domingo, 14 de abril de 2019

Egaña | Jean Pierre Cherid

Ahora que se está hablando de esa cloaca llamada España traemos a ustedes más datos acerca de un auténtico engendro del terrorismo de estado ejercido por Madrid en la Zona Especial Norte, por conducto de Iñaki Egaña:


Iñaki Egaña

Para quienes la historia de las cloacas del Estado se reduzca a las actividades de la policía política al mando de los anteriores ministros del Interior, Díaz Fernández o Pérez Rubalcaba, las declaraciones de Teresa Rilo Cabezas, viuda del mercenario Jean Pierre Cherid, serán explosivas, valga el símil. Para quienes tengan un poco de memoria y hayan seguido los entresijos del terrorismo de Estado (OAS, Montejurra, BVE, GAL…), las revelaciones de Rilo confirman lo sabido y eludido por la justicia. Con alguna excepción y novedad realmente significativa.

Teresa Rilo ha optado por un modelo reciente para contar la biografía de su marido, el de contratar a una periodista para dar forma a su relato. Lo hizo hace unos meses un supuesto y figurante Mikel Lejarza (El lobo) a través de Fernando Rueda (“Yo confieso”), con un resultado hilarante en el que el fingido topo jugaba a ser Arnold Schwarzenegger. En esta ocasión, la pluma periodística ha correspondido a Ana María Pascual y, como era de suponer comparado su currículo y el de Rueda, el índice de credibilidad ha crecido.

El libro de memorias tiene un título: “Cherid, un sicario en las cloacas del Estado”. Y parte de una tesis que Teresa Rilo ha defendido desde que en 1984 su marido, que por cierto tenía simultáneamente otra pareja con la que también tenía dos hijos, saltó por los aires cuando preparaba una masacre contra un grupo de refugiados, en Biarritz. La teoría era que la muerte de Cherid fue inducida por los propios servicios del Estado, para hacer desaparecer una fuente informativa decisiva sobre sus cloacas.

La tesis que transmite el libro incide en unos presuntos desacuerdos que llevaron a Cherid a bajarse del barco del terrorismo de Estado y enrolarse como mercenario en otro escenario reaccionario, Sudáfrica, en defensa del apartheid y de la supremacía blanca. No le dio tiempo, sin embargo. Sus diferencias no eran en el fondo, sino en la forma. Y en particular en la dirección de la llamada guerra sucia. Hasta hacía bien poco, un mando unificado. Desde la llegada de Felipe González, diversas jefaturas haciéndose la competencia: servicios secretos, Policía y Guardia Civil. Aparentemente en detrimento de la efectividad.

Sorprenden en las confesiones de Teresa Rilo varias cuestiones. La primera, el detalle con el que cuenta algunas de las operaciones del BVE y luego de los GAL. A través de ellas surge la personalidad de su marido. Capitulo tras capitulo el humus es el mismo, el de un reaccionario fascista y un entorno convencido. El currículo de Cherid es el de la supremacía blanca, el de la lucha internacional contra el comunismo, el de la justificación de la violencia porque está avalada por los estados, aunque sea de manera oculta.

La segunda cuestión de referencia es la familiaridad y la mezcla que transmite el libro entre mercenarios, agentes y mandos y el detalle sobre el papel de policías y guardias civiles como Antonio González Pacheco, Manuel Ballesteros, Manuel Pastrana,... en la organización de la guerra sucia. Todo aquel que haya seguido los temas relacionados con el terrorismo de Estado encontrará en estas letras los nombres que imaginaba. Manuel Pastrana, otro que hace poco también ha escrito su propia biografía, plagada de errores de bulto y mentiras flagrantes por cierto, dice en su relato que apenas tuvo conocimiento de qué fueron los GAL. Teresa Rilo afirma, en cambio, que era el jefe de su marido. El que le marcaba los objetivos.

Esta familiaridad se desliza a través de madres, esposas, hijos, cuñados, padres, abuelos, tíos… que aparecen con asiduidad, en celebraciones de todo tipo, incluidas las políticas. Como si fueran una gran familia y no esa deshilachada historia que nos han contado de agentes a la búsqueda de rateros, drogatas y mafiosos de baja estopa para ejercer de funcionarios. Y entre medio, mucho dinero. Muchísimo. Como se señala en el texto, desde la llegada del PSOE corrió a raudales.

En aquellas reuniones familiares, dice Rilo, “celebraban con júbilo las noticias que aparecían en los periódicos sobre las acciones del BVE, la reclamación de la desaparición del líder de ETApm Eduardo Moreno Bergaretxe, Pertur, y los asesinatos de los miembros de la organización, Argala, Korta y Pantu”. “Son separatistas –explica Cherid a su esposa-. Princesa, esto es una guerra. Alguien tiene que acabar con ellos”.

Otro de los aspectos sorprendentes del testimonio de la viuda del agente mercenario es que sus palabras certifican la más que extendida sospecha sobre la guerra sucia. En sus palabras: “El PSOE potenció con más presupuesto y personal la estructura heredada del gobierno de Adolfo Suarez, me explicó mi marido”. Algo sabrá la viuda que, por algún motivo, acabaría recibiendo una compensación económica de Interior a la muerte de su marido.

Teresa Rilo se centra, asimismo, en la focalización de Antonio González Pacheco (Billy el Niño) en la dirección de la llamada guerra sucia. Un González Pacheco señalado por los grupos memorialísticos como torturador durante el franquismo y citado por la jueza Servini desde Argentina. Resulta que, según Rilo, el laureado policía fue, además, instigador y dirigente de numerosos atentados mortales reivindicados por siglas tales como BVE. El jefe de Cherid en aquella época anterior a los GAL. En este testimonio y su ratificación tendrían, tanto la justicia argentina como la española, una buena base para incriminar al policía ya jubilado, retirarle sus pensiones anexas y bajarle del pedestal honorifico al que izaron durante la Transición.

Los detalles, a veces camuflados de manera delgada, permiten identificar también atentados sin esclarecer judicialmente. Atentados cuya autoría ya había sido avanzada por Pepe Rey, Melchor Miralles o más recientemente Euskal Memoria. Uno de ellos, impresionante por venir de quien viene, es el que en 1980 costó la vida en Caracas a Espe Arana y Jokin Alfonso Etxeberria, atentado que la viuda reivindica en el libro para Jean Pierre Cherid, el italiano Mario Ricci y el argentino José Maria Boccardo. Y lo importante llega porque Teresa Rilo confirma y amplía el protagonismo de su marido en las muertes, recordemos que aún impunes.

Al día siguiente de las muertes de Caracas, en rueda de Prensa celebrada en Bilbao, Txomin Ziluaga acompañado de Santi Brouard y Francisco Letamendia, calificaron el asesinato del matrimonio vasco en Caracas como obra de los servicios paralelos españoles. Y, Txomin Ziluaga relacionó las muertes con las actividades de la policía de la Embajada de España en Caracas “que es un centro de elementos parapoliciales”. Recordando a tal efecto que con motivo de varios juicios en la Audiencia Nacional, cuando Billy el Niño fue llamado a declarar, se supo que estaba destinado en la Embajada de España en Venezuela. No andaba desencaminado Ziluaga ya que los detalles del libro confirman lo dicho entonces.

También tienen un recorrido novedoso algunas informaciones referidas al primo carnal de Teresa Rilo, Julio Miguel Cabezas Manzano, alias Escaleras, infiltrado en los Comandos Autónomos y, según el relato, informante de Cherid para seguimientos y atentados contra refugiados vascos. La historia de Escaleras, ya conocida, resalta por la cercanía y vuelve a confirmar, de primera mano, varias de las interpretaciones hechas por periodistas en la década de 1980, al tiempo que vuelve a poner de actualidad y confirma la perspectiva sobre la desaparición, en Ipar Euskal Herria, del militante de los Comandos Autónomos José Miguel Etxeberria, Naparra. Desaparición reivindicada por el Batallón Vasco Español.

El libro, finalmente, tiene trazas de ser una terapia en voz alta de Teresa Rilo, que concluye con un epilogo sanador: “Si pudiera volver atrás, cuando conocí a Jean Pierre, sin duda hubiera salido corriendo. Si hubiera sabido entonces lo que sé hoy, jamás me hubiera unido a un hombre como él, que entendía la vida como un estado de guerra permanente”.






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