sábado, 6 de abril de 2013

Aniversario Luctuoso


Hace ya un año denunciábamos el caso de Iñigo Cabacas, seguidor del Athletic de Bilbao que festejaba un triunfo de su equipo cuando fue asesinado por las fuerzas represivas del estado español desplegadas en Hegoalde. Se supo después que el joven no tenía filiación política y que le tocó estar en el lugar equivocado - cercano a la herriko taberna- , en el momento equivocado - los últimos 76 años-.

Para el régimen español, ser joven y ser vasco constituye un delito, y por eso la orden es llana, clara y vil; dispara primero, luego averiguamos, más tarde proveemos con impunidad y de ser posible, premiamos.

Les compartimos la editorial de Gara con respecto a los recientes acontecimientos:

Las declaraciones de Gervasio Gabirondo la víspera del aniversario de la muerte de Iñigo Cabacas siguieron concitando ayer un buen número de reacciones. No en vano, calificar de «accidente» lo ocurrido denota una vileza que sitúa al director de la Ertzaintza a la altura de algunos personajes tan oscuros como Rodolfo Martín Villa o Manuel Fraga. Accidente es que a una persona que pasea por la calle le caiga un trozo de cornisa en la cabeza, pero matar de un pelotazo a un joven que celebraba con sus amigos un éxito deportivo es un crimen. Una fechoría cuyo inmediato responsable es el policía que apretó el gatillo, seguido por el mando que desde comisaría dio la orden de cargar sin motivo en un lugar abarrotado.
De hecho, a la hora de fijar responsabilidades hay que decir que la actuación policial que llevó caos, miedo y muerte a lo que hasta entonces era una jornada de fiesta es consecuencia de una política concreta que durante mucho tiempo ha primado, y sigue haciéndolo, en el seno de la Policía autonómica. La estrategia del todo vale contra un determinado sector de la sociedad vasca, con la tranquilidad además de saberse impune ante cualquier vesania. El propio Gabirondo se pone en evidencia al asegurar que esa forma de actuar «había valido» durante treinta años. Valía a pesar de muertes como las de Rosa Zarra o Kontxi Sánchiz, valía a pesar de haber sembrado las calles de heridos. Los ertzainas desplegados en Indautxu aquella noche recibieron la orden de cargar en el callejón de María Díaz de Haro por el único motivo de que allí se encuentra la «herriko». Y en su acometida segaron la vida de un seguidor del Athletic que intentaba ayudar a una joven aterrada.
Más allá del ámbito judicial, empantanado ante la pasividad de la Fiscalía, el exconsejero y hombre fuerte del PSOE en la CAV, Rodolfo Ares, es el responsable político de aquella muerte. Sin embargo, los actuales responsables de la Ertzaintza tienen en sus manos poner los medios para que para el segundo aniversario ya se haya hecho algo de luz y justicia en este asunto. Si, por el contrario, optan por echar tierra sobre él, el manto de la responsabilidad también les cubrirá a ellos.

Dudamos que el gobierno de Lakua con Urkullu a la cabeza resuelva algo, recordemos que el lehendakari es de la escuela represora jeltzale, la que en su momento encabezaba el impresentable Javier Balza Aguilera.

Por cierto, también les recomendamos leer ahí mismo en Gara la nota titulada "La familia de Iñigo Cabacas exige 'justicia' y otro modelo policial" de la cual hemos extraído este fragmento:

La familia rechaza que lo sucedido hubiese sido un «accidente», como defiende el director de la Ertzaintza. «A eso no se le puede llamar accidente. Una carga brutal, injustificada y desproporcionada con varias personas heridas y con Iñigo muerto, no es un accidente. Dice que fue un accidente porque no querían causar ese daño. Solo faltaba que reconociesen que sí querían causarlo», incidiendo en que no era posible no causar daño disparando contra la gente.
Dejaron claro que no valen unas simples disculpas. «Iñigo murió y su muerte no puede quedar así. Exigimos justicia y garantías de no repetición y eso -remarcaron- supone otro modelo de actuación policial. Esa será la única garantía de que no vuelva a suceder lo que nos ha pasado a nosotras y nosotros».

El asunto pues, pone de realce que para los españolistas no todas las víctimas de la violencia son iguales. En su enfermo cálculo negacionista, las causadas por su estrategia represiva ni siquiera son víctimas.




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