domingo, 5 de agosto de 2007

Cronopiando : Hiru

Por que se han portado bien, aquí tienen tres de Koldo:

Cronopiando

Koldo Campos Sagaseta


El hombre que miraba lejos…

Canta Silvio Rodríguez en su “fábula de los tres hermanos”: “De tres hermanos el más grande se fue por la vereda a descubrir y a fundar, y para nunca equivocarse o errar iba despierto y bien atento a cuanto iba a pisar. De tanto en esta posición caminar ya nunca el cuello se le enderezó, y anduvo esclavo ya de la precaución y se hizo viejo, queriendo ir lejos, con su corta visión.

Ojo que no mira más allá no ayuda el pie, óyeme esto y dime, dime lo que piensas tú.

De tres hermanos el de en medio se fue por la vereda a descubrir y a fundar, y para nunca equivocarse o errar iba despierto y bien atento al horizonte igual. Pero este chico listo no podía ver la piedra, el hoyo que vencía a su pie, y revolcado siempre se la pasó, y se hizo viejo, queriendo ir lejos, a donde no llegó.

Ojo que no mira más acá tampoco fue, óyeme esto y dime, dime lo que piensas tú.

De tres hermanos el pequeño partió por la vereda a descubrir y a fundar, y para nunca equivocarse o errar, una pupila llevaba arriba y la otra en el andar. Y caminó, vereda adentro, el que más, ojo en camino y ojo en lo por venir, y cuando vino el tiempo de resumir, ya su mirada estaba extraviada entre el estar y el ir.

Ojo puesto en todo ya ni sabe lo que ve, óyeme esto y dime, dime lo que piensas tú”.

Ya sabemos el nombre de quien “se hizo viejo queriendo ir lejos, a donde no llegó”, ese que no miraba más acá. Faltan los otros dos “hermanos”.


Los gigantes

Al son de la dulzaina bailaban los gigantes en la plaza de Azpeitia. Itxaso, empinada sobre su escaso año y medio de altura, los miraba absorta, sin atreverse a arquear una ceja o mudar un asombro, no fuera a ser que se rompiera la magia del momento y aquella fantasía pusiera al descubierto sus entrañas.

Y así fue hasta que cesó la música y los gigantes, terminada su danza, volvieron a quedar inmóviles y silenciosos alrededor de la plaza. Entonces, por debajo de sus faldones, emergieron sudorosos y cansados los bailarines que les dieran vida y, entre decepcionada y confundida, a entrecortados gritos, Itxaso confirmó la sospecha: dentro de un gigante sólo hay un enano.


Cuentos imposibles/1

Había una vez un rey tan sabio, tan justo y tan honesto, que instauró la república.

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