martes, 15 de julio de 2008

Homenaje a Etarte

Aquí les presentamos un homenaje publicado en Gara:


Josemari Lorenzo Espinosa | Profesor de Historia

15 de julio de 1998: El día que murió «Egin»

Un día de mediados de julio de 1998 nos dieron la noticia: Etarte había muerto. Llevábamos tiempo sin saber nada de él, de su dolencia cardiaca... La noticia nos conmovió, aunque no nos sorprendió. Trifón Etxebarria «Etarte» murió el mismo día que estaban cerrando «Egin». Quise escribir algo sobre su memoria y vida política, pero el teléfono de Hernani, como el corazón de Etarte, ya no respondía. Los talleres y la redacción del periódico estaban cerradas y ocupadas por la Policía. Finalmente fue en la sede de HB dónde me explicaron lo que estaba pasando, al mismo tiempo que me convocaban a una reunión: la gravedad de la situación dejó en un segundo plano la desaparición de Etarte. Horas después unos pocos amigos asistían a su funeral en Bilbao. No hubo nadie que tuviera tiempo para organizar la despedida que sin duda merecía. Los viejos jagijagis, los que militaron con él en Euzko Abertzale Laguntza o en las Comisiones Pro Amnistía, comentaban que nadie que acordó siquiera de colocar una ikurriña en su féretro.

Trifón murió en julio de 1998 el mismo día que un juez español cerraba «Egin», ahora hace diez años. La coincidencia no podía pasarse por alto. En el mismo momento en que agonizaba quien, por medio mítines, revistas o periódicos, con palabras de ira serena y reivindicación había unido el ayer y el hoy, un siniestro oficio de tinieblas se clavaba en la prensa independentista vasca. Entonces nos parecía casi el fin del mundo. Ahora sabemos que sólo era el principio.

¿Qué nos ha dejado Etarte? ¿Qué queda de su vida y ejemplo, que pueda todavía ayudarnos? Desde hace tiempo un libro sobre su biografía política espera en algún cajón responder a estas preguntas. En el se describe una vida de lucha nacionalista y reivindicación social. Una vida que cubre tres generaciones de patriotas con las que convivió y se identificó. Un poeta de la situación ex nacionalista famoso por sus apostasías (me refiero a Jon Juaristi), que asistió al funeral de Etarte, en un intento de comprender su propia incomprensión ha escrito un epitafio envenenado para la memoria de esta generación: «¿Te preguntas viajero por qué hemos muerto jóvenes, y por qué hemos matado tan estúpidamente? Nuestros padres mintieron: eso es todo».

Se trata de una licencia melancólica de alguien agradecido que paga su suerte deconfesando la de los demás. Siempre ha habido conversos condenados eternamente a condenar su pasado. Y de paso el de los demás. Son nuestros prometeos domésticos. Nunca acabarán de empujar la roca. Contra ellos, miles de militantes como Etarte, que se llevó a la gloria de nuestro recuerdo sus principios como lema. Si alguien quiere renegar de sí mismo, no le faltará trabajo. Pero, ¿cómo hacerlo de quien -como «Egin», como Etarte- nos ha dejado un ejemplo acuñado en años de entrega, sacrifico personal y fidelidad a un ideal político? ¿Cómo reducir la historia de tanta generosidad, dolor y esperanza a una mentira de nuestros padres? Y, ¿por qué pedir disculpas con el nombre de quien ha luchado siempre contra la peor forma de mentir que es la traición? Ni siquiera los que se equivocan mienten. Sólo mienten los traidores. Y Etarte no mintió nunca, porque acudió cada mañana de su vida a la cita con una sola disciplina: la de sus principios. Como hacen todavía tantos miles de abertzales vascos. Como hacía «Egin» hasta un día de julio de 1998.

Etarte murió el día que mataron a «Egin». Aquel mismo día, sin descanso y por la noche, el juez que mata los amaneceres ordenaba a las tropas imperiales de su majestad de España cerrar las imprentas y las ideas. Ahora sabemos que no lo consiguió. Etarte lo supo también toda vida. Testigo de cierres, guerras y atropellos, nunca reconoció la sombra que proyecta el poder sobre sus fechorías. Por eso todavía le recuerdan los compañeros de vida e historia, o quienes le conocimos sólo al final, con el entusiasmo juvenil de los ardientes años, envuelto para siempre en la bandera vasca que fue su vida.




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