domingo, 18 de octubre de 2015

Antifascismo Truncado

A últimas fechas han llegado muchos internautas a este blog atraídos por una publicación titulada "¿Los Nazis en Euskal Herria?". A todos ellos, sea la razón por la cual les interese el tema, les dedicamos este reportaje publicado en Deia dedicado al Batallón Gernika en donde se describe como la "realpolitik" terminó traicionando a los vascos:
 

Voluntad vasca frente al ‘realismo’ político

La esperanza de la resistencia vasca al fascismo se truncó al acabar la II Guerra Mundial. Los lectores de DEIA podrán adquirir mañana el documental sobre el Batallón Gernika, que no pudo repetir en Euskadi su triunfo en Francia

Iñaki Goiogana

Los que no vivimos los años de la guerra civil y los de la inmediata II Guerra Mundial creo que difícilmente nos podemos hacer una idea de la decepción que sintieron todos los demócratas y antifranquistas cuando vieron que sus esfuerzos fueron olvidados en una esquina para aceptar la dictadura de Franco en nombre de una seguridad por la amenaza comunista en el sur de Europa.

Pero lo que parecía evidente en la posguerra mundial, durante los años de la Guerra Mundial no había sido así. Los exiliados vascos, lejos de sentirse derrotados en 1937, cuando cayó Bilbao, o en 1939, en la derrota republicana, entendieron estos reveses de la contienda del 36 como batallas perdidas, no como derrotas absolutas. Tras la finalización de la guerra civil, para el Gobierno de José Antonio Agirre la lucha proseguiría en Europa desde el momento en el que Hitler atacara a las potencias democráticas. En efecto, cuando el 1 de septiembre de 1939 Alemania atacó Polonia, y Francia y el Reino Unido, en respuesta, declararon la guerra a los nazis, Agirre hizo pública una nota afirmando que los vascos eran beligerantes en la nueva contienda, e instando a sus conciudadanos a participar en la misma del lado de las potencias democráticas occidentales.

Las fuerzas políticas democráticas vascas unidas con su Gobierno, no solo entendían su beligerancia en la guerra mundial en términos morales (había que participar porque era moralmente justo derrotar al fascismo), sino que también planteaban su participación en la lucha al lado de los Aliados como materialmente positivo para el país y sus gentes. La posición de los Aliados occidentales en la guerra mundial era la mejor, se mirara desde el ángulo desde el que se mirara.

La preparación para la guerra mundial venía de antes. El 3 de abril de 1939, solo dos días después de finalizada la guerra civil, en la celda de Jesús Solaun en la cárcel de Puerto de Santa María, se reunieron, además de Solaun mismo, Juan Aranguren, Benito Ormazabal, Román Olazabal, Sabin Apraiz y Rufino Rezola con el fin de estudiar las directivas procedentes del EBB en el exilio sobre la reorganización de Euzko Gudarostea. Se trataba de que los gudaris que eran puestos en libertad fueran incorporándose a la estructura paramilitar que se iba a crear. Esto iba a ser el embrión de Euzko Naia.

De la misma manera que los vascos en el exilio debían colaborar, y colaboraron, con los Aliados en el esfuerzo de la guerra, la estructura clandestina del interior debía servir al mismo fin, a la vez que fuera extendiéndose geográficamente y ganando en número de miembros. El objetivo era claro, derrocar la dictadura franquista y restablecer la democracia. Para ello se estimaba imprescindible la colaboración aliada y no se contemplaba otro escenario político que no fuera el de la abierta ayuda de las democracias occidentales.

Así, Euzko Naia y los servicios de inteligencia vascos durante la II Guerra Mundial fueron recopilando información tanto para su utilización futura, como para uso de los Aliados, sin olvidar su estructuración en los distintos territorios de Euskadi. Solo en Bizkaia, a la altura del verano de 1944, cuando la liberación de Francia había comenzado tras el desembarco de Normandía, había organizadas 20 compañías de 106 hombres cada una. A la cabeza de esta organización se hallaba, desde su salida de la cárcel en 1943, Juan Ajuriagerra.

El desembarco de Normandía aceleró todos los planes. Si hasta aquella fecha eran los soviéticos los que avanzaban hacia Alemania, pero aún se hallaban lejos luchando en Ucrania, a partir del 6 de junio se unieron también los Aliados occidentales sumándose a la carrera final desde el norte de Francia, y también desde la península italiana pues ese mismo día fue liberada Roma, poniendo la vista en Berlín. Para el 15 de agosto las fuerzas aliadas, comenzaron a liberar el sur de Francia y el 25 entraron París. Tras la rápida progresión, se empezaba a hablar de que para Navidades la guerra podría estar finalizada.

Unidad militar

A Iparralde la liberación llegó esos mismos días y el 23 de agosto los últimos alemanes abandonaron Baiona acosados por guerrilleros del maquis. Sin pérdida de tiempo, Jesús María Leizaola y Eliodoro de la Torre, consejeros del Gobierno de Euzkadi, encargaron a Kepa Ordoki, comandante del Ejército vasco, que reclutara a los vascos que luchaban en el maquis y formara con ellos una unidad militar a las órdenes del Gobierno vasco. Por las mismas fechas, Pepe Mitxelena, de los servicios vascos de inteligencia, ordenó al interior que incorporara a un grupo de gudaris de máxima confianza al maquis que operaba en Iparralde con el fin de disminuir la presión comunista.

Los planes vascos sufrieron un fuerte contratiempo en noviembre, cuando una redada policial produjo la caída de unos 40 miembros de Euzko Naia. En esta redada a punto estuvo de ser detenido Primi Abad, uno de los principales dirigentes de la organización, quien se salvó de la detención al huir de su casa saltando desde la ventana. Abad, después de permanecer oculto varios meses en un caserío, se trasladó a Donostia para contactar con el responsable guipuzcoano de Euzko Naia y de allí marchó a Iruñea, donde recibió instrucciones de Ajuriagerra. Éste le ordenó trasladarse a Iparralde e incorporarse al Batallón Gernika.

Sin embargo, las intensas nevadas y otros contratiempos retrasaron la llegada de Abad a tiempo para integrase al batallón. Para entonces, las autoridades francesas habían decidido y planificado el ataque a la bolsa alemana de Médoc. Esta bolsa, atrincherada en la denominada festung Gironde, una fortificación integrada en el muro del Atlántico que había quedado a un lado en los días de liberación de Francia entre junio y agosto de 1944, albergaba a unos 5.000 alemanes fuertemente armados.

El 14 de abril de 1945 se inició la batalla por la liberación del Médoc en la que tomó parte la unidad militar vasca. Aquellos mismos días, el lehendakari Agirre regresó de los EE.UU. a Europa en un avión puesto a su disposición por los americanos. Agirre, después de visitar a los gudaris del Batallón Gernika y de reunirse con sus consejeros y colaboradores en Iparralde, se trasladó a París donde se reunió con Ajuriagerra y Solaun, llegados de Euskadi Sur, y con otros dirigentes para diseñar la estrategia vasca de los meses inmediatos.

De regreso de París, Ajuriagerra se reunió con Abad en Baiona donde el dirigente nacionalista le indicó a Primi que, en lugar de incorporarse al Batallón Gernika iba destinado a París, “a una cosa más importante”.

A finales de abril de 1945, Abad fue nombrado jefe de un grupo de gudaris, seleccionados de entre miembros del Batallón Gernika y otros, como el propio Abad, que no habían podido formar parte del mismo, para completar una unidad de elite de comandos que iban a ser entrenados por oficiales aliados. Entre mediados de mayo y mediados de julio, 114 hombres recibieron formación de comandos en cartografía y orientación, tiro, explosivos, técnicas de defensa y ataque, técnicas de asalto y combate, etc. Estos preparativos se desarrollaron en un campo situado en los terrenos de un viejo castillo perteneciente al barón Rothschild, cerca de París, en la localidad de Cernay-la-Ville.

La esperanza se truncó

A mediados de julio, una vez acabados los entrenamientos, los comandos se reincorporaron con el resto de sus compañeros gudaris del Batallón Gernika en su cuartel de Luhey-Merignac, cerca de Burdeos. Estaban preparados para incorporarse a la lucha, pero esta vez en Euskadi Sur. Ahora, una vez derrocados los tiranos europeos, le tocaba el turno a Franco. Pero la esperanza no se haría realidad.

Las fuerzas aliadas habían empezado a recelar entre ellas desde hacía tiempo. Los polacos se sublevaron en agosto de 1944, antes de que los soviéticos atravesaran el Vístula, precisamente porque les temían y esperaban, como históricamente había ocurrido, lo peor de los rusos. Y así ocurrió. Stalin no movió sus tropas hasta que los alemanes aplastaron la sublevación y arrasaron la ciudad de Varsovia y solo entonces liberó la capital polaca. Los distintos países del Este, aunque formalmente libres y democráticos, asistían a movimientos comunistas dirigidos claramente a controlarlos. En la Europa Occidental, en Francia e Italia, los partidos comunistas y los ejércitos irregulares unidos a estos habían logrado una fuerza desconocida antes de la II Guerra Mundial. Paralelamente, las fuerzas del orden y derechistas habían salido de la conflagración mundial claramente desprestigiadas y debilitadas, porque las que no se habían unido directamente a los fascistas no se habían opuesto a ellas.

El hambre, la miseria, los grupos guerrilleros más o menos controlados por los comunistas, junto al enorme prestigio ganado por éstos en la guerra, hizo que los Aliados occidentales se retractaran de las promesas que alguna vez hicieron a los vascos, y como a los vascos a muchos otros luchadores demócratas.

En las conferencias de Yalta y Postdam los vencedores de la guerra se repartieron el mundo, pero especialmente Europa, en áreas de influencia, quedando la mitad oriental, menos Grecia, en la órbita soviética, y el resto en la esfera occidental. Esto, evidentemente, no quería decir que una dictadura claramente fascista como la española debiera subsistir. Sin embargo, los Aliados recelaron de la solución democrática y optaron por sostener a Franco.

Los gudaris del Batallón Gernika acuartelados permanecieron en esta situación hasta finales de septiembre, cuando el Ejército francés decidió su licenciamiento y la disolución de la unidad militar vasca. Entonces, el Gobierno vasco decidió trasladar a los comandos a los Pirineos para que la orden desmovilizadora no les alcanzara, pero esta estrategia no pudo mantenerse por mucho tiempo.

Las primeras manifestaciones de la guerra fría en estas latitudes supusieron el sacrificio de la voluntad democrática vasca en aras del realismo político y con ello la desmovilización del Batallón Gernika y de los comandos entrenados en Cernay. A los demócratas vascos les restaban todavía 30 años de dictadura.




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