viernes, 27 de abril de 2018

Egaña | Ciclo Político

Dados los tiempos que corren y las decisiones tomadas en La Zarzuela y seguidas a pie juntillas tanto en La Moncloa como en Lakua, les compartimo este texto de Iñaki Egaña dado a conocer en su cuenta de Facebook:


Iñaki Egaña

El diccionario no da demasiadas pistas, aunque si nos atenemos al mismo, ahondaríamos en la “repetición de fenómenos periódicos que, transcurrido cierto tiempo, vuelven a una configuración anterior”. Tengo la impresión que cuando hablamos de ciclos históricos nos referimos a “fases”, más acordes con el lenguaje político que utilizamos por estas tierras. Bien es cierto que los marxistas han relatado los ciclos del capitalismo, sus fases de acumulación estable o expansiva, que ahora parecen modificados por el neoliberalismo y la llamada acumulación por desposesión.

No quiero, sin embargo, asentarme en estas reflexiones, sino en las históricas, en el cierre del que ha sido llamado ciclo histórico que se ha prolongado durante casi 60 años, con la actividad de ETA y la caracterización de su función. Y es en ese terreno de las ideas, donde las reflexiones, según las consideraciones que han trascendido apuntaban a un ciclo largo, ya agotado, participado por diversas fases.

Las reflexiones históricas no siempre coinciden con las políticas, donde a menudo, la táctica contamina a la estrategia y viceversa. La perspectiva ayuda, sin duda, a enfocar con mayor detalle los aciertos y los errores, también a superar las contradicciones secundarias que, a pesar del enfado de sus protagonistas, pierden la fuerza que pudieron tener en cada una de las fases.

Los contextos, los ciclos si prefieren, no sólo ayudan a entender el magma político que se desarrolla en un proceso de liberación, en una lucha de clases, sino que los explican. Los procesos sostenidos en el tiempo no surgen de la nada, no hay un big-bang que provoca una expansión, una descarga que de pronto incita al surgimiento del universo. Los movimientos, como en nuestro caso, tienen razones atávicas que se activan gracias a la acumulación y a la inmersión política anterior. En el nacimiento de la izquierda abertzale, tal y como la entendemos hoy en día, su eclosión llegó del fracaso de una estrategia previa.

Y este fracaso vino precedido de un acontecimiento excepcional. La guerra de España. Me resulta complicado a estas alturas referirla como una guerra civil, porque en Euskal Herria, al margen del hecho nada desdeñable del enfrentamiento fratricida (carlistas, republicanos y abertzales), la participación sobre todo de las fuerzas de Hitler y Mussolini hizo que el final fuera el conocido. Desertizado políticamente el país, las instituciones legitimas exiliadas pusieron todos los huevos en la ayuda, y por extensión en la solución, de las potencias ganadoras de la contienda mundial. En especial en Washington. Aquello terminó con las esperanzas. Washington apoyó a Franco y Moscú reculó y se hizo fuerte en su estrategia, la defensa del “socialismo” en su cuna.

Las luchas de liberación y las anticoloniales (Argelia, Cuba, Vietnam…) conformaron un cuerpo teórico del que se nutrieron decenas de grupos. También en Euskal Herria. También en España. El fracaso de la vía de Salvador Allende, la hegemonía política a través de la victoria electoral, reforzó las tesis insurreccionales en todo el planeta, en especial en América: Frente Sandinista, Tupamaros, Montoneros, FARC, ELN, Farabundo Martí… La misma vía que también renovaron otras naciones oprimidas en Europa, como en Irlanda del Norte, Bretaña o Corsica. El apoyo popular a estas opciones fue la clave en su longevidad.

La renovación del régimen hispano, su restauración monárquica, las claves en las directrices de la nueva fase política marcaron también una continuidad en el ciclo histórico. El Estado español avisó con una máxima demoledora: o conmigo o contra mí. Guerra sucia, pactos, fondos reservados, torturas, endurecimiento progresivo de los códigos penales, 1.500 atentados (AAA, BVE, GAL…). Excepcionalidad.

Aquellas dos vías que se abrieron a la desaparición del dictador, Reforma o Ruptura, con el apoyo decisivo internacional a la Reforma, provocaron que ni estados ni izquierda abertzale estuvieran por cerrar el ciclo. Los límites de la Reforma quedaron marcados de inmediato con el amago a una vuelta a los orígenes (golpe de Estado de 1981 para unos, “autogolpe” para otros). Fueron los años más trágicos del conflicto. La “subversión” vasca llegó a contar con cinco organizaciones armadas (ETA, Octavos, Comandos Autónomos, Iraultza e Iparretarrak).

La homogeneización de España, su incursión en los órganos internacionales de decisión y la sintonía de París en las cuestiones fundamentales en la que encauzaba el conflicto, condensaron el fin de siglo. La biletaralidad, el eco en la resolución de otros conflictos similares ejercieron de espejo para acontecimientos como las Conversaciones de Argel o las repercusiones del Acuerdo de Lizarra-Garazi. La caída del Muro de Berlín, con doce estados nuevos en Europa y otros cinco en Asia Central, provocó un nuevo estímulo. Que, por el contrario, generó un nuevo constreñimiento de París y Madrid.

El peligro de la “teoría del dominó”, la misma tesis que ya avanzó Washington para justificar su intervención en Vietnam, fue el esgrimida por los estados español y francés para hacer frente a la renovación del derecho de autodeterminación, por un lado, y a la vuelta a la posibilidad de gobernar a través de las urnas por otro. Los éxitos electorales de la izquierda en Latinoamérica fueron frenados (al margen de errores propios y corrupción) por proyectos golpistas y en Grecia por el ahogo económico.

Haciendo una lectura contrainsurgente, Madrid, en especial, apostó por otra de las teorías clásicas: “ahogar al bebé en su propia leche”, es decir cortar las redes de la disidencia (ilegalizaciones, convertir a las víctimas en actores políticos, aumentar la excepcionalidad) y esperar a su fragmentación, a su escisión. Tal y como ya lo apuntaba, con una claridad meridiana, el Plan Zen.

Simultáneamente, el contexto, siempre el contexto, se le volvió más favorable aún. La multipolaridad en las relaciones internacionales, el avance del totalitarismo y la eclosión del yihadismo después de las ingerencias militares en Afganistán, Malí, Libia, Iraq o Siria ancló la “intervención preventiva” y resucitó el Código Penal del Enemigo. Berlín, Moscú y Washington dejarían autonomía a sus patios traseros, conflictos secundarios en un nuevo escenario “seguritario”. Ankara, Madrid… se vinieron arriba.

Rotos los puentes, enquistado el conflicto, con perspectivas de ubicarlo exclusivamente en el plano violencia/represión, la izquierda abertzale abordó la conocida reflexión sobre el ciclo y sus fases. Una reflexión que se retrotraía también a las herramientas. Ninguna de las surgidas en el franquismo o en la transición, habían sobrevivido. Algunas de ellas, como Herri Batasuna, por razones represivas, pero otras por decisión propia. KAS como bloque dirigente, por ejemplo.

El ciclo y sus fases, o las fases de un ciclo largo, llegaron en 2011 a conformar un escenario que el Estado español se negó a reconocer. A pesar de los mimbres con los que se había gestado. Los presentes en la Conferencia de Aiete llegaron a señalar que se “encontraban ante el último conflicto armado de Europa”. La frase tuvo su impacto. Aunque en realidad se trataba, se trata, de un conflicto político, cuyas coordenadas se han desarrollado con el uso de la violencia, por ambas partes. Una de ellas, cerró su actividad. La otra prosiguió, trasladando, como si se tratara de una guerra de posiciones, sus argumentos, herramientas y aparatos al flanco Este, a Catalunya.

Se cierra una fase que comenzó en 2011, o quizás en 2013, tras la constatación definitiva de que al otro lado de la ventanilla no había respuesta. Se cierra un ciclo que comenzó hace tres generaciones, que sustituyó a otro abierto anteriormente. Y como todo proyecto político, el nuevo que se alumbra se sostiene en el esfuerzo de miles de hombres y mujeres que hicieron posible llegar hasta donde estamos. Porque, como dice la canción, están “con nosotros anclados”.






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