domingo, 8 de febrero de 2009

Sin Su Complicidad

Una voz en el desierto, una valiente y clara voz es la que habla a través de este artículo publicado en inSurGente:

Ante las elecciones del 1 de marzo

Jesús Prieto | jesusprieto@journalist.com

El sujeto “democracia española” puede ser gozado, padecido o resultar indiferente; verbigracia: la democracia española es buena, la democracia española es mala, la democracia española me importa cuarto y mitad de ardite… Convertido en complemento directo, la “democracia española” puede ser disfrutada o sufrida al mismo tiempo por dos sujetos diferentes (que, a su vez, pueden ser dos clases contrapuestas); por ejemplo: Zapatero disfruta la democracia española, Otegi sufre la democracia española, los enriquecidos del reino borbónico gozan la democracia española, los empobrecidos del reino borbónico padecen la democracia española… Otro caso es la “democracia española” como objeto preposicional cuando el verbo es pronominal: La monarquía se aprovecha de la democracia española.

Esto, así explicado, puede parecer de Pero Grullo, pero es exordio necesario para comprender que la “democracia”, da igual el gentilicio que la acompañe, desde el mismo momento en que se nos presenta adjetivada deja de ser una doctrina pura para convertirse en un concepto socio-político espurio, interpretable discrecionalmente por sus usuarios dependiendo de quién y cómo la administre.

Así, el dogma democrático es un cuento taiwanés, una quimera, algo imposible por definición, un mero embuste que se nos ha vendido como tabú incensurable, cuyo cuestionamiento es castigado con el fuego del infierno, con el llanto y el crujir de dientes. Es el coco institucionalizado, un burdo bu creado para atemorizarnos y perpetuar así el injusto statu quo que favorece a la clase dominante.

Ante semejante mascarada, sólo cabe rebelarse intelectualmente, negando la mayor. A las pruebas me remito. La “democracia española” se manifiesta como una democracia nacionalista excluyente, impidiendo derechos fundamentales a importantes segmentos sociales a los que se discrimina en función de su ideología, cuando no de la pertenencia a una nación diferente, lo que supondría un caso claro de “limpieza étnica”.

La celebración de elecciones periódicas son una condición sine qua non de las democracias. Sin embargo, el mero hecho electoral no es indicativo de democracia si no se da otra condición inexcusable: su universalidad. Todos los ciudadanos sin exclusión, hombres y mujeres, deben poder elegir y ser elegidos. Y estas dos circunstancias no se dan en los territorios administrados por la Comunidad Autónoma Vasca y la Comunidad Foral de Navarra, donde se proscriben las ideas y se persigue de oficio a quienes pretenden ejercer el derecho colectivo que todos los pueblos tienen a su autodeterminación mediante vías exclusivamente políticas, impidiéndoles participar como sujetos activos y pasivos en los comicios autonómicos del 1 de marzo, como antes sucediera en los municipales y generales.

Como español, como periodista, como demócrata y como persona, me niego a ser cómplice con mi silencio de esta situación irregular rayana en el autoritarismo dictatorial. Sentencias emitidas por un poder judicial subsidiario del ejecutivo no cambian un ápice la realidad. La capa de maquillaje legal con la que se pretende encubrir la canallada no puede conseguir más que resaltar la perversidad y el patetismo de la misma.


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