viernes, 8 de enero de 2016

Egaña | Memorias de una Adicción

A solo horas de que se realicen las marchas simultáneas en Bilbo y Baiona en solidaridad con lxs represaliadxs políticxs vascxs, convocadas por el colectivo Bagoaz y por la red ciudadana Sare, les compartimos este texto de Iñaki Egaña que ha publicado en su cuenta de Facebook:

Memorias de una adicción

Iñaki Egaña

Han pasado casi 40 años pero recuerdo como si fuera ayer el recibimiento de Carmen Antia en la estación del ferrocarril donostiarra. Había perdido unos meses antes a su hijo Montxo en Madrid, en la operación del infiltrado Lobo, mientras ella era detenida poco más tarde. Tras varios meses en Yeserías, el juez la puso en libertad.
La estación estaba abarrotada. Allí nos encontrábamos, pasadas las diez de la noche, a la espera del Talgo que regresaba de Madrid y alcanzaba la muga cada día. No había pancartas, los grises vigilaban de uniforme y también de paisano. Carmen bajó y se perdió entre abrazos, besos y cariños revolucionarios.
En 1976, su puesta en libertad tuvo un recorrido inverosímil. Encausada junto a otros 42 hombres y mujeres por la fuga de la prisión de Segovia, le fue denegada la amnistía (indulto) decretada en junio de ese año. Tuvieron que esperar a la decisión del Tribunal Supremo. Como siempre, la justicia española poniendo freno a la liberación de presos.
Tengo en la memoria que la liberación de Antia fue una de las primeras en las que no intervino la Policía, es decir, que no agredió a los que acudieron al recibimiento. Luego hubo de todo, hasta la época actual en la que asistir a la llegada de un ex preso implica imputación por apología del terrorismo. Por cierto, a Carmen le vi hace poco en una movilización por el acercamiento de nuestros presos.
Unos meses más tarde, sin embargo, a la vez que se anunciaban las primeras elecciones desde la Segunda República, más de un centenar de presos seguían encarcelados. Los fiscales y jueces hacían una lectura restrictiva de los indultos que, como en el caso de Antia, debían acabar siendo filtrados por el Supremo. Aún llegaría un nuevo indulto general, en octubre de 1977.
Recuerdo también que a unos centenares de metros de la estación de ferrocarril donde habíamos sentido la alegría de la libertad de la madre de Montxo, una carga policial terminó con la vida de Isidro Susperregi. Una manifestación por la amnistía. La parte amarga, muy amarga. Fue una pelota de goma que le impactó cerca del corazón. La prensa, para restar importancia a su fallecimiento señaló que se trataba de "un anciano que pasaba por ahí". No era cierto. Isidro era un cuadro político, pertenecía a ANV, a su dirección donostiarra, y tenía 68 años.
La muerte de Isidro no fue la única, entre los manifestantes que mostraban su solidaridad, antes de que Fran Aldanondo, el último de los presos políticos vascos, saliera de prisión en 1977. Sin embargo, ese "anciano" nacido en Orereta y vecino de Donostia, recabó durante tiempo mi interés. Nos separaban entonces cincuenta años y, sin embargo, coincidíamos en nuestros objetivos inmediatos y solidarios. ¿Qué nos unía? Es obvio que el apoyo a los presos vascos.
Hace bien poco descubrí que Isidro Susperregi, tornero entonces, había sido juzgado por un tribunal militar en 1937, condenado por su adhesión republicana a 12 años, en un proceso con algunos de sus compañeros sentenciados a muerte, e internado en El Dueso. En 2016 El Dueso acoge a dos presos políticos vascos, entre ellos a Rafa Díez. Isidro fue trasladado en 1937 desde la prisión cántabra a la de Puerto de Santa María, de donde salió en libertad provisional en julio de 1940. En 2016 hay todavía 28 presos políticos vascos en Puerto de Santa María.
La cárcel ha sido históricamente el termómetro en la implicación de los estados con respecto al tipo de relación que desean con Euskal Herria. Durante la Segunda Republica, el gobierno de derechas (1934) inundó las prisiones de presos vascos y forzó la maquinaria judicial, mientras que el Frente Popular (1936) abrió las puertas al son de la Internacional y la Marsellesa.
El franquismo dejó un reguero de presos, 11.500 desde el inicio de la Segunda Guerra mundial hasta el nacimiento de ETA. Entre ellos Isidro Susperregi. Oferta en clave represiva. Sin ETA los presos eran dispersados y torturados. Con ETA también eran torturados y dispersados. No hubo causa-efecto sino un diseño represivo previo a las nuevas generaciones que se repitió con ellas. Los presos vascos siempre fueros rehenes en manos de los estados español y francés sin distinción del régimen y gobierno imperantes, dándoles, a pesar, el carácter político de su lucha.
Desde que tengo uso de razón (se admiten chistes), las movilizaciones por la amnistía, como las relatadas con Carmen e Isidro de protagonistas, por los derechos de los presos, contra la dispersión, por su vuelta a casa, sus recibimientos después de cumplir condena... han sido las que han ocupado las calles de nuestros pueblos y barrios. Las presas y los presos son quienes han despertado un sentimiento de solidaridad sin parangón en nuestra historia cercana. Miles de manifestaciones, concentraciones... centenares de miles de participantes... millones de horas dedicadas.
No ha existido jamás un movimiento social como el relativo a la solidaridad con los presos. Ni siquiera en los momentos álgidos contra la energía nuclear (Lemoiz, Deba, Tudela), la autovía de Leizaran, o los puntuales del movimiento obrero (Gasteiz 3 de marzo, Bandas de Etxebarri...). El movimiento de apoyo a los presos ha sido el movimiento social por excelencia.
Y en la misma medida, el más castigado. Militantes de Gestoras pro Amnistía, que nació en los estertores del franquismo, o de Askatasuna, todavía están en prisión. También abogados. Otras y otros han recuperado la libertad después de pasar años en la cárcel. En Ipar Euskal Herria la solidaridad con los presos y exiliados se pagó con la cárcel (más de un centenar de bretones, por ejemplo, imputados por ser solidarios) o convirtiéndose en objetivo de los grupos parapoliciales (con una fijación especial con Anai Artea).
La detención e ilegalización de Herrira también continúa en esta línea. Cualquier muestra de apoyo a los presos, desde aquella Segunda República ya acantonada en el fondo del baúl de los recuerdos, tiene el sello de la criminalización. Una constante que apenas ha tenido altibajos, unos paréntesis imperceptibles. Las historias de Carmen e Isidro, aunque no lo parezcan, tienen apenas unas semanas de distancia.
Por contra, la solidaridad con las presas y los presos, es la crónica de una adicción, una adicción política que ha contaminado a diversas generaciones y que, en la misma medida, ha servido para cohesionarlas, para traspasar testigos. Pudiera parecer que la criminalización lograra sus objetivos. Pero no es así. La solidaridad crece, traspasa muros.
Fiodor Dostoievski dejó escrito que "El grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos". Es evidente que la justicia española ha manifestado un "grado de civilización" menor, menguante con el paso del tiempo desde aquellos indultos de 1976 y 1977.
Pero, en la misma medida, es notorio que ese grado de civilización, de compromiso, se mide también entre quienes viajan cada fin de semana a ver a los suyos, tejen redes de solidaridad y abrazan a través de las rejas a los rehenes de la inicivilización. Y ese grado de civilización es espectacular. Adictivo e intergeneracional. Una de nuestras señas de identidad más precisas. La jornada de hoy en Bilbo y Baiona, una muestra más.





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