martes, 29 de agosto de 2017

Hegoalde Ante el Yihadismo

No buscamos escandalizar ni mucho menos dejarnos engullir por el contenido xenófobo que caracteriza a las opiniones con respecto a los ataques en Catalunya.

Nos queda muy claro que la espiral de violencia del fascismo, paradójicamente, no contempla fronteras y que así como el pueblo catalán, los demás pueblos del mundo, incluido el vasco, corren peligro de sufrir la violencia inmisericorde que generan los grandes señores de la guerra - y del capital - en su infernal juego y rejuego geopolítico.

Dicho lo anterior, les presentamos esta editorial de Gara que plantea un muy interesante cuestionamiento:


La imponente manifestación de ayer en Barcelona pone la guinda a una gestión de los atentados yihadistas por parte de los poderes y la ciudadanía catalana en la que difícilmente se hallarán tachas, se mire adonde se mire. El axioma de que toda crisis conlleva una oportunidad se ha hecho realidad ahí; en lo interno, del drama ha emergido un país mejor, y en lo externo se ha proyectado al mundo como un modelo. Hace inevitable, sobre todo para un lugar tan equiparable como Euskal Herria, preguntarse cuál hubiera sido la respuesta si hubiese ocurrido aquí. Una reflexión que no parte del alarmismo pero sí del realismo (Catalunya debe ser tan Al-Andalus como Euskal Herria en el mapa yihadista), y que en cualquier caso es un ejercicio sano de autoanálisis sobre el país y el momento, más allá de ese riesgo concreto.

Por empezar por lo más visible estos días, los operativos policiales de los Mossos, hay motivos sobrados para dudar de una acción eficaz; el solapamiento de cuerpos policiales en competencia (cuatro solamente al sur del Bidasoa) y con distintas estrategias (de la propaganda aparentemente disuasoria de la Policía española en Sanfermines a la más medida visibilidad de la Ertzaintza en Donostia o Bilbo); la evidencia de que la Policía vascongada ha estado hasta ahora fuera de círculos de información imprescindibles como Europol y Citco; las limitaciones geográficas de Ertzaintza y Policía Foral... son factores que a buen seguro hubieran complicado, si no imposibilitado, respuestas como la de Cambrils. A la que tampoco ayudaría precisamente la pobre legitimación social –en sus distintas escalas y por diferentes motivos– de Guardia Civil, Policía española o Ertzaintza.

En lo institucional también hay razones para preocuparse. Frente al liderazgo asumido desde el primer momento y con contundencia por la comparecencia conjunta de Puigdemont, Junqueras y Colau, cabe pensar que dirigentes como Urkullu hubieran considerado prudente esperar (física y políticamente) a Rajoy, al fin y al cabo socio hoy día. Aunque sin duda el contexto y los hechos sean diferentes, no ayuda a disipar esta duda recordar cómo el 11M el entonces lehendakari se colocó ciegamente al lado del poder español.

También parece bastante más improbable que se hubiera conseguido una cierta unidad política de mínimos; basta citar que dirigentes del PP han criticado la presencia de EH Bildu en las concentraciones de estos días, estirando al infinito el chicle de la era de los vetos.

Los medios no quedamos excluidos de esta reflexión. Y Catalunya ha marcado ahí otra línea propia, contribuyendo a canalizar el dolor con serenidad y a aportar reflexión cualificada en clave de búsqueda de soluciones. El panorama vasco, desgraciadamente, mantiene tics que le acercan más al infumable circo mediático español, como el atrincheramiento en obsesiones propias y la banalización de realidades muy serias (antes que el vídeo del yihadista cordobés ya se tomó a sorna el del inicio del desarme de ETA). ¿Sería posible aquí un editorial conjunto como el de la prensa catalana en 2010 frente al «cepillado» del Estatut? Evidentemente, no.

Mucho más complejo es calibrar cuál hubiera sido la respuesta de la ciudadanía vasca, y quizás sea mejor aquí que cada lector y lectora se autointerpele al respecto. Dónde y cómo estaba ese 17 de agosto en plena desconexión vacacional general, qué hubiera hecho y qué no, con quién y cómo, qué prejuicios hubiera tenido que superar, qué conclusiones habría extraído...

Mejorar como país y como personas

Obviamente todo lo anterior no tiene sentido como ejercicio de autoflagelación, aunque pueda haber sonado a ello, sino como reflexión constructiva a futuro. No deja de ser una ficción, una simulación en pocos y breves apuntes, pero supone también una reflexión imprescindible, porque marca muchos debates pendientes a afrontar cuanto antes: sobre nivel de soberanía, sobre modelo policial, sobre liderazgo político, sobre función de los medios, sobre responsabilidades individuales... Debates cuyas conclusiones no solo valen para ataques yihadistas, sino para cualquier otra lacra actual; valen para hacer un país mejor de personas mejores.






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