viernes, 10 de agosto de 2018

Salvar el Tour

El recientemente culminado Tour de France  ha sobrevivido al más sonado de sus fraudes, el cyborg estadounidense Lance Armstrong.

Sin embargo, desde las páginas de Noticias de Navarra nos lanzan una advertencia que bien vale analizar:


F. Javier Aramendia Gurrea

Durante estas últimas semanas hemos ido siguiendo las peripecias de lo que también llamamos en lenguaje castizo “la vuelta ciclista a Francia”, que anima un mes algo anodino, por el calor, el cansancio y la impaciencia por que lleguen, de una vez, las ansiadas vacaciones. El tour es un evento que se repite, a nuestro juicio, casi desde tiempo inmemorial, en definitiva un clásico.

La carrera trae recuerdos de nuestra infancia y primera juventud, hasta los lejanos días en que los corredores lo hacían integrados en equipos nacionales que acogían a lo mejor de cada país, sintiéndose todos los corredores portadores de las esencias de cada Estado. No se concebía entonces que los corredores del mismo origen estuvieran desperdigados y luchando, quizás, como ahora, unos contra otros. La división por escuadras patrocinadas por marcas comerciales vino después y se estableció definitivamente.

Los ciclistas españoles aparecían en tiempos de la Dictadura como llenos de pundonor, luchando con escasez de medios en comparación con los franceses, belgas, holandeses e italianos, que entonces eran los gallitos de las rutas. Normalmente nuestros ciclistas destacaban especialmente al acercarse la montaña, por aquello de que la península ibérica es un territorio accidentado lejos de las llanuras galas o flamencas.

De este papel de meritorios, voluntariosos, pero desorganizados y algo asilvestrados, nos sacaron, avanzados ya los cincuenta y primeros sesenta del pasado siglo, destacados corredores como Loroño, bizkaino de Larrabezua y sobre todo el toledano Federico Martín Bahamontes, aparte de la regularidad de Bernardo Ruiz y el catalán Miguel Poblet, en las llegadas al sprint. La rivalidad entre el vasco y el toledano animó a la afición en aquellos años grises por muchas razones. Eventualmente, Bahamontes ganó el tour galo, rompiendo el maleficio existente hasta entonces.

La carrera francesa se acercó, normalmente a los Pirineos, entrando incluso en la CAV y Navarra, lo que nos colmó de entusiasmo al tener ante nuestros ojos a los grandes divos txirrindularis: los Anquetil, Merkx, Poulidor, Hinault, Gimondi, Pantani y otros.

La pasión ciclista sobre todo en Euskal Herria llegó su cenit con la aparición de nuestro paisano navarro Miguel Indurain, quien, rompiendo todo tipo de tabúes ganó la Vuelta a Francia no una, sino hasta cinco veces, entrando en la leyenda de los que como Merkx, Anquetil o Hinault, habían alcanzado este récord épico: ¡ya éramos tan buenos como ellos!

Los franceses, nuestros vecinos, tendrán sus defectos, pero ¡hay que ver lo bien que saben venderse y destacar los encantos de su país! Es fantástico como en sus retransmisiones televisivas del tour destacan la belleza de sus paisajes, lo bien cultivado de sus campos, sus castillos, catedrales, sus monumentos históricos, y, en definitiva lo que la cultura ha hecho en Francia, ¡una maravilla! Aprovechan legítimamente un espectáculo deportivo de primer nivel, contemplado por millones de espectadores en todo el mundo, para mostrar un país del que se sienten justamente orgullosos.

Llegado a este punto hay que resaltar que este año ha sido fin de etapa y escenario de la contrarreloj, Iparralde y concretamente el bellísimo pueblo de Espelette, tan emparentado con la ilustre familia navarra de Ezpeleta y famoso también por sus pimientos, con permiso de Lodosa, poniendo en valor en el mundo el encanto de este delicioso rincón de Euskal Herria.

Para terminar una nota preocupante sobre el devenir de este tour tan aplaudido y universal al que tanto admiramos. Se trata de la importancia que, desde el 2012, está adquiriendo en la carrera el poder del dinero y los recursos económicos desmesurados que están en juego. Así, como ya se sabe, la competición que hasta hace poco estaba abierta y sometida a cierto grado de aventura y azar, lo que acrecentaba el interés de la gente, ha pasado a estar controlada por un equipo, el Sky, patrocinado por poderosos intereses económicos, que está haciéndose el amo absoluto de la carrera.

Primero con Froome, ahora con Thomas y mañana con otro de la misma camada, si así lo estiman los dirigentes del equipo, el Sky está ejerciendo un efectivo control de la ruta. Ya no hay aquellas peleas entre equipos y sus contendientes, se apaga la emoción y la incertidumbre, la”salsa” del espectáculo. A semejanza de lo ocurrido en otros deportes como el fútbol, el negocio, el lucro a todo trance, puede ensuciar la deseable simplicidad y pureza del deporte.

Sabemos que la codicia y el beneficio desbocado no reparan ante nada para conseguir sus objetivos. Tienen que ganar, de todas formas y si algo se tuerce o no sale conforme a sus deseos se recurre a cualquier procedimiento. Todos los cronistas deportivos y los simples televidentes, vimos cómo el ganador de la carrera, Thomas, redujo el ritmo de su pedalada al final de la contrarreloj para propiciar el triunfo en la etapa de su compañero de equipo Froome. ¿Es esto juego limpio o hay que engrosar a todo trance la bolsa? ¿Es un hecho aislado o síntoma de una enfermedad perniciosa? ¿Se apagará la emoción de la carrera?

Esperamos que nuestros amigos franceses tomen nota de estos hechos y adopten, en su caso, las medidas oportunas y no tengamos que lamentarnos, una vez más, cómo el dinero todo lo corrompe, incluso una carrera tan maravillosa como el Tour.

¡Viva el Tour!






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