martes, 20 de octubre de 2015

Carta de un Preso

Les compartimos esta misiva que ha sido publicada en el blog Verkami:

Desde la celda

Recibimos el e-mail de una funcionaria de prisiones que no cree que el nuestro sea un compromiso serio y responsable; que no comparte el mensaje; que no está de acuerdo con él.

Ésta ha sido la respuesta:

La verdad es que llevo varios días queriendo sentarme a escribirte, pero por suerte o por azar no he podido hacerlo hasta ahora. Si me paro a pensarlo puede que buscara excusas para no tener que hacerlo, para retrasar el momento o qué sé yo, para evitar tener que recordar lo miserable que somos como especie. Agradezco mucho que me enviaras tus valoraciones y, si te soy sincera, las esperaba con impaciencia. Las he leído varias veces para saber cómo o por dónde empezar a escribir y, sin tenerlo muy claro todavía, he tomado la decisión de escribirte de todo corazón, sin más. Olvidándome de las consideraciones jurídicas o sistemáticas, me he decidido por las meramente humanas que, por desgracia, a su vez, suelen ser también las más olvidadas.

Esta semana han muerto dos personas en prisión. Puede que hayan sido más, pero yo me he enterado de dos, que ya me parecen muchas. Diría que demasiadas, como siempre. Siempre son demasiadas, por pocas que puedan ser. La primera de esas muertes se produce en una celda de aislamiento por incendio. Constará en las estadísticas como muerte accidental, claro. Increíble. La segunda de ellas no es menos indignante y viene antecedida por lo que hemos decidido reflejar en el corto: torturas, inmovilizaciones y la persistente negativa de asistir al hospital; todo ello con la legitimidad que el reglamento penitenciario otorga a tales situaciones por la necesidad de restablecer el correcto funcionamiento del centro. Cláusula de impunidad donde las haya. Su madre Dolores cuenta lo sucedido en el siguiente enlace. Te invito a que lo escuches 5 minutos desde el minuto 8. Lo hago con el corazón encogido y las tripas revueltas. Escuchar a esa madre es mucho más que desgarrador, pero por suerte me he recordado antes de empezar a escribir que somos una especie miserable. Ya deberíamos estar curados de espanto y, sin embargo, somos muchas las personas que no nos acostumbramos a que eso suceda, que lloramos con cada una de esas muertes, que nos acongojamos con cada caso que se torna mediático en el entorno anticarcelario por las irregularidades en que incurre. El día que dejemos de hacerlo, sencillamente, estaremos muertos.

Soy consciente de que lo que reflejamos no es el día a día de las 65.000 personas que viven presas; de que hemos elegido una realidad minoritaria para darle difusión a un mundo con dificultades muy complejas; y de que el vídeo puede resultar molesto para las personas que sí que trabajan con el empeño y la ilusión de devolverle una segunda oportunidad a quien lo necesita, entre las que altruista y modestamente podría incluirme. Tampoco creo que esas personas sean la mayoría o la regla general ahí dentro porque, en un sistema masificado que obliga a la desatención más que la atención, toda frustración profesional es poca.

La megafonía avisaba a 15 de ellos para que fueran visitados por la psicóloga. ¿Qué iba a poder hacer ella en una hora con toda esa gente sino rellenar un mero formulario? No me extraña que dimitan. En honor a su vocación, yo también lo haría, sobre todo si me dedicara al ámbito sanitario. ¿Cuántos médicos habrán dejado de ejercer en prisión por una mera cuestión de principios deontológicos? Me horroriza pensarlo, aunque más me horroriza pensar en los que se quedan, en los que empastillan y medican sin ton ni son a personas que, francamente, solo necesitan amor. “El pan es lo primero”, supongo que dirán. El pan, y todo lo que pueda acompañarle. El pan sería perfectamente compatible con la excarcelación de los enfermos terminales y lo cierto es que, por desgracia, la enfermedad terminal sigue siendo la primera causa de mortalidad en prisión, pese a lo previsto en el reglamento penitenciario. Recuerdo el estado de letargo en que nos recibían muchos de ellos cuando entraba a intervenir con la ONG (la cual, dicho sea de paso, dejé por complaciente). Pastillas a granel, medicación de contrabando, recetas a diestro y siniestro, despersonalización, prisionización. Psicotrópicos legales para amansar a las fieras: a mayor fuera de juego, menor guerra darán. No bastando con eso, no son pocas las personas que se ven privadas de un tratamiento médico, aun a riesgo de costarles la vida. ¿Imaginas por un momento cómo deben de sentirse las familias de quienes padecen Hepatitis C? Por si fuera poco tener a un ser querido en prisión, esas familias lidian y batallan contra una administración que todo lo puede, que todo deshumaniza y que todo lo arrasa. Mientras, por supuesto, la persona hepática pierde la vida. Lo cierto es que se mueren; y no se mueren, los matamos. ¿Qué consuelo podemos darle a cuantas personas no pudieron despedirse de quien se despidió de la vida encerrado entre hormigón? El mero hecho de intentarlo, vuelve a recordarme que somos miserables.

La verdad es que a mí también me molesta mucho el contenido del corto, no te engañaré: me destroza, me desolla, me desarma. Me toca como pueda tocarle a la madre que ve impotente el sufrimiento de su hijo; me molesta y me duele como si su dignidad fuera la mía y, de hecho, de todo corazón, creo a ciencia cierta que lo es. No dormiré tranquila mientras haya un solo ser enjaulado, qué le vamos a hacer. Ésa será mi lacra y mi virtud, supongo.

Me consta que las personas que quieren cambiar el sistema desde dentro son muchas, o quizás no tantas, pero sé que son, que existen, que las hay. En realidad estoy convencida de que son una minoría, de que la mayoría simplemente se ha acostumbrado a desempeñar su puesto, tan mecánico y rutinario como pueda serlo cualquier otro. Imagino situaciones en las que, por nada del mundo, quisiera estar en la piel de los de tu cuerpo, pero por otro lado imagino que no debe de ser difícil acostumbrarse a las condiciones laborales del cargo, pese a los recortes. Sé que aun así, con todo, hay gente interesada en el porvenir de quienes algún día serán puestos en libertad y, de no ser por ello, no creo que nunca hubiéramos podido intercambiar impresiones, aunque sea por este medio tan impersonal. Yo no estoy a favor ni de las generalizaciones ni de los prejuicios (lo contrario me hubiera impedido entregarme al medio penitenciario), por lo que, en ese sentido, siempre será un placer poder poner en común ideas, perspectivas y valoraciones. No obstante eso, imagino que la buena voluntad de algunas personas no es suficiente; que no es óbice para que las situaciones minoritarias, que contaminan y convierten en repugnante toda la institución, sean pasadas por alto. Nuestra intención no ha sido la de ofender a nadie, ni mucho menos, sino la de dar a conocer una realidad que no por aislada deja de existir. Nosotros no queremos engañar a nadie, sabemos que no reflejamos el día a día de la generalidad de las personas presas (así lo indicamos en el making off en el que estamos trabajando) pero, a su vez, sabemos también que recogemos la de aquellas personas que necesitan atención de la forma más urgente. Presos dispersados, aislados, clasificados en FIES…: necesitan que se hable de ellos.

Por suerte (y por desgracia también, según se mire) la tortura física y el régimen de aislamiento son excepcionales con respecto a la modalidad ordinaria en la que suelen ejecutarse las penas privativas de libertad, pero no por ello debe dárseles menor importancia. Es muy grave que en un Estado que se dice democrático, social y de derecho se den estas situaciones anacrónicas, inhumanas e indignas. Mientras tanto, el Tribunal de Estrasburgo y el Consejo de Europa nos van sacando los colores; que es lo de menos, pero que ahí está. Es lo de menos porque lo de más es siempre el sufrimiento de la familia que le pone la piel a esos informes y a esas sentencias, pero no es un secreto que en las cárceles españolas se tortura. Ahí está el exsubdirector médico de Quatre Camins y sus secuaces, entre muchas otras condenas que han visto la luz; y las que no han podido llegar a hacerlo porque las pruebas, al haber sido obtenidas con objetos prohibidos en los centros, han sido declaradas nulas de pleno derecho. En ese orden de ideas, y desde un ánimo conciliador más que ofensivo, tampoco es secreto que parte del cuerpo al que perteneces es cómplice de los continuos trapicheos del intramuros. Tampoco será la regla general (quiero pensar), pero a poco que suceda, ¡ya sabes! Por un perro que maté, mataperros me llamaron. La implicación de algunos funcionarios en la compra-venta de elementos prohibidos es algo harto conocido por las personas de dentro, las familias de fuera y los jueces de vigilancia penitenciaria, por lo que en este sentido no creo descubrirte nada nuevo. “Don Luis me ha traído una botella de Whisky y una hamburguesa de McDonalds para celebrar el año nuevo”, va y me dice.

A estas alturas de la película no es sorpresa que el estar en una situación de poder acaba corrompiendo a las personas. Por suerte no caen todas, ni mucho menos, pero por desgracia todas conviven con ese riesgo y a sabiendas de que, si buscan la tentación, la encontrarán. Supongo que es un problema sin acusaciones, de mera naturaleza humana o qué sé yo, de lo miserable que volvemos a ser. Ahí están las brigadas anti-droga de la policía y sus recurrentes condenados, que poco tienen que ver con la cárcel pero que ejemplifican a la perfección lo que vengo diciendo. Aun así, en el medio penitenciario tenemos a la médico de Aranjuez y a los mafiosos del corazón de cerdo en Mallorca, entre un sinfín de casos más. No entro ya a valorar los incontables chantajes y abusos de poder que, sin ser constitutivos de delito, son tanto o más perjudiciales para las personas de dentro como pudieran llegar a serlo los penados jurídicamente. Mismamente Alcalá-Meco tiene antecedentes de funcionarios condenados por abusos sexuales, por lo que el catálogo de irregularidades es, por desgracia, tan variado como abundante. Refiero casos concretos porque realmente existen; porque no es hablar por hablar; porque puedes buscarlos y porque encontrarás mil más si indagas al respecto. El patrón se repite. Una y otra vez. El abuso de poder y de autoridad es una constante legitimada y promovida por la propia estructura del sistema penitenciario, por lo que la raíz del problema es difícil de atajar sin hallar una alternativa a las prisiones; sin abolirlas. Una y otra vez, aunque no sea mayoría; una y otra vez, hay que denunciarlo.

No queremos ofender a quienes de verdad puedan preocuparse por el porvenir de esas personas, claro que no, ojalá hubiera muchas más, pero tratar de contribuir a sus segundas oportunidades sin poner de manifiesto tales realidades es una contradicción en sí misma. No hay más ciego que el que no quiere ver: hay que depurar el sistema; a sabiendas de que es algo del todo imposible. No erró demasiado el profesor Zimbardo al extraer las conclusiones de su experimento en la cárcel ficticia de Stanford: cuando las personas se someten a una ideología legitimadora contando con apoyo institucional, la personalidad individual desaparece en pro de la conducta autoritaria que se espera de ellas. Parece que el patrón se repite en todos y cada uno de los cuerpos con funciones atribuidas en materia de seguridad, ¡vaya suerte la nuestra!

Mientras haya autoridad, habrá abuso de poder y, por desgracia, no es difícil anticipar quién lo pagará. Serán las mismas personas de siempre: las más indefensas o con menos recursos; las más vulnerables; las más próximas al riesgo de exclusión social; las que ya han sido excluidas. La verdad es que en su conjunto, el sistema es un despropósito.

El espacio elegido para el rodaje, al que también hacías mención, es la antigua cárcel de Segovia. Se hace llamar antigua porque en el año 2000 la ciudad inauguró el centro penitenciario que hay abierto en la actualidad, pero en realidad la anterior estuvo operativa hasta el año 2002, por lo que ni es tan antigua, ni es una recreación que nosotros hayamos llevado a cabo. Las historias que cuentan sus paredes no son tan lejanas en el tiempo, por mucho que diste de la fría infraestructura macrocarcelaria a la que nos hemos venido acostumbrando. De hecho, el fin de semana pasado tuve la oportunidad de ver el vídeo con varias personas que siguen viviendo dentro y, para mi sorpresa y decepción, una de ellas no hacía más que decir lo mucho que ese sitio le recordaba a la Modelo de Barcelona y a Jerez de la Frontera (dispersión aparte, claro).

Francamente, yo creo que hemos hecho un buen trabajo. El mensaje no es que nosotros podamos acabar con la tortura a golpe de carta, claro que no, ojalá pudiéramos; pero sí que podemos no perder de vista lo mucho que nos necesitan. Eso es lo que queríamos dar a entender y, creo yo, eso es lo que se está entendiendo. Por suerte son muchas las personas que ya se han animado a escribir y, por suerte también, muchos son los espacios que se han ofrecido a acogernos para poder organizar debates y proyecciones públicas. Todo en conjunto viene a reafirmar que, efectivamente, las cárceles necesitan visibilidad. La gente lo pide a gritos: las familias se ven desesperadas y desbordadas por la impotencia; las personas de dentro ansían que se hable de ellas, que se las escuche, que se preste atención a sus problemas, que no dejemos que esas paredes se cobren ni una sola vida más. No podemos dejar que esas paredes sigan cargándose a nuestra gente; a nuestros padres y madres, a nuestros hijos e hijas, a nuestros hermanos y hermanas, a nuestros seres queridos.

Aun así, de haber optado por reflejar el día a día de quienes viven sin altercados en segundo grado, créeme, el sobrecogimiento no hubiera sido menor, sino distinto. Después de implicarme hasta el punto de acoger en mi casa a quienes no tenían dónde ir (con la imprudencia ciega, lo reconozco, de haber dado acogida a personas que ni siquiera conocía previamente…); después de compartir comidas y cenas con un sinfín de familias agradecidas por la atención dada a sus respectivos hijos; después de compartir centenares de cartas con las personas de dentro; después de haberme encerrado durante días con personas que han desarrollado un trastorno agorafóbico a raíz de su estancia en prisión; después de haberme convertido en el paño de lágrimas de tantas y tantas almas desorientadas; después de haber recorrido miles y miles de km (sin exagerar, miles) para compartir unas escasas horas de libertad… llego a la conclusión irrefutable de que no solo duelen los golpes.

Duele la soledad, el desarraigo, el olvido. Duele ver cómo se enganchan a la metadona personas que, sin antecedentes de consumo alguno, se abocan a ella por estar bien visto en las Juntas de Tratamiento (así las llaman). Duele ver cómo una y otra vez son chantajeados con los permisos, las progresiones de grado y las celdas de aislamiento. Duele saber que hasta que no se descubra quién mete la droga en el módulo, el pronunciamiento de la Junta será desfavorable. Duele saber que se ganan unos míseros días de libertad a costa de pisotear la de sus compañeros. Duele saber que hay registros, que hay cacheos, que hay amenazas. Duele saber que cada una de las cosas que haga quien esté en el punto de mira, puede suponerle un parte, una sanción, la retirada de los permisos, la incomunicación. Duele saber que muchos de ellos están manteniendo relaciones amorosas con quienes les custodian; que eso les perjudicará, que les traerá problemas. Duele saber que no reciben las cartas, que son interceptadas, intervenidas, perdidas. Duele saber que viven en unas condiciones máximas de sometimiento, que la autonomía de su voluntad está completamente anulada, que viven sin el amor y el cariño que tanto bien les haría. Duele saber que el sábado ese niño volverá a colgarse llorando de los barrotes que conducen a las salas del vis, que de nuevo volverá a gritar que quiere abrazar a su padre, que de nuevo volveré a ver como él, que acaba de despertar a su propia conciencia, está pagando la cárcel con su padre; que de nuevo volverá a salir con la frustración del cristal, del no beso, del no abrazo, de la pasarela en llantos. Duele saber que, de nuevo, somos una especie miserable, por no hablar de lo que duele rodearse de todas esas familias que, haciendo sacrificios inhumanos, semana tras semana aparecen con las gafas de sol para ver a sus seres queridos. Duele saber que las llevarán haga el tiempo que haga, porque no hay forma humana de simular el dolor, de esconder los miedos, de acostumbrarse a esa rutina. Duele saber que la llamada se cortará automáticamente a los 5 minutos; que puede que mañana no llame; que puede que le haya pasado algo. Duele saber que trabajan 8 horas por 12 míseros euros al día; que son mano de obra barata; que las empresas se lucran cobrándose su dignidad. Duele saber que no estamos construyendo futuro, que estamos destruyéndolo; que hay quienes perderán buena parte de su vida para acabar siendo deportados. Duele saber que muy pocos tienen asistencia legal; que las familias no pueden permitírselo; que los de oficio no hacen todo cuánto podrían. Duele saber que las cicatrices que atraviesan sus brazos quedarán de por vida; que esa marca les recordará por y para siempre lo muy miserables que un día se sintieron; que no tuvieron motivos para seguir respirando. Duele saber que hay quien, en contra de su voluntad, aprovecha sus permisos de salida para meter a sus hijos en un avión que los llevará al otro lado del mundo; que hay quien presencia como los mismos son dados en adopción a miles y miles de km sin poder hacer nada por evitarlo; que hay quienes salen por 3 días y, pese a la prohibición de abandonar el territorio de la Comunidad Autónoma, tienen que cruzar el país de punta a punta para ir a firmar donde el juez le pide. Duele que las cundas se sucedan como métodos de represión sin tener que dar cuentas a nadie; que se aísle y se disperse a quienes deciden no someterse a la hoja de ruta que otras personas han diseñado para su vida y que las familias carezcan del derecho a conocer, del derecho a la verdad. Duele saber que hay quienes reciben pinchazos a la fuerza, medicación impuesta, letargo obligatorio. Duele saber que no estamos haciendo las cosas bien; que hay quienes no tienen donde caerse muertos; que nos los estamos cargando; que les estamos privando de un futuro mejor o simplemente de un futuro; de su familia, de sus ilusiones, de sus oportunidades; que dos de cada tres personas cumpliendo condena volverán a entrar en prisión. Duele saber que quieren hacernos creer que ésa es la manera de ayudarles y que, de hecho, lo consiguen; duele que en la calle las cárceles sean hoteles, que sean sitios en los que debamos dejar que la gente se pudra, que cada vez queramos recurrir a ellas más y más, que esas personas se den por perdidas, por irrecuperables, por indeseables. Duele que hayamos instaurado formalmente la cadena perpetua, si bien en la práctica nunca ha dejado de existir. Eso es lo que duele, que seamos lo suficientemente ignorantes como para poder creer que el tratamiento de esas personas pasa por su desarraigo social y no por colmarles de amor y cariño.

Es muy triste alegrarse de que, estando al teléfono, un funcionario te pregunte por su nombre y no por su número. “Hay esperanza”, te hace creer. Luego te ves escribiendo cartas con un remite que no es el tuyo para que no te intervengan la correspondencia y vuelves a caer en la cuenta de lo negro que está el asunto. Es ridículo. No encuentro otra palabra para describirlo más que ésa. Sencillamente es ridículo tener que proveerse de varias identidades para poder dedicarle unas líneas de aliento a quien las necesita. El problema está en que si escribes a varias prisiones del territorio nacional y, más aún, a personas que tienen contacto entre sí, por no mentar a quienes están clasificados como FIES, van a sospechar de ti. ¡Cuántas cartas me habrán devuelto con el sello de “no consta”! ¿No consta? La impunidad está servida. ¿Y qué podemos hacer contra eso? Nada: enviarla una y otra vez con distintos nombres hasta que la reciban. Persistir, insistir, resistir. Hacer que persistan, que insistan, que resistan. No nos queda otra, supongo. Si vieras cómo me llegan algunas de sus cartas, se te caería el alma al suelo. Mi madre me las reenvía al extranjero desde hace un par de meses y, sin ni siquiera abrirlas, se ha dado cuenta ya de la manera en que las cierran para averiguar si se las abren. “Pobrecitos”, me dice: no ha tardado demasiado en darse cuenta de lo mucho que necesitan que les escribamos y, de hecho, ya ha empezado a hacerlo. Tonterías como ésa denotan situaciones que no deberían de darse: ¿por qué está mal visto que una persona pueda escribir a varias cárceles? ¿por qué está mal visto que una persona pueda comunicar con varias personas a la vez? La institución sospecha de quien se compromete con la causa. “Son los que meten la droga”, deben de pensar. Menuda estupidez.

Tengo la sensación de no estar esforzándome ni lo más mínimo por abreviar en respuesta pero, de todo corazón, no encuentro buenos motivos para ello. Por respeto a cada una de las lágrimas que han emborronado las cartas que recibo; a cada uno de los abrazos que la institución me ha privado de darles; a cada una de las familias que se sacrifica lo indecible para una ridícula comunicación de 40min a través de un sucio cristal; a cada una de esas cicatrices; a cada una de las enfermedades contraídas en el intramuros; a cada una de las emociones, ilusiones y esperanzas que la cárcel les ha arrebatado… no encuentro motivos para abreviar.

Y si realmente te apetece corroborar mi perspectiva con las personas que han sufrido en carnes tales realidades, te aseguro que las mismas estarán encantadas de compartir su experiencia personal contigo. Algunas de ellas las encontrarás todavía en prisión, como Javier Guerrero “Gaviota” (con una huelga de hambre a sus espaldas de más de 4 meses y con una enfermedad degenerativa que se desencadena tras un episodio sobreseído de torturas en la cárcel de Zuera), Gabriel Pombo da Silva (que lleva preso desde los años 80), José Antúnez Becerra (en idéntica situación de cadena perpetua encubierta), Noelia Cotelo (que imagino conocerás…), etc. Los hay también que siguen cumpliendo condena en libertad condicional, como es el caso de Ávila Navas, condenado desde los 80 y hasta los treinta y pico, ahora también a la silla de ruedas; o personas que, por suerte o por proceso, ya han cumplido la total, como es el caso Amadeu Casellas o de tantos y tantos expresos de la COPEL (o de la no COPEL). Cualquiera de esas personas podrá ponerte la piel de gallina con la historia que les ha tocado vivir, te lo garantizo. Lamentablemente, faltan muchas otras personas que se fueron demasiado pronto pero, incluso en este sentido, los no presentes también nos aleccionan sobre la realidad de las cárceles españolas. Adjunto te envío el testimonio de Xosé Tarrío que, por desgracia, salió en 2005 con los pies por delante y que, a día de hoy, es todo un referente en la lucha anticarcelaria.

Demasiado les debemos porque demasiado les hemos quitado.

Nos toca seguir escribiéndoles. Nos toca devolverles la confianza que la cárcel les ha arrebatado: la confianza propia, la confianza social, la confianza en su futuro. Nos toca hacerles sentir que no sobran, que no son deshechos sociales, que aquí fuera se les espera con los brazos abiertos, que aquí fuera se les quiere como no se les ha querido dentro, que no volverán a entrar. Que serán capaces de ello. Que no estarán solos. Que nunca estarán solos.

Pese a ello, a Dolores nada ni nadie le devolverá su hijo.

Un abrazo,

L.


Cortometraje "Desde la celda" en YouTube:



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