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martes, 16 de marzo de 2021

Gil de San Vicente | Ley de Valor, Militarización y Guerras (I de V)

Desde su trinchera habitual en el portal de Rebelión nuestro amigo Iñaki Gil de San Vicente ha llevado a cabo la publicación de un texto titulado 'Ley de valor, militarización y guerras justas e injustas', mismo que debido a su extensión nosotros hemos procedido a dividir en cinco entregas iniciando hoy y continuando en los días subsecuentes.

Por supuesto, Iñaki como acostumbra, ha encajado sucesos acaecidos en Euskal Herria.

Adelante con la lectura:


1.- Termodinámica, ayuda mutua y guerra feroz, atroz y breve

«Los soldados actuales aprenden a cazar para sobrevivir, pero ¿luchaban entre sí los cazadores prehistóricos? Las pruebas son escasas y contradictorias»

John Keegan Historia de la guerra. Planeta. Barcelona 1995, p. 155.

El instinto de supervivencia y la capacidad de autodefensa ante un peligro son vitales para la evolución de la vida animal y de la antropogenia en un mundo determinado por las restricciones objetivas insalvables que se derivan de las leyes de la termodinámica. La larga historia de la relación entre trabajo y energía, o si se quiere, en la hominización mediante el trabajo, que en el capitalismo se expresa en la plusvalía relativa, como demuestra George Caffentzis, está siempre dentro del encuadre objetivo de la termodinámica. Aquí radica una de las bases del materialismo histórico, del principio de la inmanencia frente y contra a todo opio de trascendencia.

Pero en determinadas condiciones la autodefensa para sobrevivir puede transformarse en formas de agresividad y violencia extrema, incluso de «guerra», como ha sido definida con un poco de sensacionalismo el choque brutal entre dos comunidades de chimpancés que empezó a gestarse poco antes de 2015 en Uganda, hasta llegar a causar la muerte a dentelladas y golpes de varios de ellos. Es la primera vez que se ha podido estudiar en tiempo real y durante más de seis años el surgimiento de contradicciones dentro de un clan amplio de chimpancés. Hasta ahora, existían múltiples observaciones sobre el proceso de tensión, agresividad, hostilidad y violencia en esta especie hasta llegar incluso a la «ejecución» por el grupo de un antiguo macho líder y su canibalización por los ejecutores, tras atreverse a volver a su clan después de haber sido expulsado por sus abusos. El líder era apoyado por un segundo, que también fue golpeado y expulsado, pero que volvió al clan al cabo de un tiempo y fue aceptado porque se integró en las normas de convivencia.

Para nuestro debate sobre la OTAN y el militarismo, sobre la hipotética naturaleza biológica e instintiva, genética, de la «guerra», tiene una importancia clave demostrar la deliberada tergiversación de los avances de la etiología por parte de la corriente más reaccionaria de los ideólogos burgueses. Se trata del antagonismo entre la historia materialista y las mistificaciones idealistas en algo crucial para nuestra especie: la vida o la muerte. Piotr Kropotkin (1842-1921) fue un científico que sigue hoy proscrito porque, entre otras cosas, demostró que en la naturaleza la ayuda mutua es más importante y más frecuente que la violencia, sobre todo cuando ésta es interpretada desde los dogmas sociobiológicos y socialdarwinistas desarrollados desde finales del siglo XIX por el racismo y el militarismo. Levontin, Rose y Kamín han demostrado de manera inequívoca que la guerra, la violencia extrema, el terror «no está en los genes», sino en las contradicciones sociales.

Intelectuales burgueses extrapolan y descontextualizan los descubrimientos de la etiología para justificar la ferocidad de la explotación capitalista y de su individualismo. Esta corriente, sin embargo, oculta por todos los medios la impresionante cantidad y calidad de los estudios de los y las etólogas sobre la ayuda mutua y las relaciones colaborativas dentro de las especies y entre ellas, no faltando incluso quienes se refieren a prácticas de «altruismo», que confirman lo descubierto por Kropotkin. En realidad, la vida y la antropogenia no se habrían desarrollado sin la colaboración y la ayuda mutua, porque, visto desde la perspectiva de los chimpancés sometidos a los abusos del macho más fuerte, dieron un ejemplo de colaboración, solidaridad y ayuda mutua uniendo sus fuerzas para derrocar al «tirano» y a su segundo. Colaboraron, aceptaron los riesgos de la «guerra» y se ayudaron para el mismo objetivo. Con todas las precauciones exigibles y más, podríamos recurrir al símil de que el derrocamiento fue una «revolución» necesaria para reinstaurar la libertad.

Avanzando más, todo sugiere que la respuesta que debemos dar a la pregunta de J. Keegan pasa por la muy alta probabilidad de que la hominización iba pareja al control de las tensiones y de la agresividad dentro de la superior y envolvente cooperación del grupo. Debió haber actos de violencia extrema según lo sugieren estudios sobre algunos restos humanos como el cráneo de hace 430.000 años descubierto en Atapuerca, pero sobre todo más recientes. Sin embargo, y conforme más información se obtiene, todo indica que se evitaba en lo posible que la agresividad saltase a violencia, y si esto sucedía terminaba desarrollándose regulaciones consensuadas destinadas a reducir esa violencia a un mínimo que no dañase la reproducción del grupo si la violencia era interna, o entre los grupos afectados. Pero en modo alguno podemos entender aquella violencia puntual y menos aún valorarla con los parámetros actuales de guerra.

La razón era muy sencilla: las muy escasas fuerzas productivas y el insuficiente conocimiento empírico desarrollado que permitía un lento incremento de la productividad del trabajo, imponían restricciones muy serias a la demografía, al número de miembros de cada grupo de modo que la muerte de uno o varios de ellos podía suponer una catástrofe. La naturaleza es finita y objetiva. Las leyes de la termodinámica explican los pétreos límites materiales que la humanidad limó muy lentamente con la productividad del trabajo. Según André Leroi-Gourhan en el remoto abbevilliense con un kilo de sílex las reducidas colectividades fabricaban diez centímetros de filo cortante, perfeccionándose la técnica hasta lograr los 40 centímetros en el achelense con ese kilo de sílex, los 2 metros en el musteriense, y de entre 6 a 20 metros en el magdaleniense.

Aunque estos medios precarios eran racionalizados lo más posible, muchos estudios muestran el clima de incertidumbre y precariedad existencial en la que vivían los grupos nómadas cazadores, recolectores y pastores: el temor a las hambrunas, a las sequías o inundaciones, a los fríos y al retraso o adelanto de las estaciones, o a los ataques de otros clanes para quitarles sus muy escasos excedentes de supervivencia. Semejante incertidumbre se prolongó desde el final del paleolítico, como se aprecia en el aniquilamiento de una comunidad humana en el Sudán hace -12.000/-10.000 años, según Guilaine y Zammit; o en el cuerpo de un hombre joven muerto por lo que parece ser el impacto de un proyectil en la cabeza, que data de -9.700 años descubierto en Erro, Euskal Herria, enterrado con sumo cuidado y cubierto con finas artes mortuorias. En Croacia se ha descubierto una masacre datada en el -4.200 de 41 personas de una comunidad pastoril asesinadas mayormente con golpes en la cabeza sin signos de guerra: la hipótesis más plausible a la luz de los datos disponibles es la de un conflicto intra grupal debido a un empeoramiento drástico de las condiciones de vida.

Otros muchos estudios también descubren la práctica del canibalismo, de la antropofagia como aporte energético justificada con rituales mágicos o simplemente «a pelo», posteriormente envuelta en la liturgia de los sacrificios humanos sobre todo infantes y mujeres en un primer período, luego de animales y por fin de bienes, joyas y dinero: todavía está poco estudiada la interacción entre violencias y primeras guerras, por un lado, y antropofagia y sacrificios por otro, en el largo proceso del tránsito del valor de uso a la dictadura del valor de cambio, durante el cual aumentaba el exterminio humano.

Llegó un momento en el que el reparto periódico mediante usufructo de las tierras comunes se convirtió en una necesidad que se solucionaba mediante pactos, acuerdos, alianzas realizadas en grandes fiestas, y donde se administraba «justicia», pero también se fue asentando la territorialización. Uno de los peores castigos era el ostracismo, el destierro, la expulsión del grupo porque generalmente conllevaba la muerte. Las reglas de colaboración, reciprocidad y ayuda mutua eran lógicas en sí mismas porque garantizaban la supervivencia. El llamado «principio de oro» de la ética: «no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti», con sus limitaciones que no vamos a analizar aquí, entre ellas el trato dado a las mujeres, y los primeros códigos ético-morales en las culturas ágrafas, se formaron en esta larguísima fase. Miles de años después estos códigos serían ampliados, tergiversados e impuestos como «mandamientos divinos», negando su materialidad sociohistórica, por las clases dominantes para aumentar su propiedad privada.

La tecnología paleolítica tenía serios límites para satisfacer las necesidades de las castas dominantes en formación porque los medios de producción como fuego, madera, hueso, sílex, piel, fibra vegetal, etc., además de ser abundantes, sobre todo permitían la ambivalencia de los valores de uso: eran instrumentos de trabajo y a la vez armas defensivas y ofensivas. O sea, medios defensivos a disposición de cualquiera que se resistiese a la creciente injusticia de la propiedad privada: «armas democráticas», «públicas», «comunes», peligrosas para las nacientes minorías acaparadoras de propiedad. Conforme se escindían las sociedades primero en mujeres explotadas y en esclavos, luego en castas y en clases antagónicas, los poderes monopolizaban las armas de cobre y de bronce, los caballos y carros de guerra, la tecnología naval y a la vez, la escritura, las leyes, el comercio y la historia.

Tener la propiedad de los medios de producción, de las armas y de la cultura conllevaba, exigía y facilitaba la necesaria manipulación de la estructura psíquica colectiva para provocar que la agresividad causada por las tensiones sociales inherentes a la precariedad vital de quienes pierden su libertad común por la dictadura de lo privado, se convirtiera en violencias que defendiesen los intereses de las minorías propietarias. Estas violencias, además de ser sumideros de frustraciones y tensiones que mantiene la «paz» mediante el dopaje religioso, también sirven para explotar a las mujeres y saquear y esclavizar, o exterminar, a otras tribus, y por fin al propio pueblo empobrecido si se sublevaba para derrocar a esa minoría y reinstaurar la propiedad colectiva de los bienes comunes.

Veremos en el cuarto apartado, dedicado a la propiedad del sol y del cielo, por qué y cómo dentro de sociedades que se sostienen sobre la explotación, opresión y dominación, las armas siempre son un gasto improductivo que, en un primer momento, rinde beneficios a esa minoría al facilitarle la explotación de la mayoría desarmada y carente de propiedad, pero en un segundo momento suponen un despilfarro, una pérdida de recursos y bienes que podrían dedicarse a mejorar las condiciones de vida de la mayoría explotada. Veremos cómo llegó un momento en el que el hierro ayuda a la libertad humana al ser una «arma democrática», como ya lo eran los filos y puntas de sílex para cuchillos, hachas, lanzas y flechas de arco, y las cuerdas y pieles para hondas, escudos y corazas.

Se piensa que los primeros soldados, que no guerreros ni cazadores-recolectoras armados, surgieron en el mismo proceso de desarrollo de la ley del valor, en su encuadre socioeconómico, cultural e ideológico, aunque fuera en áreas económicas muy reducidas, hace +/- 6000 años en Sumer, en Mesopotamia y de allí se fue extendiendo junto con la propiedad privada. Además, su avance iba unido al retroceso de las libertades de la mujer y al aumento de la esclavitud. Las ciudades-Estado e imperios crearon efectivos ejércitos y eficaces armas, aunque todavía no descubrieron su producción en serie como sucedería en el Mediterráneo y China, que aplicaron las leyes tendenciales de la productividad del trabajo y del ahorro de tiempo y energía a la organización militar, sobre todo a la disciplina.

La guerra actual surgió con esos imperios y ciudades-Estado en los que la propiedad privada se imponía sobre los bienes comunes en varias formas. El comercio exigía controlar el tiempo para reducir el gasto de energía y maximizar las posibilidades de ganancia, y los ejércitos hicieron lo mismo. Pero aún faltaba un componente nuevo que, en líneas generales, fue aportado por Grecia, pueblo se benefició de cinco cosas: una, maximizar la explotación de la esclavitud, de las mujeres y extranjeros. Dos, el hierro fundido que abarató las armas de modo que un campesino y artesano podían comprarlas ahorrando algo, garantizando la democracia esclavista con esa «arma democrática». Tres, el alfabeto fenicio. Cuatro, la moneda estatal. Y cinco, la necesidad imperiosa de comerciar por mar, aprendiendo a reducir el tiempo y el espacio, racionalizando la construcción naval sobre todo la militar con aquél logro técnico que fue el trirreme, e integrando los saberes de otras culturas superiores como las de Egipto, Persia e India, pero que no habían reunido las condiciones griegas.

Los campesinos y artesanos tenían poco tiempo para la guerra por las exigencias del comercio, de las cosechas y los ganados en una orografía muy montañosa. Debían pagarse ellos mismos sus armas de hierro y bronce, el tiempo de entrenamiento y el esclavo o ayudante que llevaban, por lo que desarrollaron una disciplina consciente y férrea, compacta, decidida a exterminar al enemigo en el menor tiempo posible porque el equipo pesaba mucho, el tiempo era muy escaso y no rentabilizarlo suponía enormes pérdidas y tal vez la esclavitud o la muerte. En aquel contexto, la falange era la ley del valor actuando en la guerra, como luego lo sería la legión romana. Se ha definido a esta guerra griega como feroz, atroz y breve. Los macedonios la mejoraron al integrar en ella más armas y una superior planificación estratégica lo que aumenta la productividad del «trabajo» militar, desarrollo que Roma elevó al nivel máximo posible en su contexto sociohistórico.

La civilización greco-romana se sustentaba en la guerra, lo que exigía por un lado, explotar a las mujeres como «paridoras de soldados»; por otro lado, un mínimo de producción mercantil y de comercio regular en un océano campesino y de economía de trueque; y por último, una disciplina estratégica. Muy pocos ejércitos y menos aún pueblos en armas que vivían más del trueque entre valores de uso que del comercio entre mercancías, pudieron resistir durante un milenio aquella máquina letal, a no ser que mejoraran su disciplina y recursos económicos, o que dispusieran de grandes retaguardias en las que reorganizarse. En el otro extremo del mundo, China también desarrolló en esa época condiciones socioeconómicas y político-militares con una máquina militar muy efectiva, y no es en modo alguno casual que Mencio (-372/-289) y Aristóteles (-384/-322) descubrieran los primeros fundamentos de la ley del valor tal cual existía en aquel tiempo. Tampoco es casual que los primeros grandes teóricos de la política y de la guerra surgieran en esa época: los escritos de entre -476/-221 atribuidos a Sun Tzu y su escuela posterior, y los de Tucidides (-460/-396), Jenofonte (-431/-354), Polibio (-200/-118) hasta concluir con Vegecio (siglo IV).

La cultura bélica greco-romana y la china desarrollaron complejas máquinas de guerra, pero no pensaron en dar el salto a una proto ciencia. Aunque sí llegaron al nivel de producción en serie de armas y de barcos de guerra, no lo hacían para saltar de la acumulación de riqueza a la acumulación ampliada de capital, sino sólo para ganar las guerras y mantener el sistema socioeconómico. Llegaron a un embrión de industria de la matanza humana cuando en -399 Dionisio el Viejo, rey de Siracusa, contrató a los mejores técnicos y artesanos del entorno para que inventasen nuevas armas, adelantándose más de 2300 años al Proyecto Manhattan para construir la Bomba. Además de otras armas, se inventó la balista, que sería el modelo de las mortíferas ballestas que volveremos a ver más de 1500 años después y que ahora es imprescindible en los portaaviones, pero la planificación no pasó de ahí.

Tampoco lo lograron los árabes pese a sus avances protocientíficos y los bizantinos con su insuperado «fuego griego» que humilla al fósforo y al napalm yanqui. La filosofía greco-romana, en especial en sus formas platónicas y aristotélicas, despreciaba lo que ahora se denomina «trabajo intelectual». Ni los inventos técnico-militares de Arquímedes (-284/-212), ni los de Herón (+10/70) ni el saber alejandrino podían abrir un nuevo modo de producción. Roma ordenó a sus legionarios que apresaran vivo a Arquímedes para esclavizarlo como constructor de máquinas terroríficas, no como inventor de tecnociencia productiva.

En la totalidad de causas que terminan creando el Estado de la minoría explotadora, una fundamental es la de racionalizar en lo posible el irracional e improductivo gasto en recursos represivos y en guerra injusta para que no se conviertan en un lastre mayor de lo que es, que acabe con el acaparamiento de riqueza o la acumulación ampliada de capital, sino que los impulsen durante un tiempo. A lo largo de la historia, miles de millones de personas han sufrido padecimientos de toda índole, desde hambre y enfermedad hasta torturas y muertes atroces que podían haberse reducido drásticamente, si las clases dominantes, si los imperios expoliadores, no hubieran convertido los bienes de producción en bienes de destrucción.

La utopía bíblica de convertir las espadas en arados, facilitando la materialización de los «milagros» del pan y los peces, que devuelve la vista y el andar, que cura la lepra, etcétera, esta utopía de las masas humilladas que refleja la contradicción social que corroe a las religiones del libro, es aniquilada una y otra vez por la propiedad privada que transforma los arados en espadas, que convierte en dinero los peces y el pan, que enceguece, amputa y deteriora la salud al privatizarla… Ante la férrea lógica de la ley del valor, los dioses permanecen mudos, ciegos y sordos, cuando no la bendicen. Por su parte, las clases y pueblos explotados tienen que aplicar su inteligencia creativa a formas de guerra justa, de modo que se cumple lo que dijo Alfonso Sastre: llaman terrorismo a la guerra de los pobres y guerra al terrorismo de los ricos. Más adelante volveremos sobre este punto crítico.

En el trasfondo de esta dialéctica de unidad y lucha de contrarios en sus formas múltiples de guerras justas e injustas, actúa una doble fuerza: la objetividad de las leyes de la termodinámica y de la finitud de recursos materiales, y el creciente antagonismo entre el valor de uso y la comunidad de bienes, por un lado, y por su lado contrario, el valor de cambio, la ley del valor y la propiedad privada. La explotación, el tributo y el comercio necesitaban burocracia, escritura, contabilidad, geometría, moneda y una inicial mentalidad que interpretase el mundo desde y para el valor de cambio, o parafraseando a Shon-Rethel el proceso entre «abstracción mercancía» y «abstracción intercambio».

La ley del valor, tanto en su esencia cualitativa como en su forma cuantitativa, es la responsable en cuanto expresión de relaciones sociales objetivas cristalizadas subjetivamente, de un fenómeno terrible que mide el grado de deshumanización: el fetichismo de la mercancía en su concreción como fetichismo de las armas. Los hombres de las castas y clases propietarias mostraban su poder acaparando bienes y riquezas en un mundo de pobreza, y también acaparando armas mortíferas en un mundo en el que el pueblo explotado no tenía armas, o eran pocas y obsoletas. El fetichismo de las armas es la quintaesencia de la contradicción del fetichismo de la mercancía porque las armas de la minoría explotadora facilitan la destrucción de los valores de uso en su conversión en valores de cambio. En manos de las clases y naciones oprimidas es un valor de uso que conquista la libertad.

Antiguamente los hombres de las clases propietarias se llevaban sus armas a la tumba para emplearlas en el «otro mundo», y para que las clases explotadas siguieran dóciles y atemorizadas también en aquella irrealidad fantasiosa. En los panteones, iglesias y catedrales europeas, las tumbas de nobles y reyes hacen ostentación de poderosas espadas mágicas y fálicas, identificándose con la más fiera de las imágenes de dios: el dios de la guerra, de la venganza y la ley de la propiedad privada. Con el aumento de la productividad del trabajo y la victoria de la ley de la acumulación ampliada del capital, la parafernalia de la ostentación del poder no ha cambiado: reyes, dictadores, presidentes, autoridades y demás fauna aparecen rodeados de serviles militares y curas, al modo de las antiguas liturgias sumerias y egipcias, persas, romanas y medievales. El fetichismo de las armas siempre está a la orden del fetichismo de la mercancía. Dicho más crudamente, el fetichismo de las armas es la expresión más inhumana en la que se muestra públicamente el fascismo.




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