jueves, 28 de enero de 2016

Sé Tú Misma Euskal Herria

Les compartimos este texto de Gara para la reflexión:


José María Pérez Bustero | Escritor

Al haber destinado el Gobierno de Lakua 32 millones y medio de euros a lo que llaman conciliación familiar, y emitir la orden que regula dichas ayudas, estos días se da nuevas vueltas al tema de quiénes son las personas que se ocupan del cuidado de los hijos y de familiares en situación de dependencia, o quiénes suelen ser contratadas para dichas labores. Una vez más tenemos la cuestión de hombres y mujeres, y la evidencia de que éstas son las que se ocupan de dichas faenas en más del noventa por ciento de los casos. Y los machos volvemos a ser puestos en evidencia. No se trata sólo de que cocinamos poco, barremos menos o dejamos las camas sin hacer. Está detrás el profundo y vergonzoso hecho de que, lo confesemos o no, en realidad nos sentimos sexo preferente, y estamos encantados de ser hombres.

¿Qué nos sucede para ser como somos? Voy a tratar de desmenuzar el machismo que yo mismo tengo desde la cabeza hasta los pies. Y es que los hombres llevamos dentro una especie de virus que nos han metido a lo largo de los siglos y desde muchos ángulos. Empecemos, ya que estamos en una civilización «cristiana», por las Sagradas Escrituras. Ahí tenemos al dios de la Biblia, el que aparece en todas las iglesias, museos y literatura, y que tenía figura de hombre. El Salvador del Mundo, Jesucristo, era hombre. Los apóstoles, los papas, los obispos, los cientos de miles de sacerdotes han sido hombres. Y paralelamente, la mayoría de autoridades civiles, la mayoría de los intelectuales que se han abierto paso época a época y los remitidos como héroes desde que íbamos a la escuela eran en su mayoría hombres.

Y¿qué otros elementos nos llenan de virus mental? Montones. Entre ellos, la idea de que «quien traía dinero a casa» era el hombre. Y en los venidos del agro la imagen de que quienes labraban, sembraban, recogían la mies, que era de lo que se vivía entre nosotros, eran hombres. ¿Quién domaba a un caballo, a los bueyes, y llevaba a pastar los rebaños de ovejas, vacas, o caballos y mulos? Los hombres. ¿Quién abría zanjas, canales, levantaba casas, puentes o caminos? Los hombres. Y tanto a unos como a otros nos llegaba por los ojos la imagen de que los hombres eran físicamente más fuertes que las mujeres.

Es precisamente aquí donde empieza a cojear nuestro machismo. Resulta que han aparecido miles de mujeres que se muestran dotadas de un cuerpo con una sorprendente energía y capacidad. Resulta asimismo que las mujeres hacen cualquier tipo de trabajos Resulta que cada vez son más las mujeres que sobresalen en el campo intelectual, administrativo, de gobierno, de iniciativas a diferentes niveles y campos.

Así que cada vez es más difícil mantener nuestro engreimiento de machos. No es que nos hemos convertido de simples y deshonestos en listos y honrados frente a la mujer. Es que cada vez nos es más difícil sostener nuestras percepciones. Incluso nos hacen revisar los recuerdos, y nos ponen delante a las mujeres que hemos visto siendo críos, –entre ellas, la propia madre– que también iban al campo, se echaban al hombro todo tipo de cargas, manejaban a los animales de casa, y no paraban en todo el día de trabajar. Ni los domingos. Y caemos en la cuenta de que designarlas como «sexo débil» era una sandez.

Más aún. Metidos en ese cambio de valor sobre la mujer, das todavía un mayor vuelco si tienes la suerte de cumplir años y situarse en el período que llaman senectud, vejez, o como se le quiera llamar. Te mueves por las calles sin prisa pues no debes acudir a fichar, y descubres que los comercios, la banca, las instituciones de todo tipo están llenas de mujeres. Sin proponértelo siquiera reconoces asimismo que esa mujer adulta que vive contigo, y las mujeres que conoces, tienen la mente llena de datos y desde ellos ponen en marcha casa, hijos, y zonas básicas de la vida a corta y a larga distancia. Y están de lleno en la dinámica de la sociedad.

Sigues merodeando, fastidiado por esos pensamientos que deterioran tu ego de macho, y te tropiezas con la imagen contrapuesta. Un nutrido número de machos adultos o viejos que van sin rumbo fijo, se instalan en los bancos de las plazas y paseos a la espera de otros símiles a ellos, para charlar o, simplemente, para no sentirse solos. Y de paso matar el tiempo. Vuelves a casa, lees la prensa, enchufas la radio o enciendes el televisor y te aparecen machos de la política, abollados por su misma autoimagen, que no quieren reconocer lo inservibles que han sido y siguen siendo.

Te dará otro cambio más la mente si tienes la circunstancia de que hayan aparecido en tu entorno inmediato criaturas nuevas, paridas por tus hijo/as y te toque mirarlas o cuidarlas desde que nacen. Según van creciendo te suena a que se te ha abierto un trozo de mundo en el que apenas habías puesto los ojos. Ahora te toca limpiar culos, poner dodotis, tomar en brazos o pasear en su carro un cuerpecito adormilado, estar atento a ver si mama o sorbe bien, si tiene fiebre, o si debes llevarlo a la doctora. Pasa el tiempo y esos cuerpecillos llenos de piel, de gritos, risas, quejas, echan a dar pasos, y aprenden a caminar, a correr, y les da por abrir puertas y cajones, y tirar al suelo lo que encuentran. Y en vez de sentirte frustrado ante esa nueva función de aitona, te pasa por el cuerpo la convicción de que no tienes nada tan urgente y útil como convivir con esas personillas e intercambiar roces y hablares con ellos. Como si se te reciclaran las manos y la mente.

Desde luego, no has dejado de ser macho. Pero te resulta imposible seguir endiosado. Hasta te sucede algo que nunca hubieras esperado. Que te ríes de ti mismo. De lo que has sido, y de haberte imaginado como persona llena de capacidades. Incluso te preguntas cómo has podido vivir tan pagado de ti mismo. Tenías profundas ideas sobre la humanidad, sobre su proceso histórico, sobre los movimientos sociales y políticos que emergían por una y otra esquina del globo. Y sabías hablar y dar conferencias. Pero nada más. ¡Nada más! No sabías vivir.

Para tu inmensa fortuna, no te ha dejado de funcionar la mente. Y, tras hacerle ese lavado a fondo, puedes volver a mirar y medir de nuevo todo. Instituciones, religión, partidos políticos, movimientos juveniles, fiestas. Y en ese remirarlo todo, también remiras esta tierra en la que vives. Esa que va desde el Ebro hasta la costa y el Adour. Y notas que te vuelves a enamorar de ella. Eso sí, al tener a diario el crecimiento lento de tus nietos, percibes con nueva claridad que el cambio profundo en este país que pisamos no se va a realizar a saltos. Esta patria es un cuerpo parido hace miles de años, pero sigue estando en pleno rebrote. Y no la podemos llevar a empujones hacia su cohesión y libertad. Como sucede con los nietos. Cuanto más la amemos, más realistas y metódicos debemos ser.

Vale. Ya no necesito investigar más. Mientras me adormezco a mi vez, me ronda la idea de que Euskal Herria es como una mujer. Como esas personas listas, laboriosas, diferentes, flexibles, ricas de cualidades. Y como tal, reclama el derecho a ser ella misma, a hablar como ella sabe, a tener deseos propios, a no beber de la garrafa que le ponen delante. Lógicamente, la quieren tener dominada los súper machos, esos gobernantes que en su día conquistaron zonas para robarles sus riquezas, y que tienen las ciudades llenas de monumentos a sí mismos. Querida Euskal Herria, no te dejes llevar por ellos. Sé tú misma.






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