miércoles, 20 de febrero de 2019

Cronopiando | El Nobel de la Paz y Trump

Dicen los cables noticiosos que fueron dos legisladores conservadores suecos los que nominaron al CEO de Washington Donald Trump al Premio Nobel de la Paz.

Pareciera una broma macabra tomando en cuenta lo que está sucediendo en Libia, Yemen, Palestina, Siria y Venezuela bajo el auspicio del ocupante de la Casa Blanca.

Así lo hace ver nuestro amigo Koldo con esta reedición de su Cronopiando titulado 'El Nobel de la Paz no se merece a Fidel':


Koldo Campos Sagaseta

Años atrás, distintos organismos e instituciones se dieron a la tarea de promover a Fidel Castro como Nobel de la Paz. Nunca compartí semejante injuria. Era consciente de que quienes respaldaban la iniciativa no lo hacían con ánimo de ofender a Fidel Castro, pero ocurre que siendo el dirigente cubano uno de los seres humanos que más había contribuido a la paz, el Premio Nobel de la Paz no se lo merecía a él.

Fidel y el pueblo cubano llevan años ganándose el respeto de quienes en el mundo seguimos empeñados en cambiarlo, pero el premio Nobel no se creó para reconocer los esfuerzos que Cuba ha venido haciendo en materia de salud, de educación, de respeto a los derechos humanos, entre otros progresos. Y ello a pesar de bloqueos, invasiones, sabotajes y mentiras.

Alguna vez, dada la catadura moral de los homenajeados, pensé que el Nobel de la Paz no podría caer más bajo pero la siguiente ceremonia siempre acababa por desmentirme.

En Memorias del Fuego cuenta Eduardo Galeano algunos de los méritos que hizo el ex presidente estadounidense Teddy Roosevelt para obtenerlo en 1906: “Teddy cree en la grandeza del destino imperial y en la fuerza de sus puños. Aprendió a boxear en Nueva York, para salvarse de las palizas y humillaciones que de niño sufría por ser enclenque, asmático y muy miope; y de adulto cruza los guantes con los campeones, caza leones, enlaza toros, escribe libros y ruge discursos. En páginas y tribunas exalta las virtudes de las razas fuertes, nacidas para dominar, razas guerreras como la suya, y proclama que en nueve de cada diez casos no hay mejor indio que el indio muerto (y al décimo, dice, habría que mirarlo más de cerca) Voluntario de todas las guerras, adora las supremas cualidades que en la euforia de la batalla siente un lobo en el corazón, y desprecia a los generales sentimentaloides que se angustian por la pérdida de un par de miles de hombres. Este fanático devoto de un Dios que prefiere la pólvora al incienso, hace una pausa y escribe: Ningún triunfo pacífico es tan grandioso como el supremo triunfo de la guerra. Dentro de algunos años recibirá el Nobel de la Paz”.
Desde 1901, en que se creó el premio, hasta 1936, en que fue distinguido el argentino Carlos Saavedra, nunca se eligió a un latinoamericano, africano o asiático. Todos los homenajeados con tan gloriosa distinción habían sido estadounidenses o europeos, como si la paz no dispusiera de otros acentos y no fueran estos más creíbles.

Tuvieron, de todas formas, que pasar otros 24 años para que en 1960 el sudafricano Albert Lutuli, aportara su nombre al esfuerzo de la paz convirtiéndose en el primer africano en ser homologado como Nobel y en el segundo caso en 60 años en que los jueces no encontraron un presidente estadounidense a mano o un candidato europeo que cubriera el expediente.

Ni siquiera Mahatma Gandhi, que entre 1937 y 1948 fue nominado en cinco ocasiones, fue elegido en alguna. Y los lamentos por tan imperdonable olvido que, ante el clamor popular, años más tarde reconociera el comité de sabios que administra el premio, no sirvieron, de todas formas, para restituirle su derecho a quien, curiosamente y después de la paloma, más se ha utilizado como símbolo de la paz.

En Suecia, los responsables de elegir a los premiados, ignoran que el llamado tercer mundo, no por casualidad sino porque carece, precisamente, de la paz, la practica y valora aún con más amor y constancia que occidente. Quizás por ello, salvo algunas cuidadas y obligadas excepciones, como el vietnamita Lee Duc Tho en 1973, (compartido con Kissinger) Teresa de Calcuta en 1979, Pérez Esquivel en 1980, Mandela en 1993 o Arafat al año siguiente, los elegidos como Nobel de la Paz o han sido excelentes administradores o serviles peones del negocio de la guerra: Simón Peres, Isaac Rabin Menachen Begin, Gorbachov, Carter, Lech Walesa, Oscar Arias, Al Gore...

Barack Obama, a los pocos meses de ser presidente del país que más enarbola la violencia como conducta, la tortura como terapia, el crimen como oficio y la guerra como negocio, se convirtió en el último canalla Nobel de la Paz festejado nadie saber porqué. ¿Por mandar más tropas a Afganistán? ¿Por multiplicar sus bombardeos? ¿Por llenar de bases militares Colombia? ¿Por “torcer el brazo de países que no se avienen a razones”? ¿Por seguir reteniendo contra todo derecho Guantánamo y convertirla, además, en una inmunda cárcel? ¿Por propiciar el golpe de estado en Honduras? ¿Por celebrar tiranos con licencia?

La última nominación de esta cruel bufonada se llama Donald Trump.






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