o tiránico.

Así, las reflexiones sobre un proceso tan rico y contradictorio como el cubano termina inconsciente o deliberadamente sometido a los patrones ideológicos hegemónicos considerados políticamente correctos. Siendo este el principio de explicación utilizado, la historia de Cuba se excluye o se convierte en compartimentos estancos donde no hay principios causales de explicación para hechos tan disímiles como el partido único, los derechos sociales, la existencia de la pena de muerte, la forma de concretar las libertades públicas y privadas o los mecanismos de participación ciudadana en el proceso de toma de decisiones. Sin embargo, al realizar una evaluación global del orden político cubano, las partes se unifican en una forma Frankenstein. Con ello surge el modelo, el patrón, el tipo perfecto de régimen político, estableciéndose los niveles de tolerancia y aceptación de desviación. Cuba ya no es Cuba, es una "anomalía" en Occidente. Todo análisis de su realidad se subsume en la razón cultural de Occidente. Serán las coyunturas internacionales y el pensamiento hegemónico la vara para medir el nivel de rechazo o aceptación del proceso político de la isla.

Por ello, quienes en algún momento -largo o corto- de su vida han apoyado el proceso político cubano, al rechazarlo recurren necesariamente a valores considerados universales y por tanto insoslayables en cualquier parte del mundo civilizado. El recurso a los ejemplos comparativos cobra en esta dimensión papel fundamental. No sólo contra Cuba, sino contra cualquier dictador, tirano o régimen totalitario. Así, se generaliza el argumento y se obtiene la absolución de conciencia. En estas circunstancias el debate sobre la revolución cubana, sus éxitos, sus fracasos, sus errores, sus miserias y sus riquezas cede el paso a una crítica sin juicio reflexivo, sólo normativo. Una opinión común occidental se generaliza como referente para juzgar evolución, vida y desarrollo del proceso político cubano. La nueva propuesta para analizar y explicar los hechos en la isla se incorpora a una dinámica cuyo principio es rechazar un orden político que, a partir de determinados hechos, sean los que fuesen desde nuestra peculiar perspectiva, pone fin a una relación de amistad, silencio o complicidad. Los casos son múltiples. Desde los años 60 se han ido sucediendo estas actitudes. Los nombres son muchos. Pero no son lo mismo. Lamentablemente la responsabilidad de unos y otros y la distancia que los separa desaparece cuando bajo objetivos diferentes y principios distintos el protagonismo y la presión social terminan "haciéndonos comulgar con ruedas de molino".

No hablamos de guardar silencio o de cobardía. No se trata de adjetivar o descalificar, sino de explicar desde dónde se realiza la crítica y qué valores subyacen en las argumentaciones. No se trata de más firmas y más desplegados. El problema no deviene de que x, y o z decidan hacer explícito su rechazo al régimen político cubano y al mismo tiempo criticar la falta de libertades en Estados Unidos, España, Francia o Gran Bretaña. Los ejemplos no son causa, son efecto de principios. Con ellos hay que caminar en la vida y no con ideologías hueras, cuya existencia forma parte del unilateralismo con que se observa en la actualidad el devenir del mundo. Cuba siempre ha movido pasiones. Pocos han querido conocer su historia. Tal vez este sea el camino para evitar descalificar una revolución que ha sido presentada como una tiranía cuyos adjetivos se han correspondido a las propuestas de sus detractores. Nacida durante la guerra fría, su historia es ésta. 




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