De la mano de la Mano de Irulegi el autor de este texto publicado en el portal de El Confidencial explora la identidad vasca.
Disfruten la lectura:
La Mano de Irulegi o la oralidad ancestral: el enigma del pueblo vasco
Explorando la profundidad de la historia vasca: un viaje a través de sus ancestrales bosques, rituales y el enigmático hallazgo de la Mano de Irulegi que revela los secretos de una cultura milenaria
Á. Van den Brule A
Entre la enorme masa boscosa que se extiende desde el norte de Navarra, abarcando lo que hoy es Guipúzcoa y una buena parte del Este de Vizcaya, con la frontera natural del Río Bidasoa, el bajo Pirineo Atlántico y, si se quiere incluir, la parte vasca inserta en el país galo; había varios miles de kilómetros cuadrados poblados por unos señores – y señoras – que de vez en cuando celebraban unas fiestas tremebundas en las que unos leñadores especializados en arrasar bosques (aizcolaris) a golpe de hacha, siempre con buenas intenciones por supuesto, levantadores de colosales piedras (Harrijasotzea) y, macizas muchachitas de sonrojados pómulos bailando aurreskus y zortzikos; celebraban rituales de paso, casamientos, equinoccios y, todo lo que se pusiera a tiro.
Tras estas fiestas paganas, en principio, tras una severa ingesta de chuletones como camiones, txakoli, txistorras, sardinas como ballenas y, los generosos condumios que brotan en aquellas mágicas tierras; esas nobles gentes se retiraban un poco perjudicados y, hasta la siguiente.
Desde tiempos inmemoriales, la rotundidad de la inmensa foresta que, actuaba como una enorme muralla verde, sirvió como protección natural ante cualquier intención aviesa de malvados invasores. Entre esta defensa de impracticable acceso para el turismo militar, los especialistas de la txapela, expertos en arrear pedradas al por mayor, apoyados por el que probablemente sea el primer “teléfono” conocido; la txalaparta, instrumento hoy musical, pero antaño dedicado a convocar a los morroskos en un punto determinado por el que algún malintencionado invasor osaba penetrar; caso de las legiones romanas (Guerras Sertorianas) los del turbante o los francos en Roncesvalles; lograron mantenerse amparados por el medio, con una relativa tranquilidad.
Es sabido que todo lo relativo a la aparición del pueblo vasco ancestral es una incógnita. De tal magnitud es el asunto de sus raíces en el tiempo que antropólogos, historiadores, arqueólogos y especialistas en hurgar en los entresijos de la historia, se quedan pasmados cuando encuentran algo que no sea pedruscos de un par de toneladas o más. Este el caso sorprendente de la famosa Mano de Irulegi que se le debió de perder a algún chavalote con txapela tras una festichola importante.
Un hallazgo que se antoja crucial para intentar hilar un poco el enigma de este pueblo, habitante de las tempranas nieblas y de sus fantásticos bosques, de su antiquísima relación con el mar y de su fuerte cohesión identitaria en torno al idioma; donde la alquimia y los poderes de las brujas (sorguina) campaban a sus anchas; es la mano perdida y hallada en Irulegi, en las cercanías de Pamplona.
Un pueblo con muchas incógnitas
Poco se sabe al respecto y su descubrimiento revela más dudas que certezas. Para dato, un botón. De la lectura del texto adherido a la palma de la mano, se infiere que por las desinencias comunes a la extinta lengua muerta celtibérica, hay elementos comunes que se supone hacen alusión a gentilicios; lo cual, nos indica que los vascones primigenios pudieron recibir algo parecido a un alfabeto de los primeros, por lo que asimismo se puede deducir que los vascos de aquel tiempo no conocían la escritura y funcionaban por la inercia de la oralidad repetitiva, muy frecuente hoy antaño entre los versolaris, tan presentes en el acervo cultural tradicional de este ignoto pueblo.
El arqueólogo Guillermo Gómez, en una labor detectivesca que le honra frente a este reto aparentemente imposible y, a la luz de lo que hoy se sabe sobre este intrincado tema, manifiesta que, para una aproximación más intensa a la famosa Mano de Irulegi, se hace necesario apelar a la simbología que, por parentesco, nos conduce a una hipotética relación con otra tésera en Palencia. La tésera en cuestión (o ambas), tienen un significado amable, pues, son la representación de un trato de amistad y los compromisos de respeto y asistencia mutua que se derivan de ello.
En el caso de la Mano de Irulegi, se ve reforzada esta teoría, pues se ha comprobado que existía una segunda mano que encajaba con la primera y que viene a probar que no era un mero instrumento ornamental, sino que tenía “aditivos”. La propia inscripción nos conduce hacia un objeto ritual que de forma habitual preside la puerta de entrada de las viviendas -sobre todo en el entorno rural-, creando una profilaxis contra los “malos espíritus”.
La famosa Sociedad de Ciencias Aranzadi, gran promotora de investigaciones relacionadas con todo lo que afecta al histórico del pueblo vasco, descubrió que el texto en cuestión en vascónico, un lenguaje antecedente del euskera, queda reflejado en un grabado inserto en el bronce que soporta la confección de la mano. A día de hoy se sabe que su descubrimiento data de un par de siglos antes de nuestra era y que fue tan accidental como que la cuchara de una retroexcavadora buscaba un vaciado de tierras para certificar la existencia de viviendas antiquísimas en una de las cumbres del Valle de Aranguren. Todo esto nos lleva a la conclusión de que los vascos pretéritos podían tener un alfabeto simple, pero bastante para sus necesidades y posiblemente vinculado a la cultura protohispánica con mayor aproximación al lenguaje ibérico.
Hoy no hay duda de que la inercia de los intercambios mercantiles, llevó a los vascones a conocer el lenguaje escrito sin, por ello, abandonar la oralidad típica de aquella cultura arraigada en la noche de los tiempos.
Siempre se ha hablado de que el euskera era un lenguaje “pobre” comparado con el castellano y a la vista de la evolución de ambos lenguajes, es obvio que el castellano o comúnmente, llamado español, tiene una articulación y mimbres lingüísticos enormes; pero lo bonito del euskera es que probablemente sea uno de los lenguajes más poéticos que han existido jamás. Al decir amonak (abuela) estamos hablando de una madre buena, cuando se dice erditu (parir) se alude a algo tan alegórico como dividirse por la mitad; la voz maitemindua (enamorado) significa herido por amor; y así, una suma y sigue interminable. Es la belleza amable de un lenguaje ancestral que se resiste a morir
Lo que da de sí un bosque; protege, pero también aísla.
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